Pena de muerte

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1

Entraron al cuartel del barrio Naranjos de la pequeña ciudad del sur sin tener claro hacia dónde debían dirigirse. Él, alto, flaco, con bigote blanco, camisa blanca arremangada y brazos fibrosos tostados por el Sol. Ojos algo saltones y serios. Ella, enganchada de su brazo, de pelo canoso, frágil, zapatos negros con medias blancas. Sus ojos buscaban algo que indicara por cuál de los tres pasillos, que alguna vez habían sido pintados de verde oscuro hasta media altura, debían dirigirse. Al verlos en medio del zaguán, el inspector Gutiérrez, se levantó de su silla detrás de su viejo escritorio de madera oscura, ubicado en una esquina bajo la gallarda imagen del presidente, y les preguntó luego del saludo —¿En qué puedo ayudarles?

Pedro Díaz respondió con voz ronca de fumador —Venimos a reportar una persona desaparecida… —a lo cual agregó Maruja Vallejo de Díaz interrumpiendo con voz resquebrajada— M’ijo, mi hijo José Pedro.

Gutiérrez les invitó a sentarse en las dos sillas de madera ubicadas frente al escritorio. Tenían sus superficies pulidas por las muchas telas que en ellas se habían sentado y los brazos oscurecidos por la humedad de tantas manos nerviosas que de ellos se habían sujetado. Les ofreció café de una vieja cafetera ubicada sobre un estante. Para el, —Si gracias, con un poco de azúcar—; para ella, —No gracias—. Eran casi las diez y media de la mañana y Gutiérrez ya estaba aburrido. Faltaban dos horas para el almuerzo, y pensó que este casito haría que la mañana pasara más pronto.

Gutiérrez buscó una libreta de hojas amarillas y su bolígrafo, que finalmente encontró bajo unos cartapacios con marcas de grasa, y escribió algo. Luego, se acarició el bigote con el dedo índice y dirigiéndose a Pedro Díaz con mirada inquisidora le preguntó —¿Nombre de la persona? Tomó nota: lunes once de noviembre. José Pedro Díaz, soltero, treinta y seis años, domiciliado en el condominio Vista Dorada, quinto piso, 502. Visto por última vez el jueves treinta y uno de octubre en casa de sus padres. Maruja suspira y le entrega una pequeña foto. Gutiérrez mira la foto y sigue escribiendo: Empleado del Banco Universal. No se reportó al trabajo esta semana. Persona seria, trabajadora, no tiene vicios y pocos amigos. Todos los jueves cena en casa de los padres. Si por alguna razón no puede, llama para avisar. Maruja relata y Gutiérrez continúa: El jueves pasado no vino ni llamó. Al llamar a su apartamento solo contesta el automático. La vecina, Filomena García, dice que no lo ha visto ni oído, tampoco ha visto a su amigo Javier que visita con frecuencia. El automóvil de José Pedro, sin embargo, está en el estacionamiento.

Gutiérrez llama por teléfono y explica algunos pormenores, —Hay que mandar una patrulla a investigar. Los padres autorizan a que se entre al apartamento. La administradora del condominio tiene llave. Que reporten inmediatamente. — Luego se dirige a Pedro y Maruja —Por el momento es todo lo que podemos hacer, investigaremos y les dejaremos saber. Tranquilos; haremos todo lo posible para encontrarlo.  Que tengan buen día.

El salón de estilismo “Tu Sueño”, se encuentra no muy lejos del condominio Vista Dorada; unos diez minutos a pie. Gutiérrez y un oficial bajan de la patrulla y luego de observar por un minuto, entran. —Señores, ¿Corte de pelo?, ¿Barba?, —les dice por saludo la dueña Yari Pérez. —No, gracias —responde Gutiérrez luego de identificarse, y continúa en voz baja

—Quisiéramos hablar con Javier Méndez, cuestión de rutina. Yari señala con el dedo hacia el fondo del salón donde un joven atlético de tez bronceada, de pelo negro largo y lacio, con un diamante en una oreja, trabaja con el cabello de una señora. —Mi amor, este rojo oscuro te va a enmarcar la cara mejor que el tinte anterior, te va a quedar divino, ya verás. Gutiérrez carraspea —¿Javier Méndez?  La respuesta tiene algo de asombro —¿Si?

Hay en “Tu Sueño” una sala con una cocinita, mesa y sillas, y allí se sientan Javier y Gutiérrez. —Mi amor, regreso en seguida —le dice Javier a la clienta. Gutiérrez, incómodo, interroga. Los homosexuales le disgustan, piensa que es contra la naturaleza, y peor aún, contra su religión. Al salir, Gutiérrez le susurra al oficial —Éste, algo esconde.

El arresto ocurrió pocos días más tarde. Lo buscaron a la casa de su madre ubicada en un barrio humilde de la pequeña ciudad. Revisaron con insolencia su cuarto, se llevaron algunos papeles y un álbum de fotografías. Entre sollozos, la madre de Javier exclama —¡Mi hijo es un buen muchacho, jamás lastimaría a nadie!

Lo esposaron como si fuera un peligroso criminal y lo empujaron al asiento trasero de la patrulla, mientras los vecinos curiosos observaban. Chillaron las gomas de la patrulla. Al otro día, en las páginas policiales del periódico local, una corta nota informó: “Arrestan homosexual sospechoso de homicidio de empleado bancario”. La nota ofrecía pocos detalles: no se había encontrado el cuerpo, se sospechaban motivos pasionales o quizá robo, los padres de José Pedro desconsolados, clamaban por justicia. Una foto de Maruja llorando.

La nueva ley para acabar con la criminalidad había sido aprobada en la legislatura por aclamación poco tiempo atrás, “mano dura contra el crimen”. El presidente la había firmado en ceremonia especial —Se acabó con la violencia, la obscenidad, los actos que ofenden la moral pública —dijo solemnemente en su discurso— ¡Dios así lo quiere en la ley del talión!

El obispo, invitado especial, recitó del Deuteronomio —No tendrás compasión: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie. Los pocos opositores, los que argumentaban que la pena de muerte por fusilamiento era asesinato público, que la ejecución a dos semanas de la sentencia era un acto de barbarie, que no había espacio para apelar, fueron tildados de izquierdistas, de personas que no tenían carácter, de ser los mismos que aceptaban el asesinato del aborto, de preocuparse más por el victimario que por la víctima.

La nueva ley también estipulaba períodos de tiempo cortos para los procesos criminales, “para ser justos con los acusados”. Si no había juicio y sentencia dentro del término estipulado se debía dejar al acusado en libertad. Todos estaban de acuerdo que era injusto tener a alguien por un año en prisión esperando juicio para luego salir absuelto. El año no se le podía devolver. El argumento de que la vida tampoco se le podía devolver al que fuera ajusticiado por error, se descartaba aduciendo que en estos casos no había lugar para el error.

2

El juicio comenzó veintiún días después del arresto y acusación, tal como lo estipulaba la ley. Los testigos juraron con mano sobre la Biblia decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Los miembros del jurado, ocho hombres y dos mujeres, seguían con atención todos los argumentos.

Javier tenía ojeras oscuras y la de su ojo derecho se extendía purpúrea alrededor del ojo. Su tez había perdido el bronceado. Su mirada era nerviosa y evitaba mirar a los padres de José Pedro. Su uniforme gris claro de reo contrastaba con su pelo oscuro, rapado corto y sus ojos oscuros. Maruja solloza.

Aunque no se encontró nada importante en el cuarto de Javier, varias fotos del álbum confiscado lo mostraban en compañía de José Pedro, y algunas habían sido tomadas sobre un bote en el mar. Por la variada vestimenta y diferente entorno, no cabía duda que solían hacer esto con cierta regularidad. Era difícil establecer las fechas.

En el cuarto de Javier habían encontrado una camisa con flores tropicales rojas sobre un fondo verde, idéntica a la que vestía José Pedro en una de las fotos. Javier explicó que esa camisa se le había olvidado a José Pedro en su bolso, al regresar de un fin de semana en el mar meses antes de la supuesta desaparición. El fiscal pregunta si puede probar que no fue el fin de semana justo antes de la desaparición, y Javier admite que no hay forma de probarlo. El fiscal indica, además, mirando al jurado con gesto dramático, que aquí no se trata de una “supuesta desaparición”, José Pedro no se encuentra por ningún lado, sus padres no lo han vuelto a ver. Maruja solloza.

La policía declaró que no se pudo encontrar el cuerpo. Se había solicitado la colaboración de una psíquica, una que había sido recomendada por la lectora de Tarot de José Pedro, persona de mucha experiencia en la materia, y que hace unos años había dado con el cuerpo de un niño perdido en un parque. Se había buscado en todos los posibles sitios “oscuros y húmedos” como lo había indicado la psíquica, pero hasta el momento sin éxito. El problema era que el fondo del mar también es oscuro y húmedo, y era casi imposible encontrar un cuerpo en su vasta extensión.

Madame Fossard, la del Tarot, declaró que José Pedro la visitaba con frecuencia, que le preocupaba su vida amorosa, que le había dicho en varias ocasiones a José Pedro, un muchacho adorable, que su relación con Javier “iba a terminar mal”. José Pedro le había dicho en su última visita que había tomado la decisión de terminar con la relación, pero que estaba pensando cómo decírselo a Javier. Le había dicho que lo mejor sería poner distancia entre él y Javier, alejarse de todo por un tiempo, ya que sabía que éste no lo iba a tomar bien y que “no deseaba un desenlace trágico”.

Filomena García, la vecina, testificó que José Pedro era una persona callada, buen vecino. El día que a ella le trajeron un nuevo sofá, el le ayudó a mover sus muebles. Pero Javier le daba mala espina. Venía a visitar a José Pedro después del trabajo y se quedaba en el apartamento por unas horas. Las pocas veces que se encontraron en el pasillo del condominio, aunque saludó, claramente la evitó, “como si tuviera algo que esconder”. Del apartamento de al lado oía ocasionalmente algo de música y percibía aroma de incienso que se colaba por debajo de la puerta, pero nada inusual. Justo por eso recuerda que el miércoles seis le llamó la atención lo que parecía ser una discusión en el apartamento, aunque no podía entender las palabras.

El análisis de las grabaciones del contestador telefónico corroboraba las llamadas preocupadas de los padres, y una llamada el jueves siete en la noche en la cual una voz decía, — Nene, te vas a arrepentir. Un experto no tuvo dificultad en confirmar que se trataba de la voz de Javier.

Javier no negó haber dejado el mensaje, estaba alterado y pensaba que José Pedro se arrepentiría de haber acabado con la relación, y a eso se refería. Sí, perderse en un paraje solitario en el mar, buscar una playa solitaria era algo que hacían con frecuencia, les gustaba y podían estar juntos sin que les molestaran. Nunca más vio a José Pedro luego de la noche de la discusión.

Un experto de la fiscalía, con la cabeza rapada, habló dilatadamente de los problemas de violencia relacionados con los homosexuales. —Son personas mal adaptadas a la sociedad —declaró— que viven en un eterno conflicto y se han acostumbrado a vivir la mentira porque saben que Dios les castigará y pueden en ocasiones ser muy pasionales y violentos. Declaró que la Biblia decía claramente en Levítico 20:13 “Si alguien se acuesta con varón, como se hace con mujer, ambos han cometido abominación: morirán sin remedio; su sangre caerá sobre ellos”. Agregó con tono despectivo que uno ya había muerto. Maruja solloza.

El abogado defensor, conocedor de la Biblia, señaló que Levítico 19:27 también decía “No rapéis en redondo vuestra cabellera, ni cortes los bordes de tu barba”, pero el juez le indicó que el acusado aquí era Javier Méndez y no el experto de la fiscalía, y que se borrara del record su comentario.

La única en hablar bien de Javier fue Yari Pérez, la propietaria de “Tu Sueño”.

—Javier es un buen trabajador, cumplidor, querido por las clientas que siempre piden por él —testificó con simpatía— De su vida privada no sé nada, es tímido y muy reservado. Recuerdo que hace como un año dejó de ir los viernes a la discoteca con el grupo. Reclamaba, cuando los compañeros le molestaban, que lo dejaran en paz, que había encontrado el amor de su vida, que era secreto y que no se atrevieran a entrometerse.

Así también lo confirmó Ángel Luís, compañero de trabajo, quien además, dirigiéndose al jurado, les dijo que ser homosexual no tenía nada de malo, que él confesaba públicamente que lo era, y que ya era hora que cesara la persecución y el ostracismo que les llevaba a una vida al margen de la sociedad. El juez lo mandó callar, diciendo —Aquí no está en juicio la homosexualidad, sino un individuo acusado de un crimen horrendo. Murmullos entre el público. Maruja solloza.

Con el correr de los días, Javier lucía más nervioso y en ocasiones parecía estar ausente, en otro mundo. A veces rompía en un llanto callado. Su apariencia era cada día peor, su semblante cada vez más oscuro, su cara cada día más pálida, lo que sugería no muy buenas noches en prisión.  Sus respuestas a interrogatorios eran cada vez más confusas. Decía no recordar cuándo había conocido a José Pedro, no precisaba cuantas veces por semana se veían, y no recordaba hacía dónde se dirigieron el último fin de semana en bote, el “fatídico fin de semana” como lo describía el fiscal. La psicóloga asignada por la corte testificó que Javier sufría de amnesia traumática y que al igual que en los casos de abuso sexual, el sujeto no quiere recordar lo ocurrido. Ante la contundente agresividad del fiscal, y el buen trabajo de la psicóloga para ayudarle a recobrar la memoria reprimida, y para asombro de muchos, llegó el momento culminante del proceso, cuando confesó entre sollozos haber abandonado a José Pedro en medio del mar. Maruja se desmaya. Pedro Díaz, con su voz de fumador grita — ¡No mereces menos que la muerte! No había alternativa ante la confesión. Homicidio premeditado, primer grado. Culpable. Pena de muerte como lo estipula la nueva ley. A nadie le dio pena. ¡Que Dios nos bendiga!

Frente al cuartel, una vigilia silenciosa se formó bajo la luz de la luna menguante con velas y pancartas, “Basta ya con la depravación” y “Temed al Señor” decían. A las doce de la noche a la voz de ¡fuego!, los disparos se entreveraron con el sonar de las campanas de una iglesia cercana. Luego se escuchó un disparo solitario, tal como lo estipulaba la ley. Se había hecho justicia. La muchedumbre congregada sintió una brisa helada, aunque la noche era cálida. Se fueron en silencio y de prisa para olvidar cuanto antes porque sabían que estaba mal, sabían que Dios les ordenaba: “no matarás”. Pero hacía tiempo que, abrumados por la constante propaganda oficial y el miedo, se habían resignado. Ya a la semana había cosas mucho más importantes para considerar: una muy comentada cartelera boxística y un importante concurso de belleza. También, la telenovela del momento estaba en sus días “culminantes” y los apasionantes amoríos en el mundo real del galán ficticio de la novela eran tema de primera plana. Al cabo de un mes parecía haber pasado un año y pocos recordaban al ajusticiado.

 

3

El hombre entró al cuartel del barrio Naranjos. Tenía la cabeza rapada. Sus ojos saltones y cansados en su cara pálida, encontraron a los de Gutiérrez que lo miraba desde su escritorio de madera en la esquina, bajo la foto del presidente. —¿En qué puedo servirle? — preguntó. El hombre, vestido con un pantalón y camisa blancos, cinturón de cuero marrón, y sandalias también de cuero, se sentó en una de las sillas de madera, respiró hondo y dijo murmurando —No se a quien más acudir, he regresado de un retiro espiritual y me encuentro en una situación embarazosa. Le ruego que mantenga lo que le diré en estricta confidencia. —Si, claro —respondió Gutiérrez pensando en que ya casi era hora del almuerzo y se recostó en su silla. —Estoy buscando a un amigo, pero no aparece —continuó el hombre— He buscado por varios días y no lo he encontrado ni en su trabajo ni en su casa, la cual parece abandonada. Por razones personales, como le explicaré, no deseo que me reconozcan y ya no puedo hacer más indagaciones. Ni me he comunicado con mis padres ya que necesito tiempo para ver como justifico un acto que seguramente les ha causado angustia. Gutiérrez, algo contrariado porque ya tenía hambre y esto parecía que iba a tomar un rato, sacó de entre sus papeles del escritorio desordenado su libreta de hojas amarillas, y encontró su bolígrafo.

—¿Su nombre? —preguntó con tono aburrido. —José Pedro Díaz —respondió el hombre.

 

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