Tengo razón

Posted on Posted in Ensayo

Podemos fácilmente perdonar a un niño que le teme a la oscuridad, la verdadera tragedia de la vida ocurre cuando hombres le temen a la luz.

Platón (423-347) 

pan

Detrás de la economía del conocimiento, tan de moda hoy, con la autopista informática y los medios de comunicación omnipresentes se esconde una gran mentira. Un fraude que penetra por los poros sin que nos demos cuenta, la gran confusión entre conocimiento e información, parte integral del capitalismo de ficción. Por otro lado, economía del conocimiento podría entenderse como poco conocimiento, a pesar, o mejor dicho justo a causa de la avalancha de información a la cual estamos expuestos, desde la escuela hasta la televisión, pasando por el internet. El problema se agudiza por el hecho de que una alta proporción de la información que recibimos es información manipulada, condicionada y escogida por un pequeño grupo de personas que controla su contenido y flujo, decide qué es importante y qué no es. Es un hecho que mucho es simplemente falso o al menos distorsionado.

Ya no es ficción la de Orwell[1] de un “ministerio de la verdad”, con su lema: Guerra es paz, libertad es esclavitud, ignorancia es fortaleza. La ignorancia relega a la mayoría a un proletariado intelectual, inmersos en antiguas supersticiones y creencias sin fundamento (por las cuales están dispuestos a matar o morir), mientras que una pequeña oligarquía que conoce, disfruta y se aprovecha del conocimiento. A la explotación material del pasado se acopla la explotación intelectual de la futura distopía[2].

La información, los datos, son necesarios para elaborar nuevas ideas como la de Darwin, que se pasó unos cuantos años viajando por el mundo en el HMS Beagle para obtenerlos. Son necesarios, pero no son suficientes, y allí está el meollo de toda la cosa. Las nuevas ideas tienen que surgir de la razón bien utilizada, ya que es muy común razonar mal, y muchas veces no razonar, actuar por instinto o por emoción, como cualquier otro animal, ya que, también a raíz de lo que comenzó con Darwin, somos animales. Para Descartes la razón era tan importante que la igualó a la existencia en su famoso “Cogito ergo sum”, (pienso luego existo) aunque yo conozco mucha gente que desafortunadamente existe sin pensar. Quizá les hayan asustado de pequeños diciéndoles: “No pienses mucho que te vas a volver loco”. Además, otra vez por el pecado de Darwin es al revés: existo, luego pienso.

Para generar conocimiento necesitamos evaluar la información, decidir acerca de su validez y de su importancia relativa, analizar cómo apoya o no alguna idea, defendiéndonos de la tendencia cognitiva de buscar información confirmatoria y descartar la contraria, es decir descartar aquella información que va en contra de nuestras ideas ya formadas. Lo habrá comprobado muchas veces: Una amiga(o) cree que el novio(a) anda con otra(o). Cualquier cosa que lo confirme, por más inocuo que sea será notado, mientras que prueba exculpatoria será posiblemente ignorada, o al menos puesta en duda.

Existen varios otros sesgos cognitivos bien estudiados que nos afectan: la tendencia a evitar la pérdida, la tendencia a ver orden en arreglos aleatorios, nuestras equivocadas intuiciones estadísticas y el hecho de que nuestra memoria es selectiva y reconstructiva, es decir que no recordamos todo lo que ocurre en cada instante de nuestra vida. Se nos llenaría el disco duro por decirlo así, y además nuestros recuerdos no son cosas almacenadas como si fueran una imagen en un álbum de fotos, sino que cada vez que se evocan se vuelven a generar, con errores naturales o inducidos, como ha ocurrido en los sonados casos de personas que “recuerdan” haber sido de niños violentados sexualmente por un pariente, llevando a prisión a más de un inocente. Nada más que por eso los evangelios no son ni historia ni biografía.

La tendencia a ver orden en arreglos aleatorios lleva a tales cosas como los famosos canales, o la más reciente cara, en Marte, o la visión de vírgenes en tostadas o manchas de grasa (que por cierto parecen una cara, pero de ahí a virgen hay un gran trecho, y si me preguntan a mí me parece más a la Monroe, que dudo fuera virgen). Lo que ocurre, como también nos enseñó Darwin, es que somos descendientes de aquellos que veían caras donde no las había, por la sencilla razón de que aquellos que no veían caras donde sí las había, no sobrevivían para dejar descendientes.

