En menos de 150 palabras

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1

El mozo me trajo el cortado. Leía el diario sobre la mesa de la acera del bar: Guerra en África. Me interrumpió una voz dulce que preguntaba si podía sentarse en la otra silla. Claro, dije, y alcé la vista para ver la chica morocha de ojos nerviosos, vestida con una camiseta demasiado liviana para la época. Hambre y sequía en el sur. Pidió un té de hierbas aromáticas y galletitas. Ataque aéreo en el lejano oriente. Una ráfaga de frío viento otoñal me dobló el diario. Le dio en el pecho y resaltó sus pezones. Asesinato de banquero. Me ofreció una galletita. Una bomba en la capital. Tomé una del paquete que tenía en su delicada mano. Abuso sexual en la Iglesia. – Buen día, me deseó y se fue con otra ráfaga que le dio en la espalda y le subió la falda. – Buen día contesté sonriendo, mientras se alejaba y leí: Chica desaparecida.

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2

Atardecía. Despreocupado en el mar con mi copa de vino, dejé que llegara la noche y sin darme cuenta, mi velero, animado por el viento llegó como si fuera un navío fantasma a otra costa. Con las primeras luces avisté un gigantesco paisaje de concreto, hierros retorcidos y cristales fracturados. Vi cientos de enormes aves negras de penetrantes ojos púrpura por todos lados, y nada más. Chillaban con aspereza. Una rozó el mástil y soltó una pluma. Lloré desconsoladamente y navegué para regresar sin mirar hacia el futuro. Mi esposa en el muelle me preguntó por qué el largo abrazo. – No, nada, – respondí, – tuve una pesadilla y me alegré de verte. Una ráfaga levantó una pluma negra del fondo del velero y se la llevó al mar.

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3

Postrado con los ojos entreabiertos, con un cansancio centenario, ya no sentía su cuerpo. Quizá las drogas lo aletargaron. Entonces cerró los ojos y en la pantalla del pequeño cine de su cerebro vio una imagen difusa e incolora. Enfocó, y con una sonrisa reconoció a su mamá que lo llevaba a su primer día en la escuela. Muchas imágenes siguieron, algunas muy claras, otras menos, paisajes sin nombre. Movía sus ojos lagrimosos para verlo todo. Apareció su padre que lo llevaba en hombros, luego un partido de fútbol, gol de Peñarol, después la cara de niña de su primer amor. El cumpleaños de la hija, y luego con su esposa remando un bote en un lago y súbitamente sobre un frío pico nevado. De pronto la pantalla oscureció. Sus ojos dejaron de moverse.

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4

Caí sentado y aterrado por el fuerte temblar de la tierra. Me levanté aturdido entre la polvareda y los aullidos de perros y animales, y corrí como pude hasta llegar a lo alto y desde allí, jadeante, vi la turbulenta pared negra que se acercaba en silencio.
Me estremeció el golpe frío y violento del agua y en el remolino burbujeante con la respiración congelada, una sombra gris me empujó como si yo fuera una liviana hoja en la brisa.
En la orilla, tirado entre riachuelos, pedazos de coral y sargazos pardos, vi como el delfín se alejaba.