Las Nieves del Kilimanjaro

Posted on 1 CommentPosted in Ciencia, Ensayo

 “Compie volvió la cabeza sonriendo y señaló algo. Harry miró, y todo lo que pudo ver fue la cima cuadrada del Kilimanjaro, ancha como el mundo entero; gigantesca, alta, e increíblemente blanca bajo el Sol. Entonces supo que era allí adonde iba.”

Las Nieves del Kilimanjaro Ernest Hemingway (1936)

klimanjaro5Si no fuera porque nuestro planeta tiene una atmósfera las cosas serían muy diferentes. No solo tendríamos un problemita con la respiración y la transportación aérea entre otras cosas, pero en términos geofísicos la superficie del planeta sería mucho más fría, tan fría que los océanos se congelarían hasta el fondo y nuestro planeta sería una bola de hielo. Nuestro Sol es la única fuente de energía externa y es esta la que calienta la Tierra ayudada por el efecto de invernadero.

El dióxido de carbono, que constituye una diminuta parte de la atmósfera, el metano, el vapor de agua y otros gases menos comunes aún, se llaman gases de invernadero porque en la atmósfera tienen el mismo efecto que el cristal de un invernadero, aunque el detalle de su funcionamiento es diferente. Estos gases son transparentes a la luz solar pero no a la radiación infrarroja. En consecuencia, la luz solar puede alcanzar la superficie de la Tierra, donde el suelo absorbe su energía y se calienta. En equilibrio, la Tierra emite la energía recibida del Sol otra vez hacia el espacio, ya que de lo contrario se seguiría calentando. Pero la Tierra es mucho más fría que el Sol y por lo tanto, mientras el Sol emite su energía mayormente como luz y ondas ultravioletas la Tierra la emite en el infrarrojo. Pero la atmósfera no es transparente a la radiación infrarroja ya que los gases de invernadero que contiene absorben gran parte de esta radiación y se calientan. Se enfrían emitiendo a su vez radiación infrarroja, mitad de la cual regresa a la superficie terrestre.

Es decir que la superficie de la Tierra se calienta por radiación solar directa y por radiación emitida por los gases de invernadero atmosféricos. Esto causa que la temperatura promedio de la superficie de la Tierra sea de 15° Celsius (59 Fahrenheit) mientras que sin la atmósfera sería de negativo 18°C (0 Fahrenheit) Cuanto más alta la concentración de gases de invernadero, mayor será la temperatura promedio de la superficie. Esto no es objeto de discusión, es física elemental. El efecto de invernadero no es un mito como dicen algunos, sino que la vida en la Tierra depende de los buenos servicios de trazas de estos gases.

Hace unos doscientos años, comenzó el Antropoceno una nueva era geológica que se caracteriza por el dominio creciente de Homo sapiens sobre el sistema Tierra. Comenzando con la revolución industrial, la magnitud de una gran cantidad de procesos que inciden en el estado de la biosfera ha crecido vertiginosamente a tal punto que ahora la Tierra se encuentra en un estado sin precedentes. El primer proceso determinante de muchos otros es sencillamente nuestro crecimiento demográfico, que nos ha llevado de unos dos mil millones de humanos en el año 1930 a siete y medio mil millones en el año 2016. Esperamos unos nueve mil millones en el 2050. Nuestras cantidades y actividades nos han llevado a ser la fuerza de mayor impacto sobre el ecosistema terrestre, dominando y en muchos casos determinando su comportamiento por encima de procesos naturales. Necesitamos estudiar la compleja red de procesos físicos, químicos, biológicos y humanos que transportan materiales y energía a través del sistema para entender los potenciales peligros a los cuales estamos expuestos. El cambio climático es un aspecto de esta dinámica global, y no se trata de ningún timo como implican algunos políticos ignorantes, lacayos del complejo militar industrial financiero, que por desgracia para el mundo tienen el poder.

La concentración atmosférica del dióxido de carbono (hace doscientos años era de 280 partes por millón por volumen) ha aumentado en un treinta y cinco por ciento (a 400 ppmv), el metano se ha duplicado y el óxido nitroso ha crecido en un 15 por ciento. Aunque el dióxido de carbono es una diminuta fracción del contenido atmosférico, la cantidad total de carbono en la atmósfera es enorme: 800 gigatoneladas (una gigatonelada es mil millones de toneladas) es decir setecientos cincuenta mil millones de toneladas. Se mantiene allí como resultado del complejo ciclo del carbono que lo hace circular entre las rocas, los océanos, la atmósfera y los organismos. Se estima que las actividades humanas incorporan nueve gigatoneladas por año a la atmósfera la mitad de las cuales se queda en ella. Otra parte se disuelve en los océanos y los acidifica, amenazando la flora y fauna marina.

Aquellos que estudian el clima del pasado taladrando el hielo polar han descubierto una historia compleja y fascinante. Es posible medir la concentración de gases de invernadero en la atmósfera del pasado analizando pequeñas burbujas de aire que han quedado atrapadas en el hielo polar por la acumulación de nieve. Varios estudios basados en muestras de diferentes localidades y realizados por distintos grupos de investigación, arrojan los mismos resultados, lo cual les confiere una gran fiabilidad.

En la estación antártica rusa Vostok, por ejemplo, el hielo que se encuentra a una profundidad de 3,300 metros tiene unos 400,000 años de edad, preservando de esta forma información de gran importancia acerca de la historia climática del planeta. Durante los últimos 400,000 años hubo cuatro largos períodos glaciales interrumpidos aproximadamente cada cien mil años por cortos períodos interglaciares cuyas temperaturas eran, en promedio, unos cinco grados Celsius más elevadas. Estos cambios globales responden a características generales de la órbita terrestre. Durante la última glaciación, el continente norteamericano quedó cubierto por una capa de hielo de un kilómetro de espesor que llegaba hasta la región de los grandes lagos. De igual forma gran parte de Europa se cubrió de hielo.

Los datos de Vostok, y de estaciones similares en Groenlandia, documentan una correlación clara entre la concentración de dióxido de carbono y metano por un lado, y la temperatura por el otro. El nivel actual de dióxido de carbono es más alto que en cualquier otro momento de los últimos 400,000 años.

El Holoceno, la era interglaciar en la cual nos encontramos, comenzó hace unos 11,800 años. Es una era relativamente estable y es sin duda parte de la razón por la cual surgió la agricultura y se establecieron diversas civilizaciones. Al comienzo del Holoceno el planeta se calentó en unos cinco grados Celsius y los cambios fueron de una magnitud descomunal. Se estima que se derretían 14,000 kilómetros cúbicos de hielo por año, (imagínese un cubo de agua de veinticinco kilómetros por lado) y el nivel del mar subió 140 metros en la transición.

Hace ocho mil doscientos años, en la parte norte del planeta el clima enfrió repentinamente por cinco grados Celsius en pocos años, estado que perduró por cien años, antes de regresar a la normalidad. También, al final de la última glaciación, al comienzo del Holoceno, ocurrió lo que se conoce como el “Dryas Reciente”, un período de unos mil años en el cual la temperatura promedio bajó repentinamente. Las Dryas son plantas que prosperan en el frío y se ha determinado que en esa época la distribución de su polen era muy extendida en las regiones de América del Norte y Europa, regiones que hoy son demasiado cálidas para que prosperen las Dryas. Ambos eventos abruptos ocurrieron en tiempos en los cuales la temperatura global estaba subiendo, tal como lo está haciendo en el presente. Se piensa que estos cambios abruptos están relacionados con inestabilidades en las gigantescas corrientes termohalinas oceánicas que distribuyen el calor que mayormente incide en zonas tropicales, hacia latitudes más altas. Europa sería un lugar inhóspito, más parecido a Siberia, si no fuera por la corriente del golfo. Preocupa a algunos la posibilidad de inducir un cambio abrupto calamitoso en esta época de creciente temperatura.

En el transcurso de los años se han acumulado millones de medidas de temperatura, realizadas por estaciones meteorológicas en la tierra y barcos en los mares. Mas recientemente, detectores montados en satélites y boyas marinas han aumentado la cantidad y calidad de los datos. Diferentes grupos de investigadores coinciden. Al promediar estos datos tomando en consideración su distribución geográfica y los cambios durante el año, se obtiene una medida de la temperatura global para el año y se ha constatado un aumento de casi un grado en los últimos cien años, crecimiento interrumpido por altos y bajos naturales, con un aumento más pronunciado comenzando a finales de 1970.  Quizá no parezca mucho, ya que a veces los cambios de temperatura de un día para otro son mucho mayores, pero la diferencia estriba en que estos últimos son cambios locales y no globales. La temperatura es hoy más alta que en cualquier momento de los últimos mil años.

La grafica muestra las medidas obtenidas por cuatro estudios independientes.
La grafica muestra las medidas obtenidas por cuatro estudios independientes.

Sí, el mundo se calienta y todo indica que el aumento del dióxido de carbono atmosférico y de otros gases de invernadero, producto de nuestras actividades es la causa. Otras observaciones corroboran este fenómeno, en particular el encogimiento sistemático de los glaciares del mundo, la disminución del área del hielo polar, y el lento aumento en el nivel del mar.

El Kilimanjaro, inmortalizado en la historia de Hemingway, es el pico más alto de África en el noreste de Tanzania a tan solo tres grados al sur del ecuador. Su altura de 19,335 pies (5895 metros) permite que en su cima se encuentren grandes glaciares que brillan bajo el intenso Sol tropical, dando origen a su nombre en el idioma Swahili: Kilima Njaro – Monte Brillante. La extensión de los glaciares en su cima se ha medido comenzando en el año 1912 comprobándose que desde entonces han perdido ochenta por ciento de su extensión, un tercio desde 1989. Como si fuera un gigantesco termómetro, el Kilimanjaro, nos confirma: la Tierra se calienta, por más que otros efectos locales también contribuyan a la desaparición del hielo.

El aumento de temperatura calculado en caso de que se duplicara la concentración de dióxido de carbono atmosférico se sitúa entre dos y cinco grados Celsius. La incertidumbre surge porque los modelos de un sistema tan complejo como el clima global dependen de un gran número de procesos, algunas no muy bien conocidos. Hay que conocer con gran detalle los complicados ciclos que acoplan procesos en los océanos, las masas continentales, la atmósfera y la biosfera.

Los datos indican que en el período interglacial previo al Holoceno, llamado Eemiense, ocurrido hace unos 140000 años, la temperatura fue de unos dos grados Celsius más elevada que en el presente y el nivel del mar fue unos cinco metros mas alto. No queremos llegar a condiciones similares. El nivel de los mares aumenta en parte por el hielo derretido, y en parte por la expansión termal de los océanos. Es posible que para el año 2100 el nivel de los océanos haya subido un metro. El número exacto dependerá del aumento de temperatura, pero afectará de un modo u otro a las áreas costeras, donde vive aproximadamente un tercio de la población mundial. En países como Bangladesh, ubicado en el delta de los ríos Ganges, Brahmaputra y Meghna, millones se verán seriamente afectados por el aumento de precipitación y el nivel del mar que periódicamente inunda la tierra.

Los patrones de precipitación también se verán alterados y esto causará problemas a la ya precaria producción agrícola con consecuencias difíciles de predecir, pero que de seguro agravarán los problemas que enfrentamos. Los casos de malaria, fiebre amarilla, dengue y cólera aumentarán como resultado de un clima más caluroso, lo cual complicará aun más nuestra frágil situación. Y de eso no nos salvará un dios y menos las armas nucleares.

La atmósfera no es solamente un recurso vital, es también un recurso único. Contrario a otros recursos o bienes tales como los minerales, el petróleo, bosques, etc, que pueden ser considerados propiedad de una nación, la atmósfera es un bien común que le pertenece a todas las formas de vida del planeta y todas las formas de vida necesitan de ella por igual. Su dinámica causa que sea igual para todos. Desde un punto de vista ético, cabe preguntarse qué derecho tiene una nación de dañar unilateralmente este recurso con repercusiones graves para todos y qué responsabilidad tiene esa nación de reparar el daño.

Los países industrializados y en particular EE.UU., emiten aproximadamente diez veces más dióxido de carbono que los países no desarrollados. La producción promedio de dióxido de carbono por persona en EE.UU. es mayor que 16 toneladas métricas por año, mientras que, por ejemplo, un ciudadano de la India emite en promedio un factor de diez menos. China emite 8 por habitante (y son muchos), habiendo aumentado sustancialmente en los últimos 15 años Serán justo los habitantes de los países que menos emiten, los más pobres, los que menos se podrán defender de las consecuencias causadas por esta contaminación. No hay razón, en principio, para aceptar este uso desigual de la atmósfera, aunque hay razones históricas que explican esta desigualdad. Pero el principio de que todos tienen derecho a una misma parte del recurso es un buen punto de partida para eventualmente llegar a una solución equitativa de este grave problema.