En muchos casos el error es consecuencia de razonamiento inválido. Es clásico el ejemplo de la oficina a la cual vuelven los empleados luego del almuerzo y la computadora tiene el mensaje: ”%/¡¡ 002 $$$··· fatal error – Windows”, y nadie sabe qué hacer. La cosa se trancó y siempre aparece algún genio que dice: “La última que la usó fue fulana”. Se asume sin razón alguna que cuando una cosa sigue a otra, la primera es causa de la segunda, por lo tanto, fulana dañó la computadora, por más que sea cierto que el efecto siempre sigue a la causa. Tan ubicuo es esto que lleva su nombre en latín: Se trata de la falacia Post hoc ergo propter hoc, (después de esto, por lo tanto, a causa de esto).

Cada vez que tomemos un asqueroso brebaje o nos claven agujitas para aliviar una dolencia, y la dolencia se alivie estaremos convencidos que fue a causa del brebaje o las agujitas. Mi médico me decía frente a un resfriado: si no haces nada más que cuidarte y tomar caldo de pollo se te va en una semana, si quieres te doy estos medicamentos y se te va en siete días.

No menores son nuestros problemas al pensar en probabilidades y coincidencias, pensando que “hay algo más” cuando no lo hay. Preferimos historias a estadísticas. Es común asombrarse cuando llama un amigo(a) que hace tiempo no llama:” ¡Justo estaba pensando en ti y llamaste!” El evento sirve para todo tipo de elucubraciones relacionadas a la telepatía y vibraciones universales, cuando no tiene nada de especial si pensamos en todas las ocasiones en que pensamos en nuestro(a) amigo(a) y no llamó. Pero de esas ocasiones nos olvidamos ya que no son memorables. También es cierto que, si un evento es improbable, digamos uno en un millón, esto no lo hace imposible y ocurrirá si hay sobre un millón de ensayos. Al fin y al cabo, alguien gana la lotería y no es un milagro. No es lo mismo indagar sobre la probabilidad de que a alguien le ocurra algo muy improbable, a indagar que a fulano le ocurra.

Aceptar argumentos inválidos o premisas falsas tiene consecuencias que van de lo inocuo hasta lo desastroso (la que más daño ha hecho es la creencia en un ser sobrenatural que nos creó y nos vigila y juzgará luego de la muerte). Así, si usted cree que poniéndose un collar de cuarzo se defiende de la “mala vibra” de otros, esto es bastante inocuo, y si le hace sentir mejor, aunque sea por razones equivocadas, no hay problema grave. Por otro lado, si aceptando los testimonios de otros, usted cree que yendo a Medjugorje (o donde sea) se va a curar milagrosamente de una enfermedad y por lo tanto no va al médico a tiempo, las consecuencias podrían ser desastrosas. Los milagros son producto de ignorancia y estadística, y muchas veces de ignorancia de estadísticas. Por razones obvias aquellos que rogaron por una cura y no se curaron, acabaron rogando por un cura y no dan testimonio.

La tendencia es aceptar lo que se divulga y suspender critica, creer por tradición, creer por autoridad o creer por fe, tres malas razones para creer. La fe lejos de ser una virtud es todo lo contrario, apoya la actitud irracional, el fanatismo que convierte al humano en un fatal y trágico hombre-bomba (y niños y niñas para que todos lloremos). En nuestra endeble democracia, sujetos a un creciente flujo de desinformación y propaganda, sin una formación de pensamiento crítico, muchos creen que es aceptable bombardear a otros países para imponer la democracia y la libertad, (sin darse cuenta de lo absurdo de la idea similar a curar una jaqueca pegándose un tiro en la cabeza). Parece que nadie se pone a razonar que por cada víctima inocente del terrorismo computarizado que cae del cielo (usamos el eufemismo: “daño colateral”), se generan cinco nuevos terroristas. La ley del Talión no sirve. La guerra es terrorismo, en ocasiones necesaria en este triste mundo para evitar o terminar con otro terrorismo previo, pero debe ser el último recurso, y debe emprenderse con gran pena, no con orgullo y fanfarria.

