Soledad desesperante

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Sintió que toda su vida era como un sueño y a veces se preguntaba de quien era y si lo estaría disfrutando.

Douglas Adams

 

Me encontraba hace años en el medio de un desierto. Sentado sobre una duna el silencio era tan intenso que oía el traqueteo que hacía mi sangre al fluir en mis oídos. Mantuve en aquel momento una conversación muy interesante conmigo. Hay momentos en los cuales uno desea estar solo. La soledad ocasional es una excelente medicina que permite comunicarnos y así reencontrarnos luego de mucho tiempo, para ponernos al día con nosotros mismos, para repasar lo pasado y visualizar el futuro. Es como si nos encontráramos con un viejo y entrañable amigo luego de muchos años en el exilio. Esta comunicación de yo a yo es importante para no olvidarnos de quienes somos de verdad, quitándonos todos los adornos que usamos para ser quienes no somos, para encontrar respuestas a esas interrogantes ocultas que a menudo nos atribulan, sin saber por qué, hasta que nos hablamos. Si no nos hablamos terminamos enajenados, divorciados de nosotros mismos, sin entender que hacemos en la vida sobre este majestuoso y triste planeta.

Sí, es buena la soledad por un día, frente al mar con sus iIMAG0495nterminables variaciones del azul y lejano horizonte curvo, indicador de una Tierra esférica. o, en lo alto de una montaña contemplando en la lejanía de un valle un pequeño poblado de techos colorados. O quizá, durante un atardecer ante un cielo pintado de tonos anaranjados cada vez más intensos a medida que se pone el Sol distante. Luego, frente al lienzo negro del cielo nocturno incrustado de diamantes nuestra soledad se acentúa, especialmente si sabemos que esas estrellas que vemos, miles de mundos solitarios, se encuentran a distancias incomprensibles. La distancia nos permite estar solos, sin vecinos, sin celular, sin radio. No, no es que nos permite, más bien nos obliga.

La soledad por un día, quizá hasta por una semana es sana, pero por más tiempo puede conducir a una soledad eterna, a un monologo sin fin, a entendernos solamente con nosotros y a no entender nada de lo que dicen los otros: la locura. Dicen que los locos hablan solos, pero no es así, hablan consigo mismo, lo cual es muy distinto. La soledad crónica conduce, luego de un tiempo, a la pérdida de memoria, a la ansiedad, a confusiones y alucinaciones hasta que el individuo pierde su humanidad. Este hecho ha sido constatado en múltiples instancias por los confinados a calabozo solitario, una tortura practicada en muchos países, incluso en aquellos que condenan la tortura en otros países.

Por las calles de las atestadas ciudades del planeta, Hong Kong, Buenos Aires, México o Nueva York, se desplazan torrentes de gente, desde la distancia no muy diferente al tráfico de hormigas que observo en estos momentos en una pared. Se amontonan en alguna intersección a la espera de un cambio de rojo a verde en una escena que parece el inicio de un maratón.

En ocasiones alguno se aparta del flujo para entrar en un callejón, mientras otros se unen al flujo como troncos que caen en un río. Caminan en la calle codo a codo, (como dice Benedetti en un contexto muy distinto), se miran, se huelen y en ocasiones sus miradas se cruzan para rápidamente desviarse. Cada uno se desplaza dentro de una especie de burbuja espacio-temporal, ajeno a los demás. No es necesaria la distancia para estar solos. Bastaría no desviar la mirada, dar un saludo o regalar una sonrisa, para salirnos de la burbuja, para regresar, aunque fuera por un instante, a la comunidad humana.

Vivimos cada vez más conectados, enchufados a la música, navegando por el ciberespacio de la autopista informática, pegados al celular y absorbiendo lo que nos transmite la televisión y la radio, como si fuera la luz del Sol que nos broncea. Para el Sol, recurrimos a lociones que nos resguardan de la parte peligrosa de su radiación, pero para la televisión y la radio todavía no existe tal filtro. Nos protegemos la piel, pero nos dañamos la mente.

