El premio

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La ceremonia de premiación del “empleado del año” de la empresa era esperada con gran expectativa por los empleados. Por un lado, el premio era muy bueno y el jefe siempre traía alguna buena noticia, y por otro los ganadores pasados eran empleados muy apreciados por todos.

Era noviembre y ya los jardines de la pequeña empresa estaban cubiertos por un frío y delgado manto blanco. Las memorias del verano, con su competencia entre varios equipos de empleados para determinar cuál había logrado un área de jardín más vistosa, se habían desvanecido. Los colores del jardín veraniego sólo quedaban en las fotos que decoraban la pared a la entrada de la empresa. Aunque el clima de verano no era tropical, los grupos de empleados se las ingeniaban para hacer crecer toda suerte de flores tropicales de colores vivos y aromas exóticos. En años recientes los pobladores de este pequeño pueblo del norte visitaban los jardines que se habían abierto al público, ya que habían adquirido cierta celebridad en la zona.

El jefe apoyaba estas iniciativas ya que presentaban a la empresa como “ciudadano ejemplar” del pueblo y en más de una ocasión esto contribuyó a que se considerara favorablemente la empresa frente a algún problema causado por los tranques burocráticos que siempre surgen.

Para la premiación del mejor jardín, el jefe se presentaba con un delantal blanco y gorro alto de cocinero, y manejando sus largos instrumentos con gran habilidad se pasaba un par de horas frente a la barbacoa preparando deliciosas hamburguesas y “hot dogs” para todos. Una verdadera familia corporativa.

El salón de actividades se había decorado con ramilletes de flores al centro de cada mesa y antes de comenzar las actividades los empelados compartían con quesos, vinos y frutas. Los niños correteaban entre las mesas y aprovechaban las distracciones de los adultos para meter sus dedos en la fuente de chocolate líquido, que se encontraba en una esquina para acompañar a los helados que se servían,

A la hora pautada el jefe subió al podio adornado con guirnaldas verdes y le solicitó a uno de los empleados que diera una corta invocación. Jones, gordo y de poco pelo, leyó un texto que había preparado para la ocasión, orando por la paz y el progreso de la empresa. Amén.

Antes de anunciar al ganador, el jefe recordó a los presentes que cada uno era importante y agradeció la dedicación de todos. La selección había sido difícil, dijo, ya que había varios candidatos de gran mérito. El año había sido bueno para la empresa, y al igual que en años anteriores las ventas habían aumentado. La demanda por productos de calidad se sostenía y el éxito era de todos. Por esta razón el bono navideño de este año sería duplicado. La noticia causó fuertes aplausos y vítores por parte de los presentes. El bono permitiría lindos regalos para los niños.

Este año el premio se le entregaba al ingeniero Robert (Bob) Williams, por haber diseñado por iniciativa propia un mejor mecanismo que permitía bajar los costos de producción y automatizar parte del proceso de fabricación. Al mismo tiempo, gracias al invento el producto era más liviano y más confiable y de menor costo, lo cual ponía a la empresa en una posición muy ventajosa frente a la competencia. El modelo ZX21 ya era todo un éxito y las órdenes se multiplicaban.

Todo gracias al talento ejemplar de Williams quien al lado de su esposa y sus dos hijos (de cinco y siete años) vestidos especialmente para la ocasión, se sentía muy orgulloso al recibir de manos del jefe un pergamino, un jugoso cheque y dos pasajes para una inolvidable vacación en una isla caribeña.

En sus palabras de agradecimiento, Williams no dejó de mencionar a todos los de su equipo de trabajo, uno a uno por nombre, diciendo que sin su apoyo y el esmero con el cual habían preparado varios prototipos no se podría haber realizado el mejor producto. Prometió una gran fiesta en su casa para su equipo. Ellos, complacidos, volvieron a aplaudir. El ambiente era toda camaradería.

Williams cumplía doce años en la empresa, a la cual había ingresado como joven ingeniero luego de obtener su grado de una prestigiosa universidad. De las varias ofertas de trabajo que había recibido, esta no había sido la de mejor salario, pero el dinero no lo era todo, y al visitar varias opciones había decidido que lo que le gustaba era el ambiente de compañerismo que había detectado en esta empresa, y el buen carácter del jefe, que en el transcurso del tiempo se había convertido en un buen amigo.

Para la semana del viaje, una semana antes de navidad, los hijos de Williams (Mary y John) se quedarían con la tía Ángela, hermana menor de su esposa. El viernes antes del viaje los compañeros de su grupo prepararon café y trajeron un pastel de manzana para despedir a Williams.

Los grandes hoteles “todo incluido” lo incluyen todo, menos el verdadero sabor de la isla. Luego de un par de días, Williams y su esposa decidieron explorar el vecindario con un auto de alquiler, visitar playas cercanas y comer en un local típico la comida del lugar y no la comida del hotel, que era criolla adulterada. El pequeño restaurante junto al mar en el cual cenaron tenía un balcón decorado con bombillas de color. De una esquina se escuchaba una banda, aunque en realidad era una persona con una guitarra, es decir una persona rodeada de algunas cajas electrónicas de las que salía el resto de la música con ritmo caribeño. El hombre, que evidentemente había visto tiempos mejores, cantaba algunos calipsos nostálgicos de Harry Belafonte. La música salía de unos parlantes que también habían visto tiempos mejores. Afuera la luz anémica de la Luna, interrumpida por nubes negras, jugaba con las olas del mar. Williams y su esposa Sarah disfrutaban una segunda luna de miel gracias al premio.

Pasada la media noche quedaba poca gente en el local, aunque la música seguía. Bob y Sarah salieron del local tomados de la mano, riéndose de un viejo chiste que las piñas coladas consumidas habían transformado en muy gracioso. Al acercarse al auto una sombra saltó a interceptarlos Se quedaron inmóviles. Se quedaron mudos. El flaco greñudo les apuntaba con lo que aparentaba ser una pistola, que llevaba escondida dentro de una andrajosa chaqueta. La música se oía lejana.  Williams, aprensivo, se paró al frente de Sarah sin quitarle los ojos a la pistola. El flaco nervioso le decía algo que no entendía. Supuso que quería dinero. Metió su mano en su chaqueta. Lo hizo lenta y deliberadamente. No quería asustar al flaco nervioso. El flaco adelantó la pistola, nervioso. Williams vio el frío metal a la luz de la Luna. Sus ojos se agrandaron al reconocer lo que el flaco empuñaba: era la ZX21. Fue lo último que vio. El flaco nervioso disparó a quemarropa. La explosión se enredó con la percusión de la música. El fogonazo se confundió con las bombillas de color. La bala atravesó su corazón. La misma bala hirió a Sarah. Se desplomaron en silencio. El flaco desapareció en la noche nublada.

 

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