Un día como tantos

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Comenzaba el verano polaco del año cuarenta y tres, y ya no era necesario usar ropa gruesa y guantes todo el tiempo. Los guantes eran los que más le molestaban a Klaus, ya que entorpecían la manipulación de las armas. No era fácil sentir el gatillo con los gruesos guantes de cuero negro.[1]

El día refrescaba con el atardecer, mientras Klaus marchaba en fila india por el bosque. El aire húmedo olía a pino y algunos pájaros cantaban alegremente, pero nadie en la fila lo percibía, ya que sus mentes estaban ocupadas por otras cosas: por el trabajo que había que hacer y por sus seres queridos que habían dejado en lejanas ciudades. Klaus se sentía complacido ya que esa semana había recibido botas nuevas por las cuales había esperado dos meses, y temprano esa mañana las había lustrado. La lluvia de los últimos dos días habían dejado el sendero fangoso y algo resbaladizo, pero al menos sus nuevas botas con su gruesa suela lo protegían. Eso si, al regresar al cuartel iba a tener que pasar un buen rato limpiándolas otra vez, y para colmo le habían dicho que se había acabado la pomada negra.

La fila de Klaus no era la única que marchaba en silencio por el bosque esa tarde acompañada por una gigantesca serpiente de niebla que ondulaba entre los árboles. Como si fuera un espejismo otra fila paralela marchaba a lo largo de la suya. Hombres mujeres y niños  marchaban paso a paso con los soldados, sin saber que les esperaba pero con oscuros presentimientos, agravados por las sombras largas de los árboles y los bancos de niebla que eran fríos testigos de lo que ocurría, como si fueran fantasmas. Marchaban en un universo paralelo de tormento y muerte, de noche y oscuridad del cual no podían escapar. Aquellos que no obedecieron las órdenes cuando los fueron a buscar habían sido ejecutados frente a todos, sin miramientos, como si se tratara de perros sarnosos. Nada podían hacer. Les habían ordenado marchar en fila india y no era posible negarse.

Poco antes, un joven había roto la fila justo a la entrada del bosque, corriendo en dirección a un pequeño lago al cual nunca llegó. Al lado de Klaus marchaba una joven de pelo negro largo amarrado con dos presillas en forma de mariposa. Tendría veintidós años, pocos menos que él. Vestía una blusa blanca de algodón y una falda larga oscura que casi le llegaba a los tobillos.  Lo miró un par de veces con una mirada triste y a su vez orgullosa. Klaus pensó detectar una sonrisa pero luego pensó que no podía ser.

A los pocos minutos de marcha, que a Klaus le parecieron una eternidad, llegaron a un oscuro claro en el bosque y se ordenó a los judíos que se acostaran boca abajo sobre el suelo húmedo y fangoso. Una niña lloraba y no hacía caso, lo cual fue resuelto con un fuerte culatazo en la nuca. Cayó boca abajo. Algunos ancianos rezaban, otros, resignados, se postraron apretando el fango que les brotaba entre los dedos.

Klaus se quitó el guante negro de su mano derecha. El gatillo estaba frío. Cuando se dio la orden apuntó a la nuca de la chica como le habían instruido (genickshuss). Ella reposaba su cabeza sobre sus brazos cruzados, pero al disparar, su fusil subió un poco y le dio en el centro de la cabeza. Una masa sangrienta de cerebro y fragmentos de hueso le dio en la cara y le llenó de asco. El sabor de la sangre en sus labios le dio arcadas y ante un árbol cercano vomitó.

— ¡Mierda, mira lo que me hiciste! —exclamó mientras escupía— ¡Judía de Mierda!

Heinz, quien estaba a su lado y acababa de dispararle a un viejo barbudo, le brindó un pañuelo blanco con el cual Klaus se limpió lo mejor que pudo, la cara y el pelo ensangrentado. Luego tiró el pañuelo enrojecido al fango ya que Heinz, con una seña le indicó que no lo quería de vuelta. Habían sido compañeros en la escuela, en su Hamburgo natal, luego de lo cual cada uno fue por su lado. La alegría fue grande cuando se reencontraron en el batallón 101, y desde entonces andaban juntos y se ayudaban.

— ¡Así no puede ser, no puede ser! —exclamó Klaus exasperado, y Heinz se encogió de hombros. Klaus corrió hasta el pequeño lago, saltando por encima del cuerpo sin vida del que había intentado escapar y con las botas en el agua sumergió su cabeza varias veces en el agua fría.  —¡Mierda! —pensó— ¡Las botas nuevas!

Al regresar la compañía al cuartel Klaus vio a Berta, quien había salido a fumar un cigarrillo cuando regresaban los camiones con los soldados. De pelo rubio y cara redonda, Berta se adelantó coqueta y le dijo —¿Qué tal?