Se podría pensar que de esta forma pasamos a ser ciudadanos de la aldea global, nos alejamos de la soledad, pero en realidad no es así. La televisión y progresivamente la autopista informática nos envuelven en un mundo virtual y crean la apariencia de comunidad. Recibimos información de todo el mundo, la gran mayoría irrelevante (y mucha falsa) para nuestro entorno y nuestras vidas. Nos es posible, gracias a la maravilla electrónica, ver el menú de un restaurante en Paris, ver la superficie de Marte en vivo (aunque está muerta) y en directo, y conversar con un perfecto extraño, («chatear» como se dice en buen español) esto último algo más relevante a nuestras vidas, ya que en ocasiones a alguna le ha costado la suya.

Esta ilusión de comunidad es peligrosa, justo por ser una comunidad virtual, un reality show que tiene poco de reality y mucho de show, un castillo en el aire, meramente una forma de entretenimiento que anestesia la mente y nos sume en una soledad de la cual no estamos conscientes. No es que yo esté en contra del entretenimiento, de construir algún castillo en el aire, de soñar. Todos lo hacemos, posiblemente lo necesitamos, y en ocasiones los sueños se vuelven realidad. El problema con los castillos en el aire surge cuando los pretendemos habitar. Aturdidos por el flujo de información, como preámbulo a la locura, nos hemos vuelto insensibles. una cacofonía de trivialidades tapa el dolor del mundo y así comenzamos a perder nuestra humanidad.

Las distancias que nos separan de un potencial vecino cósmico son enormes y habituados a las escalas terrestres, nos cuesta imaginar cuánto dista el astro más cercano: el Sol. Su distancia típica asciende a ciento cincuenta millones de kilómetros. ¿puede imaginárselo? Viajando a doscientos kilómetros por hora tardaríamos toda una larga vida en llegar a él, aunque esto no es recomendable ya que mucho antes de llegar su nave se evaporaría y a usted no le quedaría más remedio que evaporarse de igual forma.  pero la luz, que se desplaza a la elevada velocidad de trescientos mil kilómetros por segundo, sólo invierte ocho minutos en cubrir el trayecto.

El diámetro de la Tierra es de unos trece mil kilómetros. Si las dimensiones de la Tierra fueran las de una moneda pequeña, digamos la de un centavo, mejor conocida como chavo prieto (en puerto Rico), el Sol equivaldría a una bola de unos dos metros de diámetro ubicada a una distancia de unos doscientos metros. A esta escala, la Luna, que dista casi cuatrocientos mil kilómetros de la Tierra, se encontraría a algo más de medio metro de nuestro planeta (el chavo prieto) y sólo tendría el tamaño de esta O mayúscula.

No tiene sentido medir distancias cósmicas en las unidades que acostumbramos usar aquí en la Tierra como, por ejemplo, el kilómetro. un billón de ellos (no importa si son europeos a norteamericanos) no nos llevaría muy lejos en el universo. Es más conveniente expresar distancias grandes tomando como referencia el tiempo que tarda la luz en recorrerlas a su enorme velocidad porque eso nos permitirá emplear números más pequeños. De este modo, decimos que la distancia promedio de la Tierra al Sol es de ocho minutos-luz, en lugar de ciento cincuenta millones de kilómetros. La luz del Sol tarda unas cuatro horas en llegar a Neptuno, el planeta más alejado del Sol, así que decimos que se encuentra a cuatro horas-luz del Sol. Próxima Centauri, la componente menor del sistema triple de alfa Centauri, es la estrella más cercana al Sol, a unos cuatro años-luz de distancia. un año-luz (la distancia que atraviesa la luz en un año) equivale a 9.460.055.000.000 Km; esto ilustra por qué no es práctico usar kilómetros para hablar de distancias cósmicas.