 

El mapa ilustra la situación en emisión por país en miles de toneladas métricas.
El mapa ilustra la situación en emisión por país en miles de toneladas métricas.

Mientras los científicos dan la voz de alarma, aquellos que más podrían hacer para buscar soluciones son parte del problema. Los EE.UU., con solo 4% de la población mundial, son responsables de un 15% de las emisiones a la atmósfera, pero actúan como si el problema no fuera de ellos. El gobierno de EE.UU parece no comprender que al final también les afectará, y prefiere actuar a corto plazo, aliado de la industria petrolera y del carbón, con la excusa de que los datos son inciertos y que se necesitan más estudios. Con los recientes cambios políticos la situación sin duda empeorará. Mientras tanto se propone que exploremos a Marte a un costo multibillonario para saber como fue su clima pasado y si hubo alguna vida allí. Si la hubo, no sobrevivió los cambios climáticos naturales ocurridos en Marte, y la pregunta que se debe hacer es cómo sobreviviremos aquí en la Tierra.

Existe otra razón por la cual es importante cambiar. En el presente la fracción mayor de energía se produce utilizando combustibles fósiles: petróleo, gas y carbón. ¡Cada día se queman ochenta millones de barriles, treinta mil millones al año!  Aunque es difícil estimar las reservas existentes, varios estudios indican que antes de que pasen cien años se acabarán las fuentes de petróleo y gas natural, y antes de esto, naturalmente, los costos irán en aumento a medida que se torne más difícil extraer las últimas gotas. Pero, además, utilizar hasta la última gota es suicidio. Cambiar nuestro uso de energía buscando alternativas, es por lo tanto no solamente una forma de prevenir cambios climáticos antropogenos, sino que es un imperativo para sobrevivir en un futuro no tan lejano. El cambio necesario es monumental, y por lo tanto comenzar ahora ya es tarde y la inercia es muy alta.

La reducción de las emisiones de gases de invernadero a cualquier costo debe convertirse en una de las máximas prioridades de cualquier gobierno, a pesar de las previsibles protestas y negativas por parte de aquellos que no quieren cambio, esencialmente porque están bien, y del escepticismo de unos pocos científicos, muchas veces financiados por estos mismos intereses industriales. Recordemos las expresiones de algunos que por mucho tiempo negaron que fumar causara daño a la salud, y de otros que opinaron que los clorofluorocarbonos no tenían nada que ver con el ozono atmosférico que casi nos lleva a una catástrofe. Siempre se recurre a sembrar la duda, que hay incertidumbre en algún resultado, y es cierto, la ciencia no puede estar totalmente segura, no lo sabe todo, pero algo sabe. Y aquellos que ignoran lo que la ciencia ha descubierto, o peor aún, opinan que la ciencia que no les conviene es errónea, son criminales intelectuales.

El Sol y Viento, son las dos fuentes de energía alterna más comunes, pero no son suficientes para resolver el problema por lo que descartar la energía nuclear por puro miedo no es razonable. Sobre cincuenta plantas nucleares suplen la mayoría de la energía eléctrica de Francia. Accidentes los hubo y los habrá, pero se pueden minimizar con controles estrictos y diseños modernos. Los accidentes de Chernóbil y de Fukushima causaron muertes y afectaron la salud de unos cuantos miles de personas. Pero no consideramos las muertes causadas por el aumento de temperatura global, difíciles de contabilizar, pero sin duda mucho mayores. Tampoco dejamos de volar en aviones porque algunos se accidenten.

La cruda realidad es que pocos en los países que más contribuyen al problema estarán dispuestos a cambiar sus estilos de vida drásticamente para resolver o al menos mitigar el problema. También esta claro que los más afectados no invadirán a los EE.UU. para obligarlos a que cesen con las prácticas que atentan contra la salud, bienestar y “seguridad nacional” de sus poblaciones. Solo queda entonces la persuasión, el argumentar claramente que esta futura calamidad afectará a toda tarde o temprano, “sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición” (declaración de derechos humanos de la ONU) y que hay un imperativo ético que se debe acatar.

La humanidad se ha embarcado en un gigantesco experimento planetario, inyectando enormes cantidades de compuestos en la atmósfera. El sistema global es muy complejo pero lo que se vislumbra son malas noticias para la mayoría de los habitantes del planeta a los cuales ya no les va muy bien que digamos. Puedo escuchar el coro futuro de nuestros nietos que con tono acusador nos preguntan ¿Es esto lo que nos dejaron? Yo no estaré en el 2050 para ver si realmente sucedió lo que hoy vaticinamos. Pero de esto estoy seguro: Las nieves de la montaña más alta del África habrán desaparecido y pocos recordarán haber visto al Kilima Njaro.

Fanáticos y alienígenos

Posted on Leave a commentPosted in Ensayo

 

fanatismo 
Del fr. fanatisme, y este de la raíz de fanatique ‘fanático’ e -isme.
1. m. Apasionamiento y tenacidad desmedida en la defensa de creencias u opiniones, especialmente religiosas o políticas.
–Diccionario de la Real Academia Española

Ese apasionamiento y tenacidad desmedida nos ha llevado y nos sigue llevando a muchas tragedias, basta ver lo que pasa estos días cuando “terrorismo” es una palabra de uso cotidiano.

Los últimos cien años han sido los más crueles, violentos y salvajes en términos de lo que somos capaces de hacer los unos a los otros, mientras que simultáneamente han resultado en el despertar de la conciencia a un nuevo y maravilloso mundo descubierto por la ciencia, que también nos alerta de ciertos problemas que enfrentamos. Muchos conocen la triste historia del pasado, pero pocos conocen lo que hemos aprendido del mundo, posiblemente porque no se les ha enseñado de forma adecuada.

De allí surge una fuerte disonancia entre lo que nos dice la ciencia sobre cómo es el mundo, y como quisiéramos que fuera. Ocurrió en el caso de Galileo y continúa con el caso de Darwin. La gran mayoría de los humanos ni se han enterado y algunos que saben mejor, dedican tiempo a tapar el cielo con la mano por razones varias. Esta ignorancia relega a la mayoría a un proletariado intelectual, inmersos en antiguas supersticiones y creencias sin fundamento (por las cuales están dispuestos a matar o morir), mientras que una pequeña oligarquía que conoce, disfruta y se aprovecha del conocimiento. A la explotación material del pasado se acopla la explotación intelectual de la futura distopía.1

El problema es que creemos aquello que nos viene bien, ya sea por cuestiones psicológicas o pragmáticas. La verdad, que en muchas ocasiones es incómoda y muy distinta de lo que creemos, poco interesa, la ignoramos o rechazamos con alguna evasiva conveniente. Ya lo sabía el cardenal Carlo Carafa (1517 – 1561) a quien se le atribuye haber dicho: populus vult decipi, ergo decipiatur. Es común atribuirlo a Petronio, pero no hay evidencia de tal cosa. Como sea, alguien lo dijo. Además, la persona más fácil de engañar es uno mismo. Y no es que se trate de un defecto, venimos así “de fábrica” por decirlo de alguna manera. Agreguemos a estos factores la proliferación explosiva de un mundo ficticio propagado por el Internet y otros medios de comunicación, y lo que queda es un desastre por venir.

En estos días santificaron a la madre Teresa. Pocos conocen (ni les gustaría conocer) la otra cara de esta señora que de santa tuvo poco. Basta leer el corto libro de Christopher Hitchens para entender.2 Léalo, dese la oportunidad. Escribe: “Aún me parece asombroso que nadie nunca antes haya decidido mirar a la santa de Calcuta como si, posiblemente, lo sobrenatural no tuviera nada que ver”. Esta señora desprestigia la santidad (si hay algo así), de igual modo que el Premio Nobel de la Paz concedido a Henry (Heinz Albert) Kissinger lo desprestigia (al premio). Lea otro de Hitchens3 quien nos dice en su prefacio a la segunda edición: “Un número de críticos rechazaron creer que la evidencia presentada contra Henry Kissinger fuera cierta”.

Comencemos por los grandes y graves problemas que muchos no quieren aceptar, y otros apenas conocen:

Es un hecho indiscutible que el planeta sufre de un aumento en la concentración de gases de invernadero en su atmósfera por nuestras actividades que no pueden más que causar un aumento de temperaturas superficiales y que a su vez causará (ya está causando) grandes problemas de alimentación y salud. Sería difícil entender si al aumentar la concentración atmosférica en un treinta por cien, no aumentara la temperatura. Ya la pregunta no es si causamos el calentamiento con nuestras actividades, la pregunta difícil y urgente es qué hacer al respecto. El mensaje se ha repetido miles de veces, los científicos alertan, el público no entiende o se entretiene con puerilidades, y los políticos solo piensan en el corto plazo de las próximas elecciones, y no se atreven a hacer lo necesario, por miedo a que las altas esferas del complejo industrial-militar-financiero se molesten.

Aquellos que aún lo niegan (postura popular entre los republicanos de EE.UU.), lo hacen no sé por qué, pero puede haber varias razones, desde la sublime ignorancia hasta la corrupción. Lo preocupante es que muchos de ellos son personas con poder político que tomaran decisiones nefastas para la humanidad. Entre ellos se encuentra el senador republicano del estado de Oklahoma James Inhofe, quien es autor de un libro publicado en 2012: The Greatest Hoax: How the Global Warming Conspiracy Threatens Your Future. Para colmo este señor preside el comité senatorial on Environment and Public Works.

Luego tenemos el hecho que hay almacenadas miles de armas nucleares en varios países y que es solo cuestión de tiempo que alguna de ellas se escape y caiga en manos de uno que la utilice en nombre de su particular fanatismo. El urgente problema de desarme nuclear ha pasado al olvido, nos hemos acostumbrado a que así son las cosas, y protestamos más por plantas nucleares de generación de electricidad que por las armas que representan una amenaza mucho mayor. Lo mismo pasa con la epidemia del VIH, ya casi nadie habla de ello, como si hubiera pasado sin entender que cada año hay millones de nuevos infectados, pero ya no es noticia y muchos, especialmente los jóvenes que piensan que ya no es un problema pagarán caro esa desatención.

Otra cosa que no es noticia entre la pueril cacofonía de noticias diarias es el hecho de que, si seguimos con la pésima costumbre de tomar antibióticos por un tubo y siete llaves, y administrarlo a los animales para prevenir enfermedades por las pésimas condiciones de crianza en las que los mantenemos, causaremos (ya está ocurriendo y la WHO hace años que alerta) que dejen de ser efectivos, consecuencia de la evolución de bacterias resistentes. Y ya que mencioné “evolución”, hay fanáticos que niegan este hecho científico muy bien fundamentado.

Hay además un factor psicológico que contribuye a la indolencia. Algunos de los más apremiantes problemas que enfrentamos son consecuencia de procesos lentos imperceptibles (como el calentamiento global o la creciente resistencia de las bacterias a los antibióticos), o de potenciales eventos catastróficos de baja probabilidad, pero alto impacto (como una guerra nuclear) y es difícil para el público comprender esta realidad. A los políticos y gerentes de las grandes corporaciones (gerentes del mundo, incluyendo las corporaciones religiosas) que generalmente solo piensan en el corto plazo, esto no les importa. Dirán: ¿Qué me importa lo que ocurra dentro de cien años si yo no lo viviré?

La complacencia nos hundirá como lo hizo el Titanic en 1912 al compás de su orquesta. En una entrevista de 1907, su capitán, E. J. Smith (1850-1912) declaraba4: “En toda mi experiencia, (de cuarenta años), nunca he tenido un accidente de tipo alguno que merezca la pena mencionar […] Digo que no puedo imaginar condición alguna que pudiera ocasionar a un navío luchar por mantenerse a flote. No puedo concebir un desastre vital que le ocurriera a esta nave. La construcción moderna de barcos ha trascendido esta posibilidad”. Hay muchos Smith en este mundo.

Si pregunto a cualquiera si la verdad importa, responderá que si, que la mentira es condenable como ya lo hace la biblia en su decálogo: “No dirás falso testimonio contra tu prójimo”. Para el ciudadano es difícil evaluar cuando un testimonio (como el de Inhofe) es falso, cómo proceder para acercarse a la verdad del mundo, por cierto, nada fácil. Pero hay maneras, y el proceder científico es una de ellas, que ha dado muy buenos frutos. Es la verdad científica que nos ha llevado a los antibióticos, armas nucleares, y a conocer la razón del calentamiento global.

Me lleva esto a aclarar un asunto que confunde a muchos, especialmente a algunos que condenan la ciencia. El conocimiento científico nos provee, por medio de la tecnología, un creciente poder, que nos ha permitido llegar a la Luna (hecho negado por otros fanáticos), comunicarnos instantáneamente con todo el mundo, generar energía nuclear, combatir enfermedades y modificar plantas para fines que se pueden debatir. Pero el debate no puede ser sobre si la ciencia es buena o mala, sino más bien al servicio de quien debe estar, aceptando que el conocimiento es patrimonio de la humanidad. El conocimiento obtenido por la ciencia es de un valor ético neutral pero no así la tecnología, ya que su utilización puede hacerse con fines moralmente aceptables o reprobables.

Aunque no sea de la envergadura de los grandes problemas que he mencionado, considere la cuestión de la vida en otros planetas (el otro día descubrimos uno bien cercano, a “solo” cuatro años luz de distancia en órbita alrededor de la estrella más cercana que conocemos: Próxima del Centauro.)

Por cierto, si hay otros en este vasto universo, es una pregunta milenaria cuya respuesta tiene relevancia para entender la esencia de lo que somos. Con paciencia y el esfuerzo de científicos que estudian esta cuestión nos acercaremos a la respuesta. Pero entendamos que no es fácil y por más que a algunos no les guste, sepa que hasta el presente no tenemos evidencia alguna de que en otro planeta exista vida, y menos vida inteligente, por más señales “wow” que de vez en cuando se publican en la prensa.

Eso no impide que algunos aseveren que nos visitan por la noche, que han tenido encuentros cercanos de todo tipo, dando testimonio de conversaciones “telepáticas” (pregunto: cómo se distingue de otros eventos mentales cómo los sueños y las alucinaciones, y también si los alienígenos hablan justamente el idioma de quien recibe el mensaje). Llama la atención que de estos mensajes de seres obviamente mucho más avanzados que nosotros nunca surge algo que no conozcamos.

Otros aseguran que los han visto en persona y se molestan cuando en ocasiones he tratado de explicar las razones por las cuales esto es cuestionable. Comienza con “visto en persona” ya que un ser de otro mundo no tendrá una apariencia humanoide como siempre los describen, por la sencilla razón que humanoide es un accidente evolutivo terrestre. Cabe aquí citar a Oliver Cromwell5: Les suplico por las entrañas de Cristo, pensar en la posibilidad de que estén equivocados.

También es buena idea seguir los preceptos del gran David Hume:6Ningún testimonio es suficiente para establecer un milagro, a menos que el testimonio sea tal que de ser falso, fuera más milagroso aún, que el hecho que trata de establecer”. Hume continúa: “Cuando alguien me dice que vio resucitar a un muerto, inmediatamente me pregunto qué es más probable: que esta persona engañe o sea engañada, o que el hecho que narra haya podido ocurrir realmente. Evalúo un milagro contra el otro y de acuerdo con la superioridad que encuentre, tomo mi decisión y siempre rechazo el milagro mayor”. Podemos sustituir muerto por ser extraterrestre.

Podrá decirse que en el caso de los alienígenos no se le hace mal a nadie, y que si por las razones que sea se lo creen, están en su derecho. Pero sí le hacen mal, le hacen mal a sí mismos ya que creer algo que es falso no es bueno, y el que lo hace sin respetar la evidencia, no tendrá reparos en creer otras cosas para las cuales no hay evidencia, incluyendo cosas que le pueden hacer daño a muchos (como por ejemplo que las vacunas causan autismo). Me viene a la mente otra cita memorable de hace 140 años, esta vez del filósofo y matemático William Clifford7: Si una persona, al sostener una creencia que le fue enseñada en la niñez o de la que fue persuadida más tarde, rebaja y echa a un lado todas las dudas sobre ella que brotan en su mente, evita a propósito la lectura de libros y la compañía de hombres que la cuestionen o la discutan, y ve como impías aquellas preguntas que no puedan contestarse fácilmente sin perturbarla, entonces la vida de esa persona es un único y largo pecado contra la humanidad.

Y ese es un pecado que no es perdonable en el confesionario.

  1. Opuesto de una utopía
  2. Christopher Hitchens. The Missionary Position. (1995) Verso. La posizione della missionaria.(2014) Filigrana, Minimum Fax. Curiosamente no parece haber una traducción al español
  3. Christopher Hitchens. The Trial of Henry Kissinger, (2002). Verso
  4. New York Times. Tuesday, 16 April 1912. Disaster at last befalls Capt. Smith.
  5. En una carta de 1650 a la asamblea general de la Iglesia de Escocia.
  6. David Hume (1748). An Enquiry Concerning Human Understanding. Prometheus Book, Amherst NY. pág. 105. Investigación Sobre El Conocimiento Humano. Alianza Editorial, S.A. 2004.
  7. Clifford. The Ethics of Belief (1877). The Ethics of Belief and Other Essays. Prometheus Books (1999). La voluntad de creer: Un debate sobre la ética de la creencia. Tecnos, (2003).

CONOCE AL ENEMIGO Y A LOS ANGELES URGENTES

Posted on 1 CommentPosted in Ensayo

El 1 % de la población disfruta de las mejores viviendas, la mejor educación, los mejores médicos y el mejor nivel de vida, pero hay una cosa que el dinero no puede comprar: la comprensión de que su destino está ligado a cómo vive el otro 99 %. A lo largo de la historia esto es algo que esa minoría solo ha logrado entender, cuando ya era demasiado tarde.[1]

Joseph E. Stiglitz (Premio Nobel en Economía 2001)

Veo a través de los lentes de las cámaras que viajan por el mundo globalizado y lo que veo me llena de angustia y tristeza. Claro, el impacto de una mala noticia es superior, por lo cual las cosas buenas que pasan todos los días en algún rincón del planeta no se ven, pero además lo bueno no cancela lo malo, lo bueno es lo que esperamos, sin saber por qué. No es noticia que hoy no se accidentó avión alguno. (Dependiendo cómo lo cuente cada día hay entre 50,000 y 100,000 vuelos).

En los años sesenta queríamos un mundo mejor, hoy queremos un automóvil mejor. ¿Qué pasó con la ilusión de la juventud? ¿Qué pasa con la juventud? O es que tiraron la toalla y si no pueden ganarles entonces aspiran a formar parte. Parece cierto lo que dijo un general uruguayo en un discurso: «Hemos dado un giro de tres cientos sesenta grados»

La visión del pasado, con una división entre países ricos y pobres, o desarrollados y subdesarrollados es hoy algo miope por más que sirva como burdo distintivo. La división es más bien entre ricos y pobres, sin distinción geográfica, entre explotados y explotadores, sin importar las fronteras. Basta mirar a los EE.UU., supuestamente una de las naciones más ricas del mundo, y constatar la crasa desigualdad ente la riqueza de sus ciudadanos.  Según sus propias definiciones un 13 por ciento de la población (40 millones) son pobres mientras que hay 270 billonarios (mil millones). Los EE.UU. tienen, por lejos, la distribución más desigual de ingreso de todos los países[2] industrializados, y se jactan de un sistema democrático que de eso solo tiene el nombre, ya que lo que manda es el poder económico detrás de algún candidato. Alguien una vez dijo: “la democracia es la peor forma de gobierno, exceptuando todas las otras…” y fue citado por el gran Winston Churchill en la Cámara de los comunes en 1947.

Las fronteras han desparecido porque el control lo ejercen desde hace ya bastante tiempo poderosos imperios corporativos multinacionales industriales y financieros apoyados por instituciones como el Banco Mundial, la World Trade Organization (WTO) y el International Monetary Fund (IMF), que trascienden toda frontera. Protegidos en opacos “paraísos fiscales”, aquellos que tienen demasiado, la minoría que se come al mundo, no comprenden que al final se comerán a sí mismos, como el uróboros.

Según José María Tortosa[3]: «El problema del llamado subdesarrollo se origina en los países llamados desarrollados, se agudiza gracias a estos últimos con la visible colaboración de las elites de los países pobres y sólo se solucionará cuando los países llamados desarrollados cambien de política hacia los subdesarrollados y las elites muy ricas de los países pobres abandonen su actitud igualmente depredadora».

Por otro lado, si la meta de los subdesarrollados es desarrollarse siguiendo el modelo de los desarrollados, vamos a tener serios problemas, mucho más serios de los que ya tenemos.

La «mano invisible» de Adam Smith no empuja en la dirección correcta (quien también dijo: «No puede haber una sociedad floreciente y feliz cuando la mayor parte de sus miembros son pobres y desdichados.»)  Los preceptos éticos que empleamos, muchas veces sacados de anticuados libros, son anacrónicos. Necesitamos nuevas ideas para combatir al enemigo, y para combatirlo con eficacia debemos, antes que nada, conocerlo.

El filósofo alemán Günther Anders (Stern) [4] dice: «No es suficiente cambiar el mundo. Eso lo hacemos de todos modos. Y en gran medida ocurre sin nuestro esfuerzo. Es necesario interpretar ese cambio. Para entonces cambiarlo. Para que el mundo no continúe cambiando sin nosotros, Y finalmente no cambie a un mundo sin nosotros».

Ya han pasado sobre cuarenta años desde la publicación en 1972 del informe[5] del Club de Roma advirtiendo sobre los límites al crecimiento, alertando acerca de las consecuencias de un crecimiento demográfico descontrolado combinado con la voracidad corrupta del sistema industrial capitalista, y el mito capitalista del crecimiento ilimitado y el mercado libre. Es cuestión de lógica: es imposible un crecimiento sin límites en un lugar limitado. Cuarenta años también de la instauración de las dictaduras asesinas del cono sur, serviles cómplices del imperio americano, la escuela económica de Chicago y del que suena como Dr. no. Y no ha pasado nada.

Para el año 2040, se espera una población mundial de 9000 millones, más bocas hambrientas, ya que la mayor parte de este crecimiento ocurrirá en India, China, Pakistán y Nigeria. Los países desarrollados, por otro lado, no cambiarán sus números significativamente, manteniéndose en unos 1200 millones.

Será un mundo muy diferente desde un punto de vista demográfico, pero piense un poco: Si se lograra, con un esfuerzo descomunal en tan solo 25 años aumentar en un treinta por ciento el número de escuelas, el número de trabajadores en el campo de la salud, el número de viviendas, la transportación, la producción de energía (si fuera posible), la producción de alimento, y todas las otras cosas que son importantes para el bienestar humano, si lográramos eso digo, sin al mismo tiempo aumentar los daños ambientales causados por estos aumentos, entonces apenas lograríamos mantener la triste realidad.

La prueba de que el sistema socioeconómico operante es un fracaso está en los hechos. Si comparamos el estado del planeta hace 50 años con el presente vemos muy poco en términos de mejora, a menos que usted sea de los que miden mejora por el número de teléfonos celulares, por ejemplo. Las medidas de desigualdad de ingreso y riqueza para el mundo entero muestran un claro deterioro.  El uno por ciento de la población, unas 70 millones de personas, son propietarios de más la mitad de la riqueza del mundo, y tienen ingresos iguales al de los tres mil millones más pobres (la mitad de la población mundial). Es algo grosero ilustrado por la gráfica. Es imposible la paz en un mundo así.37distmundial

No son números exactos, claro, pero nada cambia por eso.  Quien mire el planeta desde fuera (¿un alienígeno?) se dará cuenta que necesitamos urgentemente de nuevas ideas, nuevas formas de conformar nuestras sociedades y conductas que efectivamente lleven a un futuro de paz y justicia como el que la mayoría reclama, un nuevo reglamento aunque lo trajera un ángel del cielo, muy superior al anticuado decálogo.

Dos corrientes son las que a mi entender bloquean el desarrollo de nuevas formas de pensar y actuar: el creciente totalitarianismo del estado y del espíritu. El estado, bajo el poder económico de los abrumadores intereses corporativos y financieros, y con el creciente y sigiloso efecto de sus servicios de inteligencia y desinformación, inventa una realidad a su medida y monta guardia sobre los que puedan significar una amenaza, preparado para desaparecerlos si fuera necesario.  Por otro lado, las iglesias y templos se entrometen hasta en lo más íntimo del individuo, manteniendo con miedo lo que la razón no aguanta.

Difícil escapar del inevitable resultado de la fusión de estas corrientes que se convierte en un torrente arrasador. El lema fascista: “Credere, obbedire, combattere”, sirve a ambos. No son pocos los sitios en los cuales un disidente pierde la cabeza o se pierde en la noche. Pero tanto en la biología como en la sociedad, no pueden surgir nuevas formas si no hay variedad, si no se producen mutaciones en el pensar conforme.

Vivimos bajo un imperio corporativo-militar-financiero que opera globalmente con sobre medio millón de efectivos en 700 bases militares en el extranjero, distribuidas en sobre 130 naciones3. Ha impuesto una globalización política y económica a su conveniencia. pero la tan sonada globalización se limita a sus intereses; no se globaliza la justicia, el bienestar, ni la libertad y democracia a pesar de las bombas.

El paradigma (a lo Kuhn) político, social y económico del presente, si lo juzgamos, quitándonos las gafas de la ficción, por la realidad empírica de las bocas hambrientas y el deterioro ambiental a todos los niveles, se encuentra en bancarrota, por lo cual necesitamos un cambio revolucionario (a lo Kuhn). Se ha globalizado una ficción, una ilusión de bienestar, una quimera de un futuro demostrablemente inalcanzable, no muy distinto del proverbial cofre de oro al final del arco iris. Hay leyes que lo impiden y no son divinas, sino que son reales: leyes de la termodinámica que impiden ese futuro con certeza matemática, basta saber sumar y restar.

Pero el imperio corporativo insiste, ya que ellos estarán bien preparados y armados para sobrevivir el desastre, o al menos así piensan: Desvalijemos el planeta para continuar disfrutando (si esa es la palabra) de lo que tenemos, y cuando las huestes miserables invadan por encima de los grotescos muros que erigimos, las eliminaremos con nuestros armamentos invencibles. Y no crea que es meramente una fantasía. Es la mentalidad que rige el imperio, es la mentalidad que está por detrás de la política de ataque preventivo y de la seguridad nacional[6]. Mejor aún si se puede justificar ante los ojos de Dios por ser el nuevo pueblo elegido, la nación cristiana que luchará hasta la muerte (de los otros), y si eso implica luchar en Megido que sea la voluntad de Dios, ya estamos cerca del final de los tiempos y los más delirantes hasta lo desean. La seguridad nacional ha sido esgrimida para causar una total inseguridad personal. Pero una nación no es nada más que la suma de sus individuos por lo cual la situación anterior es uno de esos absurdos que demuestran la divergencia fundamental de objetivos entre los gobernantes y la mayoría de los gobernados.

La cada vez más estridente pugna entre los extremos tiene una dinámica propia, un escalamiento que se nutre de la Ley del Talión, haciendo caso omiso de las enseñanzas verdaderamente cristianas en la nación que se proclama cristiana sin serlo. Y aunque muchos no lo creen podrían acabar con un payaso al mando de todo. Las miles de armas nucleares en manos de varios bandos junto a mentes que permiten que su propietario se despedace en mil sangrientos pedazos para acceder al paraíso no augura nada bueno para el futuro. un loco es suficiente, y hay miles que quisieran el Apocalipsis. Pero, aunque se puede matar a un millón de un solo bombazo, igual resultado se obtiene con un millón de balazos. Hoy día, el arma de destrucción masiva de preferencia es el AK-47, (Avtomat Kaláshnikov) tan fácil de usar que hasta un niño puede hacerlo, y lo hacen. (Diseñado por el ruso Mijail Kaláshnikov en 1947).

Pero  antes de concluir que si combatimos los extremos todo estará bien, piense que los extremos sobreviven gracias al consentimiento de los moderados, que callan porque en realidad comparten las ideas que fundamentan el extremo, basadas en el grotesco cuento antiguo de infiernos y paraísos inventado por unos nómadas ignorantes. No condenan de forma enérgica y tajante a todos aquellos que con actos violentos piensan ganarse el cielo. La tolerancia de los intolerantes conduce en última instancia a la tiranía.

La historia de la humanidad ha sido una de violencia de un grupo hacia otro. Para esto es necesario antes que nada identificar al grupo. Fácil de hacer si pertenecen a otra nación o a otra tribu, más fácil aun si son distintos en apariencia, de otra “raza” que podamos considerar inferior, (nunca se consideran superiores) en ocasiones diferencias muy sutiles como entre los Hutu y Tutsi de Rwanda, o de si el inexistente es uno o trino, suficientes para entrarse a machetazos o balazos los unos a los otros,.

La otra forma de agrupar al enemigo es de acuerdo a lo que piensan. En el caso de que no piensen, entonces se pueden agrupar de acuerdo a sus creencias. Este proceso ha contribuido a los más viles actos de salvajismo imaginables, desde las torturas de herejes y la inmolación de humanos-bomba hasta varios genocidios del pasado y presente. La religión permite separar, primer paso en el camino al genocidio. Separar a los cristianos de los judíos para justificar la matanza de los que «mataron al hijo de Dios». Separar a los católicos de los protestantes para que puedan caerse a palos en Irlanda.  Separar a los Shiíes de los Sunníes para que puedan reventarse a bombazos en el medio oriente, llevándose a todos por delante.

Ya en la tan abusada Biblia dice Moisés, el mismo que recibió el «no matarás»:

Entonces Moisés habló al pueblo, diciendo: Armaos algunos de vosotros para la guerra, y vayan contra Madián y hagan la venganza de Jehová en Madián. Y pelearon contra Madián, como Jehová lo mandó a Moisés, y mataron a todo varón. Y los hijos de Israel llevaron cautivas a las mujeres de los madianitas, a sus niños, y todas sus bestias y todos sus ganados; y arrebataron todos sus bienes, e incendiaron todas sus ciudades, aldeas y habitaciones. Se enojó Moisés contra los capitanes del ejército, contra los jefes de millares y de centenas que volvían de la guerra, y les dijo Moisés: ¿por qué habéis dejado con vida a todas las mujeres? Matad, pues, ahora a todos los varones de entre los niños; matad también a toda mujer que haya conocido varón carnalmente. pero a todas las niñas entre las mujeres, que no hayan conocido varón, las dejaréis con vida. (Números 31, 3.7.9-10.14-15.17-18). Podría tratarse de un comandante de ISIS.

Aquellos que llevan libros sagrados bajo el brazo pueden hacer todas las maromas mentales que quieran para extraerse de lo que es obvio, pero al menos para el que no ha perdido el cerebro esto se describe lisa y llanamente como genocidio, o “limpieza étnica”. No hay vuelta que darle.

Algunos lanzan bombas con la ridícula idea de imponer la libertad y democracia y otros desquiciados se convierten en bombas humanas para su causa, y lo hacen en nombre de la dictadura celestial, que promete el paraíso por tales aberraciones. Para algunos (hombres), en el paraíso les esperan decenas de vírgenes para goce eterno, por lo cual están dispuestos a inmolarse. Por desgracia parece que, por un pequeño error de traducción, lo que realmente les espera son uvas. Sí, uvas blancas. La humanidad convertida en un teatro del absurdo por la torre de Babel.

Además, cuando la mayoría de las personas apenas razonan, y divagan a partir de premisas falsas; cuando carecen de la habilidad de pensar críticamente, y creen en todo tipo de fenómenos inverosímiles confundiendo realidad con ficción, aturdidos por la avalancha de desinformación cotidiana, tenemos un monumental problema. Es cierto que una forma de quitarse una migraña es con un tiro en la cien, pero no creo que esa sea la solución que deseamos, pero por ahí vamos.

Hay que luchar a toda costa contra el enemigo, pero no con un AK-47 al hombro o un libro sagrado bajo el brazo, sino que con una renovada ética secular y con la fuerza humilde de la razón en vez de la razón arrogante de la fuerza. Para triunfar es necesario conocer al enemigo. «Conócete a ti mismo» es una frase que se le atribuye al célebre Sócrates e indudablemente lo dice todo, incluyendo: conoce al enemigo.

Lamentablemente, no diviso las fuerzas que puedan hacer de la grieta angosta en el bloque una brecha más ancha por la cual sea posible introducir la cuña para romper al monolito con ideas nuevas. Además, nuevas ideas, nuevas formas de ordenar una sociedad difícilmente pasarán a ser nuevas metas a implementar, ya que quienes tienen el poder de implementación, tienen el poder.

Quizá todo esto tenga algo que ver con las palabras de Silvio Rodriguez en “Cita con Ángeles”:

Pobres los ángeles urgentes
que nunca llegan a salvarnos.
¿Será que son incompetentes
o que no hay forma de ayudarnos?
Para evitarles más dolores
y cuentas del psicoanalista,
seamos un tilín mejores
y mucho menos egoístas.

 

 

[1] Joseph E. Stiglitz (2012), El precio de la desigualdad. P. 355.

[2]  Anthony B. Atkinson, Lee Rainwater y Timothy M. Smeeding (1995). Income Distribution in OECD Countries: Evidence from the Luxembourg Income Study. Paris OECD.

[3] José María Tortosa, (2001). El Juego Global – Maldesarrollo y pobreza en el capitalismo mundial. España, Icaria Antrazyt.

[4] Günther Anders, (1980). Die Antiquiertheit des Menschen ii. Verlag C.H.Beck, München.

[5] Dennis Meadows, Jorgen Randers, Donella Meadows, (2004). Limits to Growth: The 30-Year Global update. Chelsea Green Publishing Company.

[6] Chalmers Johnson (2004). The Sorrows of Empire: Militarism, Secrecy, and the End of the Republic (Metropolitan).

Soledad desesperante

Posted on 1 CommentPosted in Astronomía, Ensayo

Sintió que toda su vida era como un sueño y a veces se preguntaba de quien era y si lo estaría disfrutando.

Douglas Adams

 

Me encontraba hace años en el medio de un desierto. Sentado sobre una duna el silencio era tan intenso que oía el traqueteo que hacía mi sangre al fluir en mis oídos. Mantuve en aquel momento una conversación muy interesante conmigo. Hay momentos en los cuales uno desea estar solo. La soledad ocasional es una excelente medicina que permite comunicarnos y así reencontrarnos luego de mucho tiempo, para ponernos al día con nosotros mismos, para repasar lo pasado y visualizar el futuro. Es como si nos encontráramos con un viejo y entrañable amigo luego de muchos años en el exilio. Esta comunicación de yo a yo es importante para no olvidarnos de quienes somos de verdad, quitándonos todos los adornos que usamos para ser quienes no somos, para encontrar respuestas a esas interrogantes ocultas que a menudo nos atribulan, sin saber por qué, hasta que nos hablamos. Si no nos hablamos terminamos enajenados, divorciados de nosotros mismos, sin entender que hacemos en la vida sobre este majestuoso y triste planeta.

Sí, es buena la soledad por un día, frente al mar con sus iIMAG0495nterminables variaciones del azul y lejano horizonte curvo, indicador de una Tierra esférica. o, en lo alto de una montaña contemplando en la lejanía de un valle un pequeño poblado de techos colorados. O quizá, durante un atardecer ante un cielo pintado de tonos anaranjados cada vez más intensos a medida que se pone el Sol distante. Luego, frente al lienzo negro del cielo nocturno incrustado de diamantes nuestra soledad se acentúa, especialmente si sabemos que esas estrellas que vemos, miles de mundos solitarios, se encuentran a distancias incomprensibles. La distancia nos permite estar solos, sin vecinos, sin celular, sin radio. No, no es que nos permite, más bien nos obliga.

La soledad por un día, quizá hasta por una semana es sana, pero por más tiempo puede conducir a una soledad eterna, a un monologo sin fin, a entendernos solamente con nosotros y a no entender nada de lo que dicen los otros: la locura. Dicen que los locos hablan solos, pero no es así, hablan consigo mismo, lo cual es muy distinto. La soledad crónica conduce, luego de un tiempo, a la pérdida de memoria, a la ansiedad, a confusiones y alucinaciones hasta que el individuo pierde su humanidad. Este hecho ha sido constatado en múltiples instancias por los confinados a calabozo solitario, una tortura practicada en muchos países, incluso en aquellos que condenan la tortura en otros países.

Por las calles de las atestadas ciudades del planeta, Hong Kong, Buenos Aires, México o Nueva York, se desplazan torrentes de gente, desde la distancia no muy diferente al tráfico de hormigas que observo en estos momentos en una pared. Se amontonan en alguna intersección a la espera de un cambio de rojo a verde en una escena que parece el inicio de un maratón.

En ocasiones alguno se aparta del flujo para entrar en un callejón, mientras otros se unen al flujo como troncos que caen en un río. Caminan en la calle codo a codo, (como dice Benedetti en un contexto muy distinto), se miran, se huelen y en ocasiones sus miradas se cruzan para rápidamente desviarse. Cada uno se desplaza dentro de una especie de burbuja espacio-temporal, ajeno a los demás. No es necesaria la distancia para estar solos. Bastaría no desviar la mirada, dar un saludo o regalar una sonrisa, para salirnos de la burbuja, para regresar, aunque fuera por un instante, a la comunidad humana.

Vivimos cada vez más conectados, enchufados a la música, navegando por el ciberespacio de la autopista informática, pegados al celular y absorbiendo lo que nos transmite la televisión y la radio, como si fuera la luz del Sol que nos broncea. Para el Sol, recurrimos a lociones que nos resguardan de la parte peligrosa de su radiación, pero para la televisión y la radio todavía no existe tal filtro. Nos protegemos la piel, pero nos dañamos la mente.

Se podría pensar que de esta forma pasamos a ser ciudadanos de la aldea global, nos alejamos de la soledad, pero en realidad no es así. La televisión y progresivamente la autopista informática nos envuelven en un mundo virtual y crean la apariencia de comunidad. Recibimos información de todo el mundo, la gran mayoría irrelevante (y mucha falsa) para nuestro entorno y nuestras vidas. Nos es posible, gracias a la maravilla electrónica, ver el menú de un restaurante en Paris, ver la superficie de Marte en vivo (aunque está muerta) y en directo, y conversar con un perfecto extraño, («chatear» como se dice en buen español) esto último algo más relevante a nuestras vidas, ya que en ocasiones a alguna le ha costado la suya.

Esta ilusión de comunidad es peligrosa, justo por ser una comunidad virtual, un reality show que tiene poco de reality y mucho de show, un castillo en el aire, meramente una forma de entretenimiento que anestesia la mente y nos sume en una soledad de la cual no estamos conscientes. No es que yo esté en contra del entretenimiento, de construir algún castillo en el aire, de soñar. Todos lo hacemos, posiblemente lo necesitamos, y en ocasiones los sueños se vuelven realidad. El problema con los castillos en el aire surge cuando los pretendemos habitar. Aturdidos por el flujo de información, como preámbulo a la locura, nos hemos vuelto insensibles. una cacofonía de trivialidades tapa el dolor del mundo y así comenzamos a perder nuestra humanidad.

Las distancias que nos separan de un potencial vecino cósmico son enormes y habituados a las escalas terrestres, nos cuesta imaginar cuánto dista el astro más cercano: el Sol. Su distancia típica asciende a ciento cincuenta millones de kilómetros. ¿puede imaginárselo? Viajando a doscientos kilómetros por hora tardaríamos toda una larga vida en llegar a él, aunque esto no es recomendable ya que mucho antes de llegar su nave se evaporaría y a usted no le quedaría más remedio que evaporarse de igual forma.  pero la luz, que se desplaza a la elevada velocidad de trescientos mil kilómetros por segundo, sólo invierte ocho minutos en cubrir el trayecto.

El diámetro de la Tierra es de unos trece mil kilómetros. Si las dimensiones de la Tierra fueran las de una moneda pequeña, digamos la de un centavo, mejor conocida como chavo prieto (en puerto Rico), el Sol equivaldría a una bola de unos dos metros de diámetro ubicada a una distancia de unos doscientos metros. A esta escala, la Luna, que dista casi cuatrocientos mil kilómetros de la Tierra, se encontraría a algo más de medio metro de nuestro planeta (el chavo prieto) y sólo tendría el tamaño de esta O mayúscula.

No tiene sentido medir distancias cósmicas en las unidades que acostumbramos usar aquí en la Tierra como, por ejemplo, el kilómetro. un billón de ellos (no importa si son europeos a norteamericanos) no nos llevaría muy lejos en el universo. Es más conveniente expresar distancias grandes tomando como referencia el tiempo que tarda la luz en recorrerlas a su enorme velocidad porque eso nos permitirá emplear números más pequeños. De este modo, decimos que la distancia promedio de la Tierra al Sol es de ocho minutos-luz, en lugar de ciento cincuenta millones de kilómetros. La luz del Sol tarda unas cuatro horas en llegar a Neptuno, el planeta más alejado del Sol, así que decimos que se encuentra a cuatro horas-luz del Sol. Próxima Centauri, la componente menor del sistema triple de alfa Centauri, es la estrella más cercana al Sol, a unos cuatro años-luz de distancia. un año-luz (la distancia que atraviesa la luz en un año) equivale a 9.460.055.000.000 Km; esto ilustra por qué no es práctico usar kilómetros para hablar de distancias cósmicas.

La inmensa velocidad de la luz, idéntica a la de cualquier onda electromagnética, nos permite hablar por teléfono con otra persona situada al otro lado de la Tierra y obtener lo que parece ser una respuesta instantánea. pero si quisiéramos conversar con alguien en un planeta en órbita alrededor de próxima Centauri, el tiempo entre nuestro: «Aquí el planeta Tierra llamando, ¿cómo están ustedes?» y la respuesta que podría ser: «Aquí Próxima, no copiamos claro, ¿podrían repetir la pregunta?», sería de ocho años. No parece que esto pueda llamarse «conversación», como piensan algunos ocurre en el observatorio de Arecibo, sin considerar además el problemilla de traducción, ya que dudo que hablen lo que nosotros hablamos.

Volviendo a los diamantes del cielo nocturno, ellos son, en su gran mayoría, estrellas pertenecientes a nuestra galaxia, la Vía Láctea, una entre algo así como mil millones de galaxias que pueblan el universo. Grande, ¿no? La Vía Láctea tiene la forma de un gigantesco disco y está formada por estrellas, gas interestelar y polvo, además de materia oscura de misteriosa composición.

Si observa el cielo detenidamente desde un lugar oscuro, lejos de las luces de la ciudad, notará que la mayoría de las estrellas se concentran a lo largo de una banda de luz difusa que va de horizonte a horizonte. Es la Vía Láctea, la imagen de nuestra Galaxia vista desde la posición que ocupamos dentro del disco. Al observarla con binoculares, o con un telescopio (basta uno pequeño como el que usó Galileo por vez primera en 1609) se comprueba que la luz difusa proviene de un sinnúmero de estrellas demasiado tenues para poder apreciarlas a simple vista.

A la escala de nuestro modelito anterior del chavo prieto, próxima Centauri se encontraría a unos cincuenta mil kilómetros de distancia. Esto revela que la palabra cercana en este contexto, no significa tanta proximidad. Ah sí, por si no se había dado cuenta, el Sol es una estrella, bastante ordinaria, por cierto, y obviamente la más cercana a la Tierra.Cell1

El universo es un lugar de dimensiones inconcebibles, imposibles de imaginar. Garantiza nuestra soledad. El Sol se encuentra en lo que podríamos denominar los suburbios de la Vía Láctea, a unos treinta mil años-luz de su centro. La atracción gravitatoria de toda la Galaxia hace que viaje alrededor de su centro a la increíble velocidad de unos novecientos mil kilómetros por hora, (si, no sentimos nada pero a esa velocidad se mueve) de modo que invierte unos doscientos cincuenta mil años en completar una vuelta, lo que podría llamarse un año galáctico. En estas unidades la Tierra tiene una edad de dieciséis mil años y nuestra especie surgió hace tan solo un añito más o menos, de modo que somos unos recién llegados.

A pesar de esta realidad algunos continúan aferrándose a la absurda idea de que los extraterrestres, luego de atravesar estas ridículas distancias nos visitan. Se aferran a la idea que no estamos solos, me imagino porque conocen las consecuencias de la soledad extrema. Y la verdad es que si alguien, en un distante planeta, pudiera observar el nuestro, concluiría que hemos sido víctimas de la soledad. Estamos todos condenados a solitaria en este planeta.

Aun así, buscamos, para ver si acaso no estamos tan solos, como el preso que por una rendija busca ver un  rayito  de sol  o a otro. Utilizamos telescopios sensitivos para escudriñar el cielo, apuntando a las lejanas estrellas más cercanas para determinar si alrededor de alguna de ellas existe un planeta habitado por seres que también pudieran tener la conciencia de que están solos. Es difícil, pero buscamos con los mejores medios que disponemos, y hemos encontrado miles de planetas extrasolares.  Buscamos, soñamos que hacemos contacto o que nos vistan, que de esta forma se acaba nuestra soledad desesperante, que podremos escapar de la locura.

 

Pisadas y huellas

Posted on 1 CommentPosted in Ensayo

Los dados de Darwin han rodado mal para la Tierra. La especie humana es, en una palabra, una anomalía ambiental. Quizá una ley de la evolución determina que la inteligencia usualmente se extingue.

Edward O. Wilson

El clima es un bien común, de todos y para todos. A nivel global, es un sistema complejo relacionado con muchas condiciones esenciales para la vida humana. Hay un consenso científico muy consistente que indica que nos encontramos ante un preocupante calentamiento del sistema climático. En las últimas décadas, este calentamiento ha estado acompañado del constante crecimiento del nivel del mar, y además es difícil no relacionarlo con el aumento de eventos meteorológicos extremos, más allá de que no pueda atribuirse una causa científicamente determinable a cada fenómeno particular. La humanidad está llamada a tomar conciencia de la necesidad de realizar cambios de estilos de vida, de producción y de consumo, para combatir este calentamiento o, al menos, las causas humanas que lo producen o acentúan. Es verdad que hay otros factores (como el vulcanismo, las variaciones de la órbita y del eje de la Tierra o el ciclo solar), pero numerosos estudios científicos señalan que la mayor parte del calentamiento global de las últimas décadas se debe a la gran concentración de gases de efecto invernadero (anhídrido carbónico, metano, óxidos de nitrógeno y otros) emitidos sobre todo a causa de la actividad humana.

Papa Francisco[1]

 

Hace unos 3.6 millones de años unos homínidos pertenecientes a la especie Australopithecus afarensis, esa especie a partir de la cual, con el correr del tiempo surgió Homo sapiens (que es como nosotros nos autodenominamos con algo de falta de modestia) se fueron a caminar por la planicie africana, en lo que hoy es el norte de Tanzania.

Las huellas de Laetoli. Cortesía de Heinz Ruether
foot_steps_in_the_sand_by_soorpus-d1nwadz
En la arena

Sucede que hicieron esto cuando un volcán, hoy llamado Sadiman, hacía erupción y cubría el suelo con una gruesa capa de ceniza gris. Al igual que sucede cuando caminamos descalzos por la arena mojada de la playa, sus huellas quedaron grabadas. Quiso la fortuna que estas huellas no se borraran, como lo hacen las que dejamos en la playa, y quedaran enterradas bajo nuevas cenizas preservándose anónimas así para la posteridad. No sabemos hacia donde se dirigían estos ancestros nuestros, pero no me es difícil conectar mentalmente sus huellas con unas que recientemente dejamos sobre la superficie gris de la Luna.

Sin duda, hemos llegado lejos.

apollo_14_tracks
Pisadas en la Luna – Apollo 14 NASA

 

Nuestras huellas se encuentran por doquier, en los más recónditos lugares del planeta, sobre los picos más altos de las cordilleras y las fosas mas profundas de los océanos. Algunas tienen nombre y apellido como las de Mattías Zürbriggen (el primero en ascender el Aconcagua en 1897) y Jorge Juan Link y su esposa Adriana Bance (que dejaron sus vidas en el Aconcagua en 1940). La cumbre del monte más alto del planeta, en los Himalayas, el Everest tiene las huellas dejadas por Tenzing Norgay y Sir Edmund Hillary quienes lograron llegar a la cima a 8848 metros de altura en 1953.

Cada día somos más y pisamos más duro dejando una huella más extensa. Y claro, llegamos a un punto en el cual no hay lugar para tanta gente. Tenía que suceder tarde o temprano ya que nuestro planeta no es infinito. Esto es así, ya que nuestra verdadera huella es mucho más grande que la que dejan nuestras pisadas.

Son buenas historias pero la huella que más importa es la Huella Ecológica, indicador desarrollado en 1990 por Mathis Wackernagel y William Rees del impacto de nuestras pisadas sobre el planeta. ( global footprint network)

La huella ecológica mide la cantidad promedio de recursos naturales utilizada por una persona expresada como el área de tierra y agua productiva (utilizando una productividad promedio) necesaria para producir los recursos consumidos y para absorber los desechos generados incluyendo el área de bosque necesaria para absorber el CO2 producido por el uso de energía de ese individuo y el área de tierra utilizada para vivienda e infraestructura para mantener un nivel de vida de forma continua.

Aunque útil para estudios comparativos del efecto de los humanos sobre el ecosistema, la huella ecológica no incluye todas las categorías posibles, por ejemplo, no nos dice nada acerca de la biodiversidad, o la salud pública, mas bien por falta de información, Además los cálculos no incluyen efectos degenerativos que disminuyen la capacidad global de producción como la pérdida de fertilidad y la desertificación de tierras, deforestación y pérdida de acuíferos. Las omisiones anteriores hacen que la huella ecológica calculada sea una aproximación que subestima el verdadero valor. No obstante, es una cantidad útil para analizar el estado de salud de la biosfera.

 

Resulta que para una persona en los países no desarrollados la huella ecológica equivale aproximadamente a una hectárea (10,000 metros cuadrados) y es diez veces más, unas diez hectáreas, para aquellos de los países desarrollados.  La dudosa distinción de estar entre los tres más altos le corresponde a EE.UU. junto a Singapur y a los Emiratos Árabes Unidos con unas 10 hectáreas por habitante. Los tres mínimos son Afganistán, Eritrea y Bangladesh, lo cual no sorprende.

