Fanáticos y alienígenos

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fanatismo 
Del fr. fanatisme, y este de la raíz de fanatique ‘fanático’ e -isme.
1. m. Apasionamiento y tenacidad desmedida en la defensa de creencias u opiniones, especialmente religiosas o políticas.
–Diccionario de la Real Academia Española

Ese apasionamiento y tenacidad desmedida nos ha llevado y nos sigue llevando a muchas tragedias, basta ver lo que pasa estos días cuando “terrorismo” es una palabra de uso cotidiano.

Los últimos cien años han sido los más crueles, violentos y salvajes en términos de lo que somos capaces de hacer los unos a los otros, mientras que simultáneamente han resultado en el despertar de la conciencia a un nuevo y maravilloso mundo descubierto por la ciencia, que también nos alerta de ciertos problemas que enfrentamos. Muchos conocen la triste historia del pasado, pero pocos conocen lo que hemos aprendido del mundo, posiblemente porque no se les ha enseñado de forma adecuada.

De allí surge una fuerte disonancia entre lo que nos dice la ciencia sobre cómo es el mundo, y como quisiéramos que fuera. Ocurrió en el caso de Galileo y continúa con el caso de Darwin. La gran mayoría de los humanos ni se han enterado y algunos que saben mejor, dedican tiempo a tapar el cielo con la mano por razones varias. Esta ignorancia relega a la mayoría a un proletariado intelectual, inmersos en antiguas supersticiones y creencias sin fundamento (por las cuales están dispuestos a matar o morir), mientras que una pequeña oligarquía que conoce, disfruta y se aprovecha del conocimiento. A la explotación material del pasado se acopla la explotación intelectual de la futura distopía.1

El problema es que creemos aquello que nos viene bien, ya sea por cuestiones psicológicas o pragmáticas. La verdad, que en muchas ocasiones es incómoda y muy distinta de lo que creemos, poco interesa, la ignoramos o rechazamos con alguna evasiva conveniente. Ya lo sabía el cardenal Carlo Carafa (1517 – 1561) a quien se le atribuye haber dicho: populus vult decipi, ergo decipiatur. Es común atribuirlo a Petronio, pero no hay evidencia de tal cosa. Como sea, alguien lo dijo. Además, la persona más fácil de engañar es uno mismo. Y no es que se trate de un defecto, venimos así “de fábrica” por decirlo de alguna manera. Agreguemos a estos factores la proliferación explosiva de un mundo ficticio propagado por el Internet y otros medios de comunicación, y lo que queda es un desastre por venir.

En estos días santificaron a la madre Teresa. Pocos conocen (ni les gustaría conocer) la otra cara de esta señora que de santa tuvo poco. Basta leer el corto libro de Christopher Hitchens para entender.2 Léalo, dese la oportunidad. Escribe: “Aún me parece asombroso que nadie nunca antes haya decidido mirar a la santa de Calcuta como si, posiblemente, lo sobrenatural no tuviera nada que ver”. Esta señora desprestigia la santidad (si hay algo así), de igual modo que el Premio Nobel de la Paz concedido a Henry (Heinz Albert) Kissinger lo desprestigia (al premio). Lea otro de Hitchens3 quien nos dice en su prefacio a la segunda edición: “Un número de críticos rechazaron creer que la evidencia presentada contra Henry Kissinger fuera cierta”.

Comencemos por los grandes y graves problemas que muchos no quieren aceptar, y otros apenas conocen:

Es un hecho indiscutible que el planeta sufre de un aumento en la concentración de gases de invernadero en su atmósfera por nuestras actividades que no pueden más que causar un aumento de temperaturas superficiales y que a su vez causará (ya está causando) grandes problemas de alimentación y salud. Sería difícil entender si al aumentar la concentración atmosférica en un treinta por cien, no aumentara la temperatura. Ya la pregunta no es si causamos el calentamiento con nuestras actividades, la pregunta difícil y urgente es qué hacer al respecto. El mensaje se ha repetido miles de veces, los científicos alertan, el público no entiende o se entretiene con puerilidades, y los políticos solo piensan en el corto plazo de las próximas elecciones, y no se atreven a hacer lo necesario, por miedo a que las altas esferas del complejo industrial-militar-financiero se molesten.

Aquellos que aún lo niegan (postura popular entre los republicanos de EE.UU.), lo hacen no sé por qué, pero puede haber varias razones, desde la sublime ignorancia hasta la corrupción. Lo preocupante es que muchos de ellos son personas con poder político que tomaran decisiones nefastas para la humanidad. Entre ellos se encuentra el senador republicano del estado de Oklahoma James Inhofe, quien es autor de un libro publicado en 2012: The Greatest Hoax: How the Global Warming Conspiracy Threatens Your Future. Para colmo este señor preside el comité senatorial on Environment and Public Works.

Luego tenemos el hecho que hay almacenadas miles de armas nucleares en varios países y que es solo cuestión de tiempo que alguna de ellas se escape y caiga en manos de uno que la utilice en nombre de su particular fanatismo. El urgente problema de desarme nuclear ha pasado al olvido, nos hemos acostumbrado a que así son las cosas, y protestamos más por plantas nucleares de generación de electricidad que por las armas que representan una amenaza mucho mayor. Lo mismo pasa con la epidemia del VIH, ya casi nadie habla de ello, como si hubiera pasado sin entender que cada año hay millones de nuevos infectados, pero ya no es noticia y muchos, especialmente los jóvenes que piensan que ya no es un problema pagarán caro esa desatención.

Otra cosa que no es noticia entre la pueril cacofonía de noticias diarias es el hecho de que, si seguimos con la pésima costumbre de tomar antibióticos por un tubo y siete llaves, y administrarlo a los animales para prevenir enfermedades por las pésimas condiciones de crianza en las que los mantenemos, causaremos (ya está ocurriendo y la WHO hace años que alerta) que dejen de ser efectivos, consecuencia de la evolución de bacterias resistentes. Y ya que mencioné “evolución”, hay fanáticos que niegan este hecho científico muy bien fundamentado.

Hay además un factor psicológico que contribuye a la indolencia. Algunos de los más apremiantes problemas que enfrentamos son consecuencia de procesos lentos imperceptibles (como el calentamiento global o la creciente resistencia de las bacterias a los antibióticos), o de potenciales eventos catastróficos de baja probabilidad, pero alto impacto (como una guerra nuclear) y es difícil para el público comprender esta realidad. A los políticos y gerentes de las grandes corporaciones (gerentes del mundo, incluyendo las corporaciones religiosas) que generalmente solo piensan en el corto plazo, esto no les importa. Dirán: ¿Qué me importa lo que ocurra dentro de cien años si yo no lo viviré?

La complacencia nos hundirá como lo hizo el Titanic en 1912 al compás de su orquesta. En una entrevista de 1907, su capitán, E. J. Smith (1850-1912) declaraba4: “En toda mi experiencia, (de cuarenta años), nunca he tenido un accidente de tipo alguno que merezca la pena mencionar […] Digo que no puedo imaginar condición alguna que pudiera ocasionar a un navío luchar por mantenerse a flote. No puedo concebir un desastre vital que le ocurriera a esta nave. La construcción moderna de barcos ha trascendido esta posibilidad”. Hay muchos Smith en este mundo.

Si pregunto a cualquiera si la verdad importa, responderá que si, que la mentira es condenable como ya lo hace la biblia en su decálogo: “No dirás falso testimonio contra tu prójimo”. Para el ciudadano es difícil evaluar cuando un testimonio (como el de Inhofe) es falso, cómo proceder para acercarse a la verdad del mundo, por cierto, nada fácil. Pero hay maneras, y el proceder científico es una de ellas, que ha dado muy buenos frutos. Es la verdad científica que nos ha llevado a los antibióticos, armas nucleares, y a conocer la razón del calentamiento global.

Me lleva esto a aclarar un asunto que confunde a muchos, especialmente a algunos que condenan la ciencia. El conocimiento científico nos provee, por medio de la tecnología, un creciente poder, que nos ha permitido llegar a la Luna (hecho negado por otros fanáticos), comunicarnos instantáneamente con todo el mundo, generar energía nuclear, combatir enfermedades y modificar plantas para fines que se pueden debatir. Pero el debate no puede ser sobre si la ciencia es buena o mala, sino más bien al servicio de quien debe estar, aceptando que el conocimiento es patrimonio de la humanidad. El conocimiento obtenido por la ciencia es de un valor ético neutral pero no así la tecnología, ya que su utilización puede hacerse con fines moralmente aceptables o reprobables.