—Mal día —le respondió Klaus y le dio un beso en los labios— ¡Mira mis botas como quedaron! —Si —respondió Berta mientras observaba sus botas sucias— aquí las cosas también estuvieron difíciles. Los trenes no llegan y me he pasado al teléfono para resolver los problemas. Hay gente que no están ayudando como es su deber, no entienden que hay que trabajar a favor del Führer. (“Dem Führer entgegen arbeiten”)

Berta lo miró a los ojos. —Ven querido —le dijo— dame tu chaqueta para quitarle las manchas. No puedes presentarte de esta forma para la cena. Ya es casi hora y hoy la comida estará muy buena. Me lo contó mi amiga Helen que trabaja en la cocina. Llegó un camión con provisiones y hasta trajeron cerveza.

Klaus se sonrió, le dio otro beso y se dirigió a su cuarto, donde ya se encontraba Heinz.

—Que suerte que encontraste a Berta, es una buena muchacha —le dijo Heinz— tengo que buscarme una así yo también, pero es difícil en este lugar de mierda. Solo veo polacas asquerosas.

—Ah —le respondió Klaus— ¿Acaso quieres una judía de mierda? Ambos rieron y Klaus comenzó a limpiar sus botas con un paño.

—Berta me dijo que hoy la cena estará buena. Voy a ducharme rápido para tomarnos unas cervezas que llegaron con el cargamento de hoy.

—¡Cerveza!, eso si que me hace falta luego de nuestro difícil trabajo —exclamó Heinz.

Cuando llegaron al salón de la cena el bullicio era inusual, ya que en general el batallón se sentaba a cenar en silencio y la comida no era motivo de gran regocijo. La emoción la causaba el gran barril de cerveza fría que se encontraba en una esquina y la fila era larga. Se sentaron con Berta quien les esperaba como de costumbre. Ya sobre la mesa estaban dos vasos largos de cerveza fría con su buena cabeza de espuma, los cuales vaciaron casi de un sorbo.

—Voy en busca de más cerveza —dijo Heinz mientras se levantaba.

—Si tuviéramos esto todos los días sería más fácil —dijo Klaus.

—Claro —respondió Berta con una sonrisa— pero no estamos de vacaciones. Esto es una lucha  contra las fuerzas del mal. Debemos construir un Reich que sea Judenrein, de lo contrario ¡acabarán con nosotros!

Heinz regresó con las cervezas y anunció que ya estaban sirviendo comida, que había carne de cerdo con papas. Se levantaron a buscar de comer.

Comieron casi en silencio. El alboroto en el salón sucumbió poco a poco al sonido de platos, cuchillos y tenedores. Los soldados del batallón 101 tenían hambre.

—También hay una sorpresa para el postre —informó Berta, cuando terminaron de comer.

—La verdad que estaba delicioso y debemos aprovechar que la fila del postre aun no es larga —dijo Klaus. Heinz, afirmando con la cabeza se levantó.

Berta y Klaus le siguieron. El cantinero, con delantal marrón, servía con alegría una gran bola de mantecado de vainilla blanco como la nieve, y su asistente la cubría con una cucharada de salsa de fresa caliente. ¡Un manjar!

Berta y Heinz se deleitaban con el postre pero vieron que Klaus miraba su plato, miraba como las gotas de salsa roja resbalaban lentamente por el costado de la pálida bola de mantecado. Miraba y no comía. Heinz miró a Klaus y luego a Berta y se encogió de hombros frunciendo la frente.

—No puedo comerlo —dijo Klaus con pena en su voz, al notar el gesto de su amigo— será que comí demasiado, no tengo deseos. Heinz lo miró con una sonrisa y diciendo: —Gracias, yo me sacrifico —le quitó el plato y se comió la segunda porción.

Esa noche Klaus tuvo pesadillas, con visiones de cerdos ensangrentados que colgaban de ganchos en un matadero oscuro. De entre los cerdos, una mujer de cara muy pálida vestida de negro lo miraba de forma penetrante con ojos grandes y muy brillantes. Tenía fango en una mano y se lo tiró en la cara. Despertó bañado en sudor y sobresaltado y no se volvió a dormir.

Levantaron al batallón a las seis de la mañana y la formaron frente a su comandante en el patio del cuartel. —Meine Herren —comenzó a decir el comandante, Hauptsturmführer Hoffman— hemos constatado algunos problemas para nuestras tropas que entorpecen el correcto y eficaz ejercicio de nuestras operaciones y hemos decidido cambiar el modo de operar. De ahora en adelante se formarán pelotones de fusilamiento a distancia. Untersturmführer Kohl les asignará sus lugares. —Me alegro —le dijo en voz baja Klaus a Heinz quien estaba a su lado— no se podía trabajar así. Espero que haya secado el fango, me pasé una hora limpiando mis botas.

Heinz lo miró de reojo y se encogió de hombros.

[1] Inspirado por el libro: ‘ Schöne Zeiten’. Judenmord aus der Sicht der Täter und Gaffer. Ernst Klee, Willi Dressen, Volker Riess (Editores). Fischer (S.), Frankfurt. (1997)

 

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