La inmensa velocidad de la luz, idéntica a la de cualquier onda electromagnética, nos permite hablar por teléfono con otra persona situada al otro lado de la Tierra y obtener lo que parece ser una respuesta instantánea. pero si quisiéramos conversar con alguien en un planeta en órbita alrededor de próxima Centauri, el tiempo entre nuestro: «Aquí el planeta Tierra llamando, ¿cómo están ustedes?» y la respuesta que podría ser: «Aquí Próxima, no copiamos claro, ¿podrían repetir la pregunta?», sería de ocho años. No parece que esto pueda llamarse «conversación», como piensan algunos ocurre en el observatorio de Arecibo, sin considerar además el problemilla de traducción, ya que dudo que hablen lo que nosotros hablamos.

Volviendo a los diamantes del cielo nocturno, ellos son, en su gran mayoría, estrellas pertenecientes a nuestra galaxia, la Vía Láctea, una entre algo así como mil millones de galaxias que pueblan el universo. Grande, ¿no? La Vía Láctea tiene la forma de un gigantesco disco y está formada por estrellas, gas interestelar y polvo, además de materia oscura de misteriosa composición.

Si observa el cielo detenidamente desde un lugar oscuro, lejos de las luces de la ciudad, notará que la mayoría de las estrellas se concentran a lo largo de una banda de luz difusa que va de horizonte a horizonte. Es la Vía Láctea, la imagen de nuestra Galaxia vista desde la posición que ocupamos dentro del disco. Al observarla con binoculares, o con un telescopio (basta uno pequeño como el que usó Galileo por vez primera en 1609) se comprueba que la luz difusa proviene de un sinnúmero de estrellas demasiado tenues para poder apreciarlas a simple vista.

A la escala de nuestro modelito anterior del chavo prieto, próxima Centauri se encontraría a unos cincuenta mil kilómetros de distancia. Esto revela que la palabra cercana en este contexto, no significa tanta proximidad. Ah sí, por si no se había dado cuenta, el Sol es una estrella, bastante ordinaria, por cierto, y obviamente la más cercana a la Tierra.Cell1

El universo es un lugar de dimensiones inconcebibles, imposibles de imaginar. Garantiza nuestra soledad. El Sol se encuentra en lo que podríamos denominar los suburbios de la Vía Láctea, a unos treinta mil años-luz de su centro. La atracción gravitatoria de toda la Galaxia hace que viaje alrededor de su centro a la increíble velocidad de unos novecientos mil kilómetros por hora, (si, no sentimos nada pero a esa velocidad se mueve) de modo que invierte unos doscientos cincuenta mil años en completar una vuelta, lo que podría llamarse un año galáctico. En estas unidades la Tierra tiene una edad de dieciséis mil años y nuestra especie surgió hace tan solo un añito más o menos, de modo que somos unos recién llegados.

A pesar de esta realidad algunos continúan aferrándose a la absurda idea de que los extraterrestres, luego de atravesar estas ridículas distancias nos visitan. Se aferran a la idea que no estamos solos, me imagino porque conocen las consecuencias de la soledad extrema. Y la verdad es que si alguien, en un distante planeta, pudiera observar el nuestro, concluiría que hemos sido víctimas de la soledad. Estamos todos condenados a solitaria en este planeta.

Aun así, buscamos, para ver si acaso no estamos tan solos, como el preso que por una rendija busca ver un  rayito  de sol  o a otro. Utilizamos telescopios sensitivos para escudriñar el cielo, apuntando a las lejanas estrellas más cercanas para determinar si alrededor de alguna de ellas existe un planeta habitado por seres que también pudieran tener la conciencia de que están solos. Es difícil, pero buscamos con los mejores medios que disponemos, y hemos encontrado miles de planetas extrasolares.  Buscamos, soñamos que hacemos contacto o que nos vistan, que de esta forma se acaba nuestra soledad desesperante, que podremos escapar de la locura.

 

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