Aunque no sea de la envergadura de los grandes problemas que he mencionado, considere la cuestión de la vida en otros planetas (el otro día descubrimos uno bien cercano, a “solo” cuatro años luz de distancia en órbita alrededor de la estrella más cercana que conocemos: Próxima del Centauro.)

Por cierto, si hay otros en este vasto universo, es una pregunta milenaria cuya respuesta tiene relevancia para entender la esencia de lo que somos. Con paciencia y el esfuerzo de científicos que estudian esta cuestión nos acercaremos a la respuesta. Pero entendamos que no es fácil y por más que a algunos no les guste, sepa que hasta el presente no tenemos evidencia alguna de que en otro planeta exista vida, y menos vida inteligente, por más señales “wow” que de vez en cuando se publican en la prensa.

Eso no impide que algunos aseveren que nos visitan por la noche, que han tenido encuentros cercanos de todo tipo, dando testimonio de conversaciones “telepáticas” (pregunto: cómo se distingue de otros eventos mentales cómo los sueños y las alucinaciones, y también si los alienígenos hablan justamente el idioma de quien recibe el mensaje). Llama la atención que de estos mensajes de seres obviamente mucho más avanzados que nosotros nunca surge algo que no conozcamos.

Otros aseguran que los han visto en persona y se molestan cuando en ocasiones he tratado de explicar las razones por las cuales esto es cuestionable. Comienza con “visto en persona” ya que un ser de otro mundo no tendrá una apariencia humanoide como siempre los describen, por la sencilla razón que humanoide es un accidente evolutivo terrestre. Cabe aquí citar a Oliver Cromwell5: Les suplico por las entrañas de Cristo, pensar en la posibilidad de que estén equivocados.

También es buena idea seguir los preceptos del gran David Hume:6Ningún testimonio es suficiente para establecer un milagro, a menos que el testimonio sea tal que de ser falso, fuera más milagroso aún, que el hecho que trata de establecer”. Hume continúa: “Cuando alguien me dice que vio resucitar a un muerto, inmediatamente me pregunto qué es más probable: que esta persona engañe o sea engañada, o que el hecho que narra haya podido ocurrir realmente. Evalúo un milagro contra el otro y de acuerdo con la superioridad que encuentre, tomo mi decisión y siempre rechazo el milagro mayor”. Podemos sustituir muerto por ser extraterrestre.

Podrá decirse que en el caso de los alienígenos no se le hace mal a nadie, y que si por las razones que sea se lo creen, están en su derecho. Pero sí le hacen mal, le hacen mal a sí mismos ya que creer algo que es falso no es bueno, y el que lo hace sin respetar la evidencia, no tendrá reparos en creer otras cosas para las cuales no hay evidencia, incluyendo cosas que le pueden hacer daño a muchos (como por ejemplo que las vacunas causan autismo). Me viene a la mente otra cita memorable de hace 140 años, esta vez del filósofo y matemático William Clifford7: Si una persona, al sostener una creencia que le fue enseñada en la niñez o de la que fue persuadida más tarde, rebaja y echa a un lado todas las dudas sobre ella que brotan en su mente, evita a propósito la lectura de libros y la compañía de hombres que la cuestionen o la discutan, y ve como impías aquellas preguntas que no puedan contestarse fácilmente sin perturbarla, entonces la vida de esa persona es un único y largo pecado contra la humanidad.

Y ese es un pecado que no es perdonable en el confesionario.

  1. Opuesto de una utopía
  2. Christopher Hitchens. The Missionary Position. (1995) Verso. La posizione della missionaria.(2014) Filigrana, Minimum Fax. Curiosamente no parece haber una traducción al español
  3. Christopher Hitchens. The Trial of Henry Kissinger, (2002). Verso
  4. New York Times. Tuesday, 16 April 1912. Disaster at last befalls Capt. Smith.
  5. En una carta de 1650 a la asamblea general de la Iglesia de Escocia.
  6. David Hume (1748). An Enquiry Concerning Human Understanding. Prometheus Book, Amherst NY. pág. 105. Investigación Sobre El Conocimiento Humano. Alianza Editorial, S.A. 2004.
  7. Clifford. The Ethics of Belief (1877). The Ethics of Belief and Other Essays. Prometheus Books (1999). La voluntad de creer: Un debate sobre la ética de la creencia. Tecnos, (2003).

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