Así pensaba Albert Einstein: Cuando uno, con regocijo, marcha al ritmo de la música ya se ha ganado mi desprecio: ha recibido su gran cerebro sólo por error ya que para él su columna vertebral sería más que suficiente.  Esta deshonra de la civilización se debería eliminar lo antes posible. El heroísmo comandado, la violencia sin sentido, y el fastidioso patrioterismo, cómo los odio con pasión, cuán despreciable y perversa es la Guerra. ¡Preferiría ser destrozado a ser parte de una faena tan vil! Según mi perspectiva, matar en la guerra en nada supera al asesinato común.

La ignorancia y falta de razón, junto con el inexistente sobrenatural, nutren los batallones en los que arriesgan el pellejo los jóvenes más jodidos de la sociedad, que marchan con el cerebro lavado a morir o matar, quizá cantando el famoso himno que dice:

Onward, Christian soldiers, marching as to war,
With the cross of Jesus going on before.
Christ, the royal Master, leads against the foe;
Forward into battle see His banners go!
[3]

 

O acaso, alguno recordando el famoso poema de Alfred, Lord Tennyson de 1854 “The Charge of the Light Brigade” (grabado en un cilindro de cera en 1890 por Tennyson y disponible en internet como una voz de ultratumba), que conmemora la masacre sufrida por una brigada británica en manos de tropas rusas durante la guerra de Crimea (1853-56), cuya segunda estrofa dice:

“Forward, the Light Brigade!”
Was there a man dismay’d?
Not tho’ the soldier knew
Someone had blunder’d:
Their’s not to make reply,
Their’s not to reason why,
Their’s but to do and die:
Into the valley of Death
Rode the six hundred.

Es precisamenteel “Their’s not to make reply, their’s not to reason why, their’s but to do and die” que le da ese profundo aire trágico al poema, un sentimiento similar al mucho menos poético lema del fascismo musolinesco: “Credere, obbedire, combattere”.

Para justificar la violencia es necesario llenar los cerebros con cuentos de horror y odio, perpetuar los mitos y mentiras y evitar el razonamiento, ya que la violencia es contraria a la razón, por más que intentemos racionalizarla, lo cual es otra cosa. Porque si tiene algún sentido derribar un avión con gente que nada tiene que ver, alguien que me lo explique. Por eso mismo debemos intentar una educación distinta, para romper la maraña de cadenas que inmovilizan la mente y el espíritu humano y no le dejan cobrar altura. Una educación que ponga cómo pensar por sobre qué pensar. Pruebe con sus estudiantes o amigos a ver cuántos opinan que el siguiente razonamiento es válido: todos los seres vivos necesitan agua; las rosas necesitan agua; por lo tanto, las rosas son seres vivos. Si no lo logramos continuaremos con la absurda guerra contra la guerra y volveremos a quemar brujas y herejes como hacían hace no tanto, cuando en occidente perdimos la razón, como ahora ocurre en oriente.

Lo que importa es adquirir las destrezas para poder navegar un curso que permita una discriminación entre lo cierto y lo falso, lo posible y lo imposible, aquello bien fundamentado y aquello que no lo está, y de ese modo defendernos de los enredos propuestos por aquellos que quieren nuestro voto, nuestro dinero o nuestra devoción. Estas destrezas se adquieren cultivando un “temperamento científico”. Pero la razón compite dentro de nosotros con los deseos, emociones y creencias, que muchas veces salen airosas de esta confrontación.

Ya ve usted que interesante se hace el complicado mundo de nuestra mente cuando pensamos un poco, y estará de acuerdo que debemos cultivar la razón como si fuera una delicada planta exótica alimentándola con cuidado y protegiéndola de las plagas que la atacan, para que pueda florecer. Porque la historia nos ha mostrado lo que pasa cuando perdemos la razón. Tengo razón, ¿no?

 

[1] George Orwell, (2009). 1984. Colección: Áncora y Delfín. Barcelona: Ediciones Destino

[2] Opuesto de una utopía.

[3] Himno Inglés. Las palabras fueron escritas por by Sabine Baring-Gould y la música por Arthur Sullivan en 1871.

One thought on “Tengo razón

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *