La naturaleza de lo sobrenatural

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volador150706 

¿No es acaso más natural y más inteligible deducir todo lo que existe del seno de la materia, cuya existencia queda demostrada por todos nuestros sentidos, cuyos efectos sentimos en todo momento, que vemos actuar, moverse, comunicar movimiento, y constantemente generar seres vivos; que atribuir la formación de cosas a una fuerza desconocida, a un ser espiritual, que no puede hacer surgir de su suelo aquello que no tiene, y quien, por la esencia espiritual que se le adjudica es incapaz de hacer algo y de poner algo en movimiento? Nada es más claro que pretendan que creamos que un espíritu intangible puede actuar sobre la materia.

Paul-Henri Thiry, Barón de Holbach [i]

 Así las cosas, me parece que, al discutir los problemas naturales, no se debería partir de la autoridad de los pasajes de la Escritura, sino de la experiencia de los sentidos y de las demostraciones necesarias. Porque la Sagrada Escritura y la naturaleza proceden igualmente del Verbo divino, aquélla como dictado del Espíritu Santo, y ésta como la ejecutora perfectamente fiel de las órdenes de Dios; ahora bien, si se ha convenido en que las Escrituras, para adaptarse a las posibilidades de comprensión de la mayoría, dicen cosas que difieren con mucho de la verdad absoluta, por gracia de su género y de la significación literal de los términos, la naturaleza, por el contrario, se adecua, inexorable e inmutablemente, a las leyes que le son impuestas, sin franquear jamás sus límites, y no se preocupa por saber si sus razones ocultas y sus maneras de obrar están al alcance de nuestras capacidades humanas.

Carta del señor Galileo Galilei, Académico Linceo, escrita a la señora Cristina de Lorena, Gran Duquesa de Toscana[ii]

Las religiones, se designen como se designen, se parecen todas. Ningún entendimiento ni reconciliación son posibles entre estas religiones y la filosofía. La religión impone al hombre su fe y creencia, mientras que la filosofía lo libera totalmente o en parte. ¿Cómo pretender entonces que se entiendan entre sí? Cuando la religión cristiana, bajo sus formas más modestas y atractivas, entró en Atenas y en Alejandría, que eran, como todo el mundo sabe, los dos principales centros de la ciencia y la filosofía, su primer empeño fue, después de establecerse sólidamente en las dos ciudades, apartar tanto a la ciencia propiamente dicha como a la filosofía, buscando ahogarlas bajo el matorral de las discusiones teológicas, para explicar los inexplicables misterios de la Trinidad, de la Encarnación y la Transubstanciación. Y así ocurrirá siempre. Cada vez que sea la religión la que gane la partida, eliminará a la filosofía. Y sucede lo contrario cuando es la filosofía la que se convierte en soberana. En tanto exista la humanidad, no cesará la contienda entre el dogma y el libre examen, entre la religión y la filosofía, en una encarnizada lucha en la  que —me temo— el triunfo no será para el libre pensamiento, porque la razón desagrada a las masas y porque sus enseñanzas no son comprendidas más que por ciertas inteligencias de las  elites, a la vez que la ciencia, por hermosa que sea, no satisfará por entero a una humanidad sedienta de un ideal y a la que le gusta refugiarse en las oscuras y lejanas regiones que los filósofos y los sabios no pueden percibir ni explorar.

Yamaleddin al-Afgani[iii]

 

Por si no se acuerda o no leyó la advertencia que hago al inicio del blog, este es un buen momento de leerla antes de continuar. Basta oprimir “advertencia

Durante la mayor parte de la existencia de nuestra especie, Homo sapiens, la concepción que teníamos del mundo era mágico-religiosa, y así lo sugieren los hallazgos de arte rupestre que datan de decenas de miles de años atrás. Ciertos agentes invisibles causaban las cosas, explicando así para los pueblos del pasado muchos eventos de otra forma inexplicables. Surge la intuición de un poder intangible que posee ciertas características humanas, especialmente una mente, que se extiende de la experiencia individual al universo en el cual cosas y eventos materiales tienen antecedentes no materiales.

Es este paso de desmaterialización que permite todo tipo de idea, ya que el ente desmaterializado no tiene por qué ceñirse a las limitaciones de lo material y lo mortal. Una “sustancia inmaterial” es un oxímoron perfecto, en este caso sin aspiraciones metafóricas. Conduce a duendes y dioses, a la astrología y una cornucopia de terapias alternativas.  

Deshacerse de esto es mucho más difícil de lo que parece ya que es parte de nuestro cerebro, viene “de fábrica” (por decirlo de alguna forma). Nacemos preparados para el pensar mágico y no para el de la razón. Dice Vetter[iv]: “El prototipo de todas las fuerzas o agentes no materiales que concebimos como existentes es el pensamiento subjetivo o el proceso de volición que es la experiencia común de todo ser humano”.

Esta idea abre la puerta a ritos dirigidos a influenciar los agentes para que los eventos resulten favorables, y con el tiempo identificamos a los agentes con diversos dioses. Vetter dice que religiosidad es: “La creencia acrítica en un ayudante mágico, quien, si se le aborda con la fórmula ritual correcta, puede resolver dilemas para el suplicante que son aparente y enconadamente resistentes a cualquier intento de resolución que solamente utilice los recursos del mundo material”.

La premisa más importante de todas es la que supone que hay un poder sobrenatural, (llámele H), extremadamente (o todo) poderoso, creador del Universo, que dependiendo de nuestro comportamiento aquí en la Tierra, decidirá qué ocurrirá con lo que perdura de nosotros al morir, (otra premisa). El problema es grave porque diferentes pueblos tienen distintas nociones de quién es el verdadero H y están dispuestos a matar o morir por su H.

Piense en el comienzo del Universo. Esto lleva al planteamiento de dos preguntas ineludibles: ¿Quién o qué lo puso en marcha o lo creó?, y ¿Qué es lo que existía antes?, incluyendo la difícil cuestión de un creador que no se encuentra en sitio ni tiempo alguno antes de crear el Universo, y la igualmente difícil cuestión de quién creó al creador. La búsqueda forzada de una respuesta forma la base de gran cantidad de mitos que por los milenios han influenciado el pensamiento. La expresión: “H existe fuera del espacio” no tiene sentido ya que “fuera” implica una relación espacial. De igual forma la expresión: “H existía antes del tiempo” no tiene sentido ya que “antes” implica una relación temporal. El tiempo es una propiedad del universo que emerge de las interacciones entre los componentes del universo, y no es algo externo al universo (Woody Allen ha dicho que el tiempo es la forma en que la naturaleza evita que todo ocurra simultáneamente).

Por otro lado, no hay razón para pensar (excepto por falsa analogía) que el Universo tuvo un comienzo. Además, si para evitar el pasado infinito en el tiempo del Universo se postula el pasado infinito de H, apelamos a un recurso retórico, un sofisma que no resuelve nada, y más bien lo complica.

El asombroso Jean Meslier (1664-1729) cura párroco que ofició en la iglesia de Étrépigny en las Ardenas belgas, vivió una vida de pobreza dedicada a la Iglesia, pero en su obra póstuma presenta: “demostraciones claras y evidentes de la vanidad y falsedad de todas las divinidades y de todas las religiones del mundo”. Escribe[v]: “Nos dicen solemnemente que no hay efecto sin causa; nos repiten frecuentemente que el mundo no se creó a sí mismo. Pero el Universo es una causa, no un efecto. No es un producto, no ha sido hecho porque es imposible que fuese hecho. El mundo siempre ha sido, su existencia necesaria. Es su propia causa.

Las creencias religiosas, inspiradas por estas premisas fundamentan nuestras más profundas tradiciones culturales y la idea de identidad de forma negativa, definiendo como “hereje” a cualquiera que no crea como uno. La noción del “otro” inferior y a la vez amenazador, faculta el sentir nacional definido por líneas fronterizas marcadas sobre la tierra con sangre, que conducen a la guerra y al genocidio. Perdemos de vista que los “otros” son humanos, con la misma historia primordial, con los mismos temores, amores, alegrías y tristezas que nosotros. Perdemos de vista que nosotros somos los “otros” para los otros. Una y otra vez hemos visto como los pueblos se agrupan en unidades culturales asentadas en alguna etnia bajo una religión, primer paso para la matanza (como ocurre en el Oriente Medio mientras escribo esto). En vez del mito es necesario entender la verdad biológica que nos enseña que cualquier diferencia que nos separa es minúscula comparada con lo que nos une (es en parte por esto que deberíamos enseñar la evolución a los chicos). Muchos están dispuestos a matar por esa diferencia insignificante, en ocasiones entre sectas de una misma religión sin espacio para la fuerza de la razón y mucho espacio para la razón de la fuerza. Harari[vi] escribe: “…En el curso de 1500 años, cristianos masacraron a otros cristianos por millones para defender interpretaciones ligeramente diferentes de la religión de amor y compasión.

Lo que se dice en nombre de los dioses es contrario al conocimiento científico y ha sido y es causa de conflicto, como lo indica Yamaleddin al-Afgani, por más que muchos quisieran esconderlo bajo la alfombra. El conflicto es entre una visión naturalista del universo y una que acepta lo sobrenatural. Por otro lado, no sorprende que textos milenarios no sean coherentes con el conocimiento moderno – los humanos que los escribieron no tenían esos conocimientos (Claro que, si según no pocos es la palabra de Dios, entonces asombra su ignorancia – la de Dios).

Un mundo con un dios que lo diseñó y lo controla, sería muy distinto a uno sin este dios, uno en el cual las cosas se dan por razones naturales. Cualquier hipótesis sobre el mundo puede y debe ser puesta a prueba con todos los medios disponibles si deseamos acercarnos a la verdad. Debería ser el deseo de todos, incluyendo de los creyentes, en vez de escudarse detrás de lo “sagrado”.

Se puede mantener que si las religiones se dedicaran exclusivamente a cuestiones del valor, propósito y significado de la vida, no se generaría un conflicto con el conocimiento científico. Pero esto no es lo que ocurre ni lo que ha ocurrido históricamente. Las revoluciones del pensamiento que asociamos con Copérnico, Galileo y Darwin, son en primera instancia revoluciones metafísicas (más que metodológicas) que significan un corte con las creencias fundamentales que hasta entonces mantenían (y mantienen) los humanos. Como estas creencias estaban íntimamente ligadas con ideas religiosas, estas revoluciones representan un conflicto ineludible con la religión, generando dos mundos irreconciliables. En el caso de Galileo, el corte fue con la concepción metafísica del mundo material, mientras que en el caso de Darwin el corte fue con la concepción metafísica de la vida (algo que nos toca muy de cerca), corte con la idea de una creación divina en la cual el humano tiene una posición privilegiada entre los seres vivos. Este último conflicto aún no ha concluido. Un tercer conflicto se gesta entre neurociencia y religión, uno que será sumamente interesante.

Mientras tanto, en palabras de Christopher Hitchens: “ante perspectivas ni soñadas en el pasado, dentro de nuestra corteza cerebral que evoluciona, en los confines más distantes del universo y en las proteínas y ácidos que constituyen nuestro cuerpo, la religión ofrece la aniquilación en nombre de Dios, o la promesa falsa de que, si sometemos el prepucio al cuchillo, o si oramos en la dirección correcta, o ingerimos pedazos de oblea, seremos “salvados”. Es como si alguien, a quien se le ofrece una fragante y deliciosa fruta fuera de estación, madurada en un invernadero cuidadosamente diseñado, tirara la carne y la pulpa y royera malhumoradamente el carozo.”

Homer W. Smith[vii] en su fascinante libro dice: “Ortodoxos y no ortodoxos han llegado a ver que el libro que por tanto tiempo sirvió para negar la razón y obstruir el avance intelectual, que por casi dos mil años ha sido la fuente de derramamientos de sangre, hogueras, encarcelamientos, torturas, persecuciones, guerras de “conversión” y cruzadas dementes, que hubieran asombrado a un pueblo pagano, es una colección de mitos, anécdotas y genealogías, con  algún pequeño fragmento creíble de verdad histórica intercalada, compilado en una era altamente supersticiosa, y cargado con la superstición de su tiempo. Fue escrito no con el fin de ilustrar a los historiadores del futuro, sino que para ganar conversos a la nueva fe o confirmar las convicciones de aquellos ya captados.

La superstición se refiere a la creencia en una causa sobrenatural, una relación sin un proceso natural que vincule dos eventos. Es curioso leer como el DRAE define superstición:

  • Creencia extraña a la fe religiosa y contraria a la razón.
  • Fe desmedida o valoración excesiva respecto de algo.

Es decir que, se distingue entre superstición y fe religiosa. ¿Pero cuál es la distinción? ¿No es acaso la fe religiosa contraria a la razón? ¿No tienen las personas religiosas una fe desmedida o valoración excesiva respecto de la religión que profesan?  La fe, es decir el creer por creer, no es una virtud como expresan algunos, sino que, todo lo contrario: una excusa utilizada porque no existe fundamento válido que sostengan estas creencias. La fe es la abdicación de la razón y esto abre el camino al fantasma, al fanatismo y al fascismo y en última instancia al genocidio. A pesar del dicho, la fe no mueve montañas.

Una vez que una mente se habitúa a creer un cuento, por más inverosímil que sea, sin un atisbo de crítica, se abre a aceptar cualquier otro cuento, y el propietario de esa mente no tendrá problema en actuar, dada la oportunidad, de acuerdo al cuento. Y si el cuento incluye la idea de eliminar a los infieles, así lo hará sin más cuestionamiento, y será capaz de pilotear con alegría un avión lleno de gente y estrellarlo en un edificio lleno de más gente, convencido que hace la voluntad de Dios, sin pensar que un Dios que tenga esa voluntad no es uno digno de aspirar al cargo. También da que pensar un Dios que supuestamente nos creó con la facultad del raciocinio y luego nos castiga por no tener fe, por no creer ciegamente en cosas que ofenden la razón.

La brujería, los conjuros, las plegarias y ritos son actos supersticiosos para lograr un efecto invocando fuerzas ocultas. Colgamos una herradura a la entrada del hogar, o nuestras llaves de una pata de conejo, para la buena suerte. (Pero sepa que la pata de conejo solo es efectiva si el conejo fue matado por un hombre bizco en una noche de luna llena). En nuestra cultura si un gato negro se nos cruza en el camino es señal de mala suerte, pero en Japón es señal de buena suerte.

Si analizamos los factores comunes a todas las distintas culturas del presente y del pasado, descubrimos uno que es ubicuo, uno que parece entonces ser parte de la naturaleza humana, uno que es panhumano: la creencia en lo sobrenatural. Para sobrevivir a pesar de lo que podemos entender acerca de nuestro ser, para no quedarnos paralizados, para no optar por el suicidio inmediato al conocer que vamos a morir irremediablemente, la evolución del cerebro fue mano a mano con la evolución de la creencia en lo sobrenatural como bálsamo metafísico.

Este heredado “imperativo paranormal” en palabras de John Schumaker[viii], tiene su lado positivo ya que nos brinda una forma de ganarle a la muerte. La conciencia de nuestra finitud sin una salida nos llevaría a tener que concluir que no hay propósito alguno en nuestra existencia, nada distinto a la vida de una lechuga, y esto (aunque sea cierto) es inaceptable para la mayoría.

Friedrich Nietzche[ix] comenta: “A todos los fundadores de religiones y a sus semejantes les ha faltado honestidad: no han hecho de sus experiencias un asunto de conciencia y conocimiento. ¿Qué fue mi experiencia realmente? ¿Qué ocurrió dentro de mí y en mi entorno en ese momento? ¿Mi razón estaba alerta? ¿Estaba mi voluntad preparada para los engaños de los sentidos y era fiel para defenderse de lo fantástico? Ninguno de ellos se ha hecho estas preguntas. Aun hoy, ninguno de nuestros queridos religiosos las formula, más bien tienen una sed de cosas contrarias a la razón y no quieren complicarse la vida para saciarla – de manera que sienten “milagros” y “renacimientos” y oyen las voces de los ángeles. Pero nosotros, los otros, los que tenemos sed de razón, queremos enfrentar las experiencias con la seriedad de un experimento científico, hora por hora, día por día. Queremos ser nuestros propios experimentos y conejillo de indias”.

El DRAE define “trascendente” como: Que está más allá de los límites de cualquier conocimiento posible. Algunos (que no piensan) piensan que lo trascendente es algo que se encuentra más allá de los límites de espacio y tiempo, fuera de lo que consideramos el universo y más allá de lo natural, es decir sobrenatural. Si, además, como dice el diccionario, “no es posible conocerlo”, entonces deberíamos descartar el concepto ya que no tiene sentido hablar acerca de algo que no es posible conocer.

El DRAE define “sobrenatural” como: “Que excede los términos de la naturaleza.

Ciertamente, en todo momento de la historia hubo fenómenos que parecían no estar incluidos en una regla de la naturaleza. Antes de Newton no se entendía cómo los planetas se mantenían en órbita alrededor del Sol (algunos opinaban que los ángeles los empujaban) y antes de la mecánica cuántica no se entendía cómo se mantenía estable un átomo. ¿Eran entonces fenómenos sobrenaturales? En el presente, un “misterio” de la biología es el surgimiento de la vida sobre la Tierra. Simplemente no sabemos (todavía) cómo ocurrió, y es entonces fácil invocar una causa “sobrenatural”. Pero esto no explica nada. Cuando descubramos cómo fue, será natural. Es posible que necesitemos nuevos conceptos y una revisión de nuestro entendimiento de cómo funciona la naturaleza, como ha ocurrido en el pasado, pero no será sobrenatural.

Una idea muy popular es la de fantasmas y casas encantadas[x]. Un fantasma (que según el DRAE es la “imagen de una persona muerta que, según algunos, se aparece a los vivos”) ¿es sobrenatural? (Lo que sigue también aplica mutatis mutandis[xi] a la idea de alma, espíritu, ángel o ectoplasma).

Se trata de una analogía: una persona sin cuerpo, pero con todos los atributos de una persona. Aunque la disanalogía (cuerpo, no cuerpo) es crucial, a los que creen en fantasmas no les afecta.

¿Si los fantasmas no son parte de la naturaleza, si son “inmateriales”, entonces cómo es posible, verlos, sentirlos o exponerlos en una imagen?  Para ser visto un fantasma tiene que emitir o reflejar luz, o actuar sobre nosotros o nuestros instrumentos de alguna forma. Es un sinsentido hablar de fantasmas que se ven por la luz que emiten pero que no son materiales por lo cual pueden atravesar paredes. Igual de sinsentido tiene la idea de ver en un espejo un vampiro que no se puede ver directamente.

La radiación electromagnética (que incluye luz) se produce cuando una carga eléctrica (normalmente un electrón) es acelerado, o si es parte de un átomo o molécula, cambia su estado de energía. No hay otra forma. Para ser fotografiado o visto en la oscuridad el fantasma debe emitir luz –necesariamente producida por cargas eléctricas aceleradas – y necesariamente natural. Ni pensar en cómo arrastran cadenas, y atraviesan paredes con cadena y todo (como dicen algunos).  ¿Y si la cadena también es inmaterial para atravesar paredes, entonces cómo es que hace ruido? (como dicen otros). Podría ser necesario modificar nuestro conocimiento del mundo a la luz de lo que nos dijeran (en un sentido figurado) los fantasmas, pero no son ni pueden ser sobrenaturales.

Podemos generalizar a lo siguiente: En el momento en que se dice que un ente sobrenatural actúa sobre algo natural se comete un error, (como ya lo señaló Holbach hace años –vea el epígrafe) ya que la interacción solo puede darse por medio de algo que sea común a ambos (que muy bien puede ser desconocido) pero es natural y sujeto al estudio científico. Lo sobrenatural no existe, al igual que no hay círculos cuadrados[xii].

Si no es parte de la naturaleza, entonces no puede interactuar con la naturaleza y no tienen sentido alguno las oraciones, las plegarias ni los milagros. Negar esto es simplemente una forma de evitar la razón cuando va en contra de las creencias que deseamos mantener a toda costa, una forma de quitarle el culo a la jeringa.

[i] Jean Meslier (1729). Superstition in all ages. D.N. Goodfield, Philadelphia (2009) pág.8. (En realidad escrito por Paul-Henri Thiry, Baron d’Holbach (1723–1789), pero por mucho tiempo atribuído a Meslier). 

[ii] Galileo Galilei (1615), (2006). Carta a Cristina de Lorena. Alianza Editorial

[iii] Parte de una carta que el pensador y activista musulmán, “el asiático ilustrado” Yamaleddin al-Afgani, refugiado por aquel entonces en Paris, envió al director del Journal des débats, publicada en dicho periódico el 18 de mayo de 1883.

[iv] George B. Vetter (1973). Magic and Religion, Their Psychological Nature, Philosophical Library, New York. pág.130.

[v] Jean Meslier (Aunque atribuido a Baron d’Holbach) (1729). Le bon sens du curé Meslier suivi de son testament. (2010) Nabu Press. pág.54.

[vi] Yuval Noah Harari (2015). Sapiens. Una breve historia de la humanidad. Debate.

[vii] Homer W. Smith (1952). Man and his Gods. Little Brown and Company. P396.

[viii] John F. Schumaker (1990). Wings of Illusion. The Nature and Future of Paranormal Belief. Prometheus Books.

[ix] Friedrich Nietzsche: The Gay Science: pág. 179 Cambridge Texts in the History of Philosophy.

[x] Joe Nickell (2012). The Science of Ghosts. Prometheus.

[xi] Del latín que significa “cambiando lo que se deba cambiar”.

[xii] Daniel R. Altschuler (2008). The nature of the supernatural. Skeptical Inquirer, May/June 2008.

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