World-EFPC1
La huella ecológica per cápita es la huella ecológica de un país dividido por el número de sus habitantes. En el presente la cantidad disponible por habitante es 1,7 hectáreas. Si un país tiene una huella per cápita de 6,8, sus habitantes requieren cuatro veces los recursos y desperdicios que nuestro planeta puede regenerar y absorber.

Como los que más requieren son una minoría el promedio para los siete mil millones que somos ahora es de algo menos de dos hectáreas por habitante, con una alta fracción de la población muriéndose de hambre.

Hace más de cincuenta años, cuando la población humana de la Tierra era de tan “solo” unos tres mil millones, que oigo la misma cantaleta. “No, el problema no es uno de sobrepoblación del planeta, sino que uno de distribución de riqueza y alimentos”.

Bueno, todavía estoy esperando por esa mejor distribución mientras cada noche mil millones se van a dormir hambrientos. Admito que parte del problema es de distribución, si, la distribución del control de la industria alimentaria mundial crecientemente en manos de unos pocos y gigantescos conglomerados internacionales controlados por unos pocos individuos enajenados que se reúnen como miembros de la junta directiva en algún lujoso lugar para trazar las metas a seguir para maximizar la ganancia y poder rendir un buen informe a los accionistas mientras ese mismo día mueren miles como consecuencia de la malnutrición.

Mas generalmente es un problema de distribución de riqueza, en ultima instancia una distribución de justicia social que solo existe en la mente de aquellos que no ven, o quizá no quieren ver la realidad.

El problema fundamental es la superpoblación multiplicada por el creciente consumo, la imparable avalancha de bocas para alimentar, (cada año tenemos setenta millones más) que además pretenden hablar por teléfono móvil y moverse en un automóvil. Para el año 2050 serán unos nueve mil millones. Este problema causa que los otros sean difíciles de resolver. Sería claramente un mundo muy diferente si “solamente” fuéramos mil millones ¡que no son pocos! y habría entonces esperanza para todos.

Las presiones sobre los ecosistemas aumentan a tal punto que serán destruidos. No creo necesario abundar en los detalles conocidos por todos aunque ignorados por muchos. Los recursos naturales se consumen vorazmente como si fueran inagotables, y los desperdicios se vierten en al aire que respiramos y el agua que bebemos como si la naturaleza tuviera una capacidad ilimitada de absorberlos, afectando tierra mar y aire. Aunque el mundo parece gigantesco, la atmósfera no aguanta la inyección de gases tóxicos. Nuestros pulmones tampoco. Se estima que millones mueren y más sufren por aire tóxico, la mayoría en países subdesarrollados, muchos en las atestadas mega-ciudades como México, Sao Paulo, Pekín o Delhi.

Desde el 1900 la emisión de bióxido de carbono, resultado de la combustión, ha aumentado por más de diez veces y comienza a causar cambios climáticos globales cuyas consecuencias apenas comenzamos a vislumbrar . Los mares no pueden con los efluentes de nuestras actividades industriales y los peces sufren de una pesca no sustentable y la flora y fauna no aguantan nuestra rapacidad insaciable. El nivel de deforestación es el más alto de la historia y el agua potable escasea en gran parte del planeta. Las consecuencias son una colosal herida que afecta al planeta, a todas las formas de vida y en última instancia a nosotros.

La mayor parte de la tierra cultivable del planeta ya está bajo cultivo y su productividad disminuye por los efectos de la erosión, la salinización y la degradación de los suelos causando cada año la pérdida de varios millones de hectáreas de tierras cultivables.

El área total de espacio biológicamente productivo de la Tierra es de aproximadamente 12.000 millones de hectáreas (es difícil arar en el agua y regar los desiertos), por lo cual una simple división nos indica que la población presente del planeta (7200 millones) dispone en promedio de menos de dos hectáreas por habitante, un límite definido por el tamaño del planeta por lo cual el problema del llamado desarrollo ilimitado queda matemáticamente expuesto como una quimera y como una cruel mentira de aquellos que impulsan modelos de desarrollo imposibles. Además, hay hectáreas y hectáreas, todas las tierras no son de igual productividad.

En 1960 la población del planeta era de unos tres mil millones, en el 2000 ya éramos más de seis mil millones y se proyectan unos nueve mil millones para el 2050, cuando solamente tendremos una y media hectárea por habitante. En el mismo inérvalo la huella ecológica promedio ha aumentado significativamente a pesar de ciertas ganancias en eficiencia de producción como los logrados por la “revolución verde” Se debe señalar además que las ganancias de productividad obtenidas no vienen de la nada. La alta productividad tiene un alto costo en términos de recursos externos necesarios y degradación de los suelos.

Es simplemente imposible que el mundo no desarrollado se desarrolle siguiendo el modelo de los países desarrollados. Esto no impide que las grandes empresas sigan vendiendo todo tipo de ilusión, como ellos dicen “abrir nuevos mercados”, lo cual solamente crea expectativas inalcanzables y bloquean cualquier idea de un desarrollo alterno. Pero sin un modelo alterno, radicalmente distinto, las vías del desarrollo llevan a un desastre global.

GFN_EOS_infographic_v5Si no hacemos algo drástico (y no lo vamos a hacer por más que celebremos los recientes pronunciamientos de Paris), se necesitarían dos planetas como la Tierra si todos pretendieran vivir a un nivel de consumo como el de aquellos en los países desarrollados. Pero solo tenemos uno.

A largo plazo una actividad no sustentable lleva a la ruina, del mismo modo que si usted solamente vive de los ahorros, en algún momento se queda en la calle. En el caso personal podría recurrir a un préstamo, pero en el caso ecológico no hay tal préstamo ya que el capital natural es limitado y una vez consumido no se puede restituir.

Para analizar y comprender el verdadero estado del planeta y las consecuencias del llamado desarrollo, es necesaria una nueva contabilidad en la cual se incluya el verdadero costo de toda actividad, incluyendo los recursos naturales consumidos y los posibles daños causados al ecosistema y sociedad global. Por ejemplo, el costo de placas solares (yo soy el primero en apoyar su utilización) debería incluir el costo ecológico de todas las actividades asociadas a su producción, como la minería de materiales escasos (como el telurio) necesarios para producirlas (que emiten CO2, etc.). Debiera también incluir el costo social de todos esos niños que no pudieron ir a la escuela por trabajar en esas actividades (en china), y la contabilidad del efecto de compuestos tóxicos utilizados, no siempre bien manejados. Lo mismo vale para otras cosas más pueriles como la manufactura de ropa, que se paga a uno y se vende a veinte.

Mucho se ha escrito sobre esto, libros, muy buenos por cierto y completamente inconsecuentes, aunque sea escrito por un premio Nobel. El otro libro que muchos leen tampoco sirve de mucho más que un lamentable consuelo ante lo que parece inevitable pero además ordena: Fructificad y multiplicaos. El mismo papa Francisco lo advierte, pero me temo que tampoco a él le hagan caso, y menos la mayoría de la población del mundo que no le harían caso justo por ser el Papa.

Me llama la atención que tantos se preocupen por quién y cómo comenzó el mundo a tal punto que son capaces de matar por ello, y tan pocos se preocupen por como lo estamos destruyendo, algo que independientemente de su particular libro santo es realmente un pecado. ¿No le parece?

Al final señores les digo con todo respeto: la hemos cagado, y lo que queda es hacerle caso a Rubén Blades:

Prepárense ciudadanos, se acabó lo que se daba, a darse el último trago. No se me pueden quejar, el show fue bueno y barato. Ante el dolor el buen humor es esencial. Saca a tu pareja y ponte a bailar la canción del final del mundo. Que no les domine el miedo, no se pongan a gritar, control y nada de nervios, y cuidado con llorar. Para bien o para mal lo mandamos a buscar, y ahora nos llegó la cuenta y tenemos que pagar. Despídete de tu barrio y del mundo en general, y que en la tierra nadie quede sin bailar la canción del final del mundo

[1] Carta Encíclica Laudato Si’ del Santo Padre Francisco Sobre ll Cuidado de la Casa Común.

Reflexiones sobre la Luna

Posted on Leave a commentPosted in Astronomía, Ensayo

earthriseElla no brilla con luz propia, su pálido semblante es solo un reflejo del Sol. Para nuestros antepasados, la noche de luna llena con su luz fría era noche de muerte, noche en la cual hombres se transformaban en lobos o los muertos en vampiros. Noches de sacrificios y ritos mágicos. Aquellos desequilibrados que dormían a la intemperie no consolidaban el sueño, y al otro día, alterados se convertían en “lunáticos”. Algunos se imaginaban que las almas de los muertos viajaban a la Luna o hacían escala en ese puerto sin vida camino al más allá. Pensaban que la luz de la Luna afectaba nuestro espíritu y nuestros humores, y que las fases de la Luna afectaban a las personas con problemas mentales. Había (y hay) gente “lunática”, y algunos aun no entienden que la Luna no nos afecta físicamente, a pesar de las mareas, consecuencia de una muy falsa analogía. En palabras de Dante Alighieri, en la Divina Comedia escrita alrededor del 1315, la Luna era “lucidora, densa, sólida y pulida, cual diamante que al Sol brilla”.  Si alguno preguntaba por qué la Luna tenía manchas, como lo hace el mismo Dante, que le dice a Beatriz: Mas dime: ¿qué son los signos oscuros de este cuerpo, que allá en la tierra llevan de Caín fabulando a muchos?, la respuesta era que la esfera perfecta reflejaba la Tierra imperfecta. O, como alternativa, le lavaban la boca con jabón.

Sin embargo, la Luna sí refleja algo de la Tierra: En la nomenclatura de sus cráteres se reflejan facetas de la historia humana. La primera es meramente estadística: de los 1586 cráteres lunares nombrados (en honor a filósofos y científicos) solamente 28 honran a una mujer (incluyendo a cinco astronautas o cosmonautas)[1]. Refleja lo que fue, y en muchas sociedades aun es, una visión negativa de la mujer, un menosprecio que nos cuesta mucho, comenzando por la deshonra de nuestras propias madres. La distribución geográfica de los nombrados nos muestra otra característica del desarrollo histórico de nuestra civilización, el predominio de Europa y más recientemente EE.UU. en las áreas científicas y técnicas. EE.UU., Alemania, Gran Bretaña, Francia, Rusia, Italia y Grecia suman a 1382 cráteres en ese orden. La Luna también refleja por otro lado la inteligencia de algunos que ha permitido descifrar su historia, estudiarla en gran detalle y caminar sobre su superficie. Y también la simpleza de otros que creen cosas de la Luna que no son ciertas, como que nunca caminamos sobre su superficie.

Cuando, hace 400 años, en 1609, Galileo Galilei observó la Luna con su pequeño telescopio, ésta dejó de ser mitológica.  Aunque el telescopio de construcción propia que usó para observar el cielo era miles de veces menos potente que los grandes telescopios modernos, logró hallazgos de gran trascendencia que publicó en 1610 en su obra Sidereus nuncius.  En ella hablaba de montañas lunares, aunque hasta entonces se había pensado que la Luna era inmaculada como la concepción de María. La incógnita de la Luna comenzaba a revelarse, nacía la ciencia que permitiría que la visitáramos hace ya casi 50 años.

El 20 de julio de 1969, los astronautas de la misión Apollo de la NASA, Neil Armstrong y Edwin Aldrin, se convirtieron en los primeros humanos que caminaron sobre la Luna tras posarse en un lugar bautizado como Base de la Tranquilidad después de un viaje de tres días para atravesar 386.000 kilómetros. “Eagle has Landed”. Mientras, Michael Collins, el tercer astronauta de la misión, los esperaba en el Módulo Lunar para regresar a salvo a la Tierra. Recuerdo que compré un pequeño televisor para poder ver el emocionante evento. Algunos piensan que fue una obra de teatro de la NASA.  Uno pensaría que para éstos (hay unos cuantos) las fotografías recientes del Lunar Reconnaisance Orbiter, que muestran las huella dejadas, servirían para demostrar lo contrario, pero no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Aquel fue un momento histórico para nuestra especie, el Homo sapiens, porque con aquel evento cruzamos una gran distancia, y no me refiero únicamente a la que media entre la Tierra y la Luna. Si usted vio las escenas iniciales de la memorable película de Stanley Kubrik 2001: una odisea del espacio. sabrá a qué me refiero. Fueron a la Luna un to2001SpaceOdisseytal de siete misiones tripuladas por veintiún astronautas, la última, Apollo 17, en diciembre de 1972, y doce afortunados humanos vivieron la aventura sublime de caminar por su superficie, “un gran brinco para la humanidad”.  Dejaron una placa que decía: “We came in peace for all mankind” mientras fotografiaban la Tierra ensangrentada desde la Luna, una imagen que por primera vez nos brindó conciencia de nuestra soledad cósmica, la “nave tierra.”

Miles de fotografías, unos cuatrocientos kilogramos de roca lunar y los resultados de decenas de experimentos realizados sobre la superficie de la Luna integran los tesoros obtenidos por estas expediciones. En este material se fundamentan los conocimientos que tenemos acerca de la historia de la Tierra y de la Luna. Quizá el descubrimiento más trascendente consistió en comprobar que las rocas lunares tienen una composición química muy similar a la de rocas terrestres, pero con menos materiales volátiles (aquellos con puntos bajos de fundición) y mayor cantidad de elementos refractarios (aquellos con puntos altos de fundición), como si se tratara de rocas terrestres calentadas a temperaturas muy elevadas, lo cual concuerda con la idea de que la Luna se formó como resultado de un colosal choque entre un cuerpo de tamaño planetario y  la Tierra hace unos cuatro mil millones de años.

La exploración de la Luna también aclaró la interrogante acerca del origen de los cráteres lunares. Son el resultado de impactos que en tiempos pasados dejaron su huella sobre la superficie del satélite. Corrobora la idea de que los planetas se formaron a partir de incontables choques entre los diversos objetos que se formaron en la nebulosa solar. La Luna ha estado geológicamente muerta durante más de dos mil millones de años, y como no tiene atmósfera ni agua que puedan erosionar la superficie, ésta nos ofrece un registro intacto de la historia de esta parte del Sistema Solar que guarda muchos secretos sobre la época de la formación de los planetas.

No queda duda que hemos llegado lejos, aunque sea el cuerpo celeste más cercano a la Tierra, en realidad un minúsculo salto en la escala cósmica. A nosotros nos parece un primer paso hacia el universo, pero dudo que lo sea. Es cierto que algunos están motivados simplemente por la idea de dejar este valle de lamentos, pero no hay escape. Las distancias entre las estrellas presentan una barrera muy diferente a aquellas a las cuales se enfrentaban nuestros antepasados frente a océanos cuyas extensiones se desconocían o ante infranqueables montañas.

Si; hace años fuimos a la Luna y lo celebramos como gran proeza. Pero la proeza también dio lugar a la desilusión y al cinismo. Es común el comentario: “fueron capaces de ir a la Luna, pero” … seguido de gran cantidad de posibilidades – seguramente usted tiene su favorita. Y es cierto, logramos (o debo decir lograron) esa hazaña, pero ¿Mejoró nuestras vidas? ¿Mejoró el estado de las cosas en este planeta? ¿No será que fueron a la Luna porque se trataba de una competencia, ganarles a los soviéticos, un viaje para demostrar que el poder norteamericano era insuperable, una cuestión de ego nacional para seguir alimentando el complejo de superioridad? ¿Y después? Después seguimos sin comprender la verdadera lección de la Luna.

Al ver la foto desde la Luna de la “nave tierra”, debemos reflexionar que a pesar de toda su belleza también hay algo que esconde. El instante de la foto no permite ver la Tierra del humano parcelada en naciones que se arrancan los ojos cuando se considera oportuno. Desde la Luna se ve el “mármol azul”; las vetas rojas no se distinguen. La verdadera proeza sería lograr la paz en la Tierra. En la Luna es fácil; llegaron en paz, no hay humanos.

Entonces, ¿qué exactamente es lo que celebramos? O es que es algo para celebrar cuando hay tan poco. Fueron a la Luna en nombre de toda la humanidad, pero casi toda la humanidad no es capaz ni de llegar a la esquina. ¿Que sacó la humanidad? ¿Celebran la visita a la Luna en Cambodia, en Afganistán, en Bolivia, en Burkina Faso?

Irónicamente, esa magnífica aventura demostró lo torpes que somos; “fueron capaces de ir a la Luna pero…” aquí abajo no ha cambiado nada. No pudimos evitar que unos estrellaran aviones contra los edificios de otros, y que estos otros les cayeran a bombazos a los que no tuvieron nada que ver con los aviones y los edificios. Si, fuimos a la Luna pero…

A pesar de la alarma por el ebola o el zika este virus pasará como tantos, y quizá algún día ya no sea una amenaza si logramos una vacuna (a pesar de los tontos antivacunas). Pero es otro virus, el que no nos deja vivir en paz, es el virus de la ignorancia, mucho más mortal. Dese cuenta que el conocimiento en general y la ciencia como forma privilegiada de obtener conocimiento, es crucial para el futuro de los humanos (si es que esto realmente nos importa). Pero no olvidemos que no fuimos a la Luna por la humanidad y tampoco es la razón de un viaje a Marte.

Surge una tragedia por la situación paradójica en la cual nos encontramos: luego de lo que es un instante cósmico, aunque para nosotros sea un período largo de nuestra historia, después de notables vicisitudes materiales y mentales, nos encontramos al albor de comprender de qué se trata todo esto. Pero ese mismo conocimiento también nos ha llevado al borde del precipicio, amenazados por nuestras propias mentes, frente a problemas que podrían apagar la luz por falta de ojos para ver y mentes para pensar con claridad. Es como si una mano siniestra activara el interruptor, un instante después de que se iluminara la mente, permitiéndonos apenas una fugaz visión de bellas obras de arte, solo con tiempo para expresar admirados: ¡Ah, eso era!, antes de sumergirnos en la eterna oscuridad.

[1] Tema de un libro en imprenta: Daniel R. Altschuler y Fernando J. Ballesteros: Las Mujeres de la Luna, editorial Next Door, Pamplona.

 

 

 

 

Tengo razón

Posted on 1 CommentPosted in Ensayo

Podemos fácilmente perdonar a un niño que le teme a la oscuridad, la verdadera tragedia de la vida ocurre cuando hombres le temen a la luz.

Platón (423-347) 

pan

Detrás de la economía del conocimiento, tan de moda hoy, con la autopista informática y los medios de comunicación omnipresentes se esconde una gran mentira. Un fraude que penetra por los poros sin que nos demos cuenta, la gran confusión entre conocimiento e información, parte integral del capitalismo de ficción. Por otro lado, economía del conocimiento podría entenderse como poco conocimiento, a pesar, o mejor dicho justo a causa de la avalancha de información a la cual estamos expuestos, desde la escuela hasta la televisión, pasando por el internet. El problema se agudiza por el hecho de que una alta proporción de la información que recibimos es información manipulada, condicionada y escogida por un pequeño grupo de personas que controla su contenido y flujo, decide qué es importante y qué no es. Es un hecho que mucho es simplemente falso o al menos distorsionado.

Ya no es ficción la de Orwell[1] de un “ministerio de la verdad”, con su lema: Guerra es paz, libertad es esclavitud, ignorancia es fortaleza. La ignorancia relega a la mayoría a un proletariado intelectual, inmersos en antiguas supersticiones y creencias sin fundamento (por las cuales están dispuestos a matar o morir), mientras que una pequeña oligarquía que conoce, disfruta y se aprovecha del conocimiento. A la explotación material del pasado se acopla la explotación intelectual de la futura distopía[2].

La información, los datos, son necesarios para elaborar nuevas ideas como la de Darwin, que se pasó unos cuantos años viajando por el mundo en el HMS Beagle para obtenerlos. Son necesarios, pero no son suficientes, y allí está el meollo de toda la cosa. Las nuevas ideas tienen que surgir de la razón bien utilizada, ya que es muy común razonar mal, y muchas veces no razonar, actuar por instinto o por emoción, como cualquier otro animal, ya que, también a raíz de lo que comenzó con Darwin, somos animales. Para Descartes la razón era tan importante que la igualó a la existencia en su famoso “Cogito ergo sum”, (pienso luego existo) aunque yo conozco mucha gente que desafortunadamente existe sin pensar. Quizá les hayan asustado de pequeños diciéndoles: “No pienses mucho que te vas a volver loco”. Además, otra vez por el pecado de Darwin es al revés: existo, luego pienso.

Para generar conocimiento necesitamos evaluar la información, decidir acerca de su validez y de su importancia relativa, analizar cómo apoya o no alguna idea, defendiéndonos de la tendencia cognitiva de buscar información confirmatoria y descartar la contraria, es decir descartar aquella información que va en contra de nuestras ideas ya formadas. Lo habrá comprobado muchas veces: Una amiga(o) cree que el novio(a) anda con otra(o). Cualquier cosa que lo confirme, por más inocuo que sea será notado, mientras que prueba exculpatoria será posiblemente ignorada, o al menos puesta en duda.

Existen varios otros sesgos cognitivos bien estudiados que nos afectan: la tendencia a evitar la pérdida, la tendencia a ver orden en arreglos aleatorios, nuestras equivocadas intuiciones estadísticas y el hecho de que nuestra memoria es selectiva y reconstructiva, es decir que no recordamos todo lo que ocurre en cada instante de nuestra vida. Se nos llenaría el disco duro por decirlo así, y además nuestros recuerdos no son cosas almacenadas como si fueran una imagen en un álbum de fotos, sino que cada vez que se evocan se vuelven a generar, con errores naturales o inducidos, como ha ocurrido en los sonados casos de personas que “recuerdan” haber sido de niños violentados sexualmente por un pariente, llevando a prisión a más de un inocente. Nada más que por eso los evangelios no son ni historia ni biografía.

La tendencia a ver orden en arreglos aleatorios lleva a tales cosas como los famosos canales, o la más reciente cara, en Marte, o la visión de vírgenes en tostadas o manchas de grasa (que por cierto parecen una cara, pero de ahí a virgen hay un gran trecho, y si me preguntan a mí me parece más a la Monroe, que dudo fuera virgen). Lo que ocurre, como también nos enseñó Darwin, es que somos descendientes de aquellos que veían caras donde no las había, por la sencilla razón de que aquellos que no veían caras donde sí las había, no sobrevivían para dejar descendientes.

En muchos casos el error es consecuencia de razonamiento inválido. Es clásico el ejemplo de la oficina a la cual vuelven los empleados luego del almuerzo y la computadora tiene el mensaje: ”%/¡¡ 002 $$$··· fatal error – Windows”, y nadie sabe qué hacer. La cosa se trancó y siempre aparece algún genio que dice: “La última que la usó fue fulana”. Se asume sin razón alguna que cuando una cosa sigue a otra, la primera es causa de la segunda, por lo tanto, fulana dañó la computadora, por más que sea cierto que el efecto siempre sigue a la causa. Tan ubicuo es esto que lleva su nombre en latín: Se trata de la falacia Post hoc ergo propter hoc, (después de esto, por lo tanto, a causa de esto).

Cada vez que tomemos un asqueroso brebaje o nos claven agujitas para aliviar una dolencia, y la dolencia se alivie estaremos convencidos que fue a causa del brebaje o las agujitas. Mi médico me decía frente a un resfriado: si no haces nada más que cuidarte y tomar caldo de pollo se te va en una semana, si quieres te doy estos medicamentos y se te va en siete días.

No menores son nuestros problemas al pensar en probabilidades y coincidencias, pensando que “hay algo más” cuando no lo hay. Preferimos historias a estadísticas. Es común asombrarse cuando llama un amigo(a) que hace tiempo no llama:” ¡Justo estaba pensando en ti y llamaste!” El evento sirve para todo tipo de elucubraciones relacionadas a la telepatía y vibraciones universales, cuando no tiene nada de especial si pensamos en todas las ocasiones en que pensamos en nuestro(a) amigo(a) y no llamó. Pero de esas ocasiones nos olvidamos ya que no son memorables. También es cierto que, si un evento es improbable, digamos uno en un millón, esto no lo hace imposible y ocurrirá si hay sobre un millón de ensayos. Al fin y al cabo, alguien gana la lotería y no es un milagro. No es lo mismo indagar sobre la probabilidad de que a alguien le ocurra algo muy improbable, a indagar que a fulano le ocurra.

Aceptar argumentos inválidos o premisas falsas tiene consecuencias que van de lo inocuo hasta lo desastroso (la que más daño ha hecho es la creencia en un ser sobrenatural que nos creó y nos vigila y juzgará luego de la muerte). Así, si usted cree que poniéndose un collar de cuarzo se defiende de la “mala vibra” de otros, esto es bastante inocuo, y si le hace sentir mejor, aunque sea por razones equivocadas, no hay problema grave. Por otro lado, si aceptando los testimonios de otros, usted cree que yendo a Medjugorje (o donde sea) se va a curar milagrosamente de una enfermedad y por lo tanto no va al médico a tiempo, las consecuencias podrían ser desastrosas. Los milagros son producto de ignorancia y estadística, y muchas veces de ignorancia de estadísticas. Por razones obvias aquellos que rogaron por una cura y no se curaron, acabaron rogando por un cura y no dan testimonio.

La tendencia es aceptar lo que se divulga y suspender critica, creer por tradición, creer por autoridad o creer por fe, tres malas razones para creer. La fe lejos de ser una virtud es todo lo contrario, apoya la actitud irracional, el fanatismo que convierte al humano en un fatal y trágico hombre-bomba (y niños y niñas para que todos lloremos). En nuestra endeble democracia, sujetos a un creciente flujo de desinformación y propaganda, sin una formación de pensamiento crítico, muchos creen que es aceptable bombardear a otros países para imponer la democracia y la libertad, (sin darse cuenta de lo absurdo de la idea similar a curar una jaqueca pegándose un tiro en la cabeza). Parece que nadie se pone a razonar que por cada víctima inocente del terrorismo computarizado que cae del cielo (usamos el eufemismo: “daño colateral”), se generan cinco nuevos terroristas. La ley del Talión no sirve. La guerra es terrorismo, en ocasiones necesaria en este triste mundo para evitar o terminar con otro terrorismo previo, pero debe ser el último recurso, y debe emprenderse con gran pena, no con orgullo y fanfarria.

Así pensaba Albert Einstein: Cuando uno, con regocijo, marcha al ritmo de la música ya se ha ganado mi desprecio: ha recibido su gran cerebro sólo por error ya que para él su columna vertebral sería más que suficiente.  Esta deshonra de la civilización se debería eliminar lo antes posible. El heroísmo comandado, la violencia sin sentido, y el fastidioso patrioterismo, cómo los odio con pasión, cuán despreciable y perversa es la Guerra. ¡Preferiría ser destrozado a ser parte de una faena tan vil! Según mi perspectiva, matar en la guerra en nada supera al asesinato común.

La ignorancia y falta de razón, junto con el inexistente sobrenatural, nutren los batallones en los que arriesgan el pellejo los jóvenes más jodidos de la sociedad, que marchan con el cerebro lavado a morir o matar, quizá cantando el famoso himno que dice:

Onward, Christian soldiers, marching as to war,
With the cross of Jesus going on before.
Christ, the royal Master, leads against the foe;
Forward into battle see His banners go!
[3]

 

O acaso, alguno recordando el famoso poema de Alfred, Lord Tennyson de 1854 “The Charge of the Light Brigade” (grabado en un cilindro de cera en 1890 por Tennyson y disponible en internet como una voz de ultratumba), que conmemora la masacre sufrida por una brigada británica en manos de tropas rusas durante la guerra de Crimea (1853-56), cuya segunda estrofa dice:

“Forward, the Light Brigade!”
Was there a man dismay’d?
Not tho’ the soldier knew
Someone had blunder’d:
Their’s not to make reply,
Their’s not to reason why,
Their’s but to do and die:
Into the valley of Death
Rode the six hundred.

Es precisamenteel “Their’s not to make reply, their’s not to reason why, their’s but to do and die” que le da ese profundo aire trágico al poema, un sentimiento similar al mucho menos poético lema del fascismo musolinesco: “Credere, obbedire, combattere”.

Para justificar la violencia es necesario llenar los cerebros con cuentos de horror y odio, perpetuar los mitos y mentiras y evitar el razonamiento, ya que la violencia es contraria a la razón, por más que intentemos racionalizarla, lo cual es otra cosa. Porque si tiene algún sentido derribar un avión con gente que nada tiene que ver, alguien que me lo explique. Por eso mismo debemos intentar una educación distinta, para romper la maraña de cadenas que inmovilizan la mente y el espíritu humano y no le dejan cobrar altura. Una educación que ponga cómo pensar por sobre qué pensar. Pruebe con sus estudiantes o amigos a ver cuántos opinan que el siguiente razonamiento es válido: todos los seres vivos necesitan agua; las rosas necesitan agua; por lo tanto, las rosas son seres vivos. Si no lo logramos continuaremos con la absurda guerra contra la guerra y volveremos a quemar brujas y herejes como hacían hace no tanto, cuando en occidente perdimos la razón, como ahora ocurre en oriente.

Lo que importa es adquirir las destrezas para poder navegar un curso que permita una discriminación entre lo cierto y lo falso, lo posible y lo imposible, aquello bien fundamentado y aquello que no lo está, y de ese modo defendernos de los enredos propuestos por aquellos que quieren nuestro voto, nuestro dinero o nuestra devoción. Estas destrezas se adquieren cultivando un “temperamento científico”. Pero la razón compite dentro de nosotros con los deseos, emociones y creencias, que muchas veces salen airosas de esta confrontación.

Ya ve usted que interesante se hace el complicado mundo de nuestra mente cuando pensamos un poco, y estará de acuerdo que debemos cultivar la razón como si fuera una delicada planta exótica alimentándola con cuidado y protegiéndola de las plagas que la atacan, para que pueda florecer. Porque la historia nos ha mostrado lo que pasa cuando perdemos la razón. Tengo razón, ¿no?

 

[1] George Orwell, (2009). 1984. Colección: Áncora y Delfín. Barcelona: Ediciones Destino

[2] Opuesto de una utopía.

[3] Himno Inglés. Las palabras fueron escritas por by Sabine Baring-Gould y la música por Arthur Sullivan en 1871.

Mosquitos y fundamentalistas

Posted on 1 CommentPosted in Ensayo

mosquito

Ya casi estaba dormido cuando sentí el zumbido que se acercaba a mi oído izquierdo. Nuestra capacidad de localizar un objeto por su sonido cuando cerramos los ojos es asombrosa, y cuando el zumbador se detuvo, mi cerebro estimulado por visiones de chikunguña y dengue, interpretó un aterrizaje en mi mejilla y reflexivamente mi mano izquierda me dio una bofetada que me trasladó a los años de mi niñez. También me dejó el oído con un zumbido interno por un buen rato. No sé qué pasó con el mosquito.

El episodio se transformó en un sueño, bueno en realidad en una pesadilla, en la cual mosquitos del tamaño de una libélula me atacaban con probóscides semejantes a la aguja de una jeringa, que no picaban sino que se dedicaban a transfusiones de sangre. Todos soñamos, sueños lindos y sueños feos, las pesadillas por las cuales ingresamos a un mundo tenebroso fabricado por los amores y los temores de nuestro inconsciente. En ocasiones, alguno de los miles de millones de sueños soñados cada noche por todos los habitantes del planeta, se vinculan de alguna forma con algún evento real posterior (un accidente aéreo, la muerte de un amigo, un terremoto, etc.), pura casualidad pero para el que tuvo ese sueño la coincidencia se percibe como premonición, como un evento de gran impacto emocional, y de ahí surgen muchas historias asombrosas desde el punto de vista subjetivo que alimentan la superstición, pero inocuas desde el punto de vista objetivo. Algunos sueños pueden cambiarle la vida a una persona, y  en la temprana edad media, un tipo, que entonces era emperador romano tuvo un sueño acerca de una batalla sobre un puente, y como consecuencia cambió el curso de la historia.

Otro sueño célebre es el que tuvo el joven Rene Descartes el 10 de noviembre de 1619, mientras fungía como soldado del ejercito del duque de Bavaria, durante la guerra de los 30 años. El sueño (el último de tres que soñó esa noche), que para el fue un mensaje divino, lo inspiró a buscar la unificación de todas las ciencias, de todo el conocimiento por medio de la razón, arduo trabajo que culminó en el famoso “pienso luego existo”.

Cuando nos estamos por dormir, o al despertar ocurren cosas interesantes. Para evitar accidentes cuando soñamos, la mente dormida inhibe  impulsos motores ya que no sería beneficioso salir corriendo cuando soñamos que alguien nos persigue. (Han ocurrido lesiones en casos de personas que tienen este mecanismo dañado). En ocasiones esa desconexión se realiza con cierto desfase entre el estado de sueño y el de vigilia, y entonces ocurre lo que se conoce como parálisis del sueño, una incapacidad transitoria para realizar cualquier tipo de movimiento voluntario. Se conocen como estados de Hipnagogia (al dormirse) e Hipnopompia (al despertar). Durante el episodio, que puede durar unos pocos minutos, la persona plenamente consciente, es incapaz de moverse o hablar, se siente aprisionada, angustiada, en peligro y puede experimentar fuertes alucinaciones visuales, táctiles y sonoras. Muchas veces se perciben caras fantásticas y “visiones de otros mundos”. Algunos concluyen que fueron raptados, con motivos experimentales, por alienígenos. También se acompaña con la sensación de que un intruso está presente, “la vieja bruja” o en inglés “Old Hag”[1] y en la Edad media se concebían íncubos y súcubos que en la noche tenían relaciones sexuales con la persona dormida y producían un peso sobre el pecho que apenas dejaba respirar, y por lo tanto: “pesadillas”.

Regreso a los mosquitos. Son odiosos, más que las sucias moscas, más que las asquerosas cucarachas que serán las herederas del planeta, más que las arañas peludas que me paran los pelos.

Mi arsenal es bastante completo. He empleado unas pastillitas azules que se calientan y emiten insecticida que supuestamente los mata y que además respiramos. Digo “supuestamente” ya que nunca he visto un cadáver. Tengo varias cremas y lociones que los alejan, pero que al poco tiempo dejan de funcionar. Hasta me puse una pulsera antimosquito que nada mas de mirarla sabía que no funcionaria. Te la pones en la  muñeca y te pican en el pie y viceversa. También consideré un aparatito de ultrasonido que supuestamente los ahuyenta pero me ahorré el dinero al no encontrar pruebas de que sirva para algo. Compré un aparato con una luz ultravioleta y una trampa que los atrapa y los mata de hambre, pero aunque he visto otros insectos en la trampa, nada de Aedes aegypti, que es el que importa.

Algo que me falta es la jaula mosquitero que cubre toda la cama y evitaría que mi mano me castigara por la noche. Las había en Sur África cuando fui de visita, y opino que es una buena idea para dormir tranquilo. Aquí no se encuentran, y pienso que podría ser un buen negocio. Se trata de  un marco de madera adaptable al tamaño de la cama, que podría ser anunciado con un “jingle” que enfatizara el chikunguña y dengue (el miedo vende) para que usted y su familia duerman tranquilos. Por este medio le aviso que la idea la tengo registrada y si quiere negociamos…

Por otro lado,  la raqueta electrónica es maravillosa. Mata con un chasquido que causa placer, y en ocasiones se percibe un tufo a mosquito asado que acentúa nuestra satisfacción. Con un poco de práctica (ayuda que en su día yo jugaba tenis y ping pong) uno se convierte en un matador profesional. El entrenamiento es importante ya que los mosquitos como todo organismo evolucionan, y ya aquellos que volaban lenta y plácidamente no han dejado descendientes, al igual que no dejaron descendientes nuestros antepasados homínidos que cometían el error de no ver una cara donde la había. Somos por eso, descendientes de los que veían caras donde no las había, y así lo hacemos hasta el presente, y las vemos en tostadas y manchas de aceite, y les damos significados que no tienen.

Ahora los mosquitos vuelan en zigzag, y el swing tiene que anticipar este movimiento. Distinto cuando se encuentran en una pared, haciendo la digestión. En ese caso un ataque sigiloso, un acercamiento lento con la raqueta hasta que no tengan escapatoria, es la mejor estrategia.

No piense que los odio por odiar, no me molestan los ciempiés o las arañas que también pican, pero lo hacen en defensa propia y no por picar, y es sabido que la defensa propia es una justificación aceptada. Hasta toleraría compartir un poco de sangre si no dejaran ronchas y transmitieran algún virus (malas noticias envueltas en proteína), que además de los arriba mencionados, incluye los de la fiebre amarilla, malaria, el novedoso Zika y la fiebre del Nilo, entre otros. Según la organización mundial de la salud, se estima que Aedes (le llamo por su primer nombre ya que hay confianza) causa 50 millones de infecciones y 25.000 muertes por año. Más que alguna guerra.

Para los fundamentalistas no es cierto que todos los organismos evolucionaron de ancestros comunes, o al menos no el ser humano que es algo más que un mero animal, por más que yo no le veo la diferencia. Bueno si, hay diferencias, no todas para llenarnos de orgullo, y cuando pienso en las salvajadas que somos  capaces de cometer, ya sea en Treblinka, la ESMA o en el Oriente Medio, pienso que cualquier animal se sentiría ofendido de que lo consideráramos pariente. Si los animales fueran fundamentalistas y pensaran (casi un oxímoron), considerarían que somos el resultado del diseño por parte de un morón.

Es decir que según estos señores, que poco saben de ciencia y del universo, el asunto de la vida puede ser como lo explica Darwin y sus discípulos, con mosquitos y todo, menos nosotros que somos especiales, producto de un diseño divino (a su imagen y semejanza).

El Vaticano, menos extremista, ha tenido que aceptar las modernas teorías de la evolución, pero con ciertas reservas. Ya en 1950, en su encíclica Humani generis , el Papa Pío XII dice:  Por todas estas razones, el Magisterio de la Iglesia no prohíbe el que —según el estado actual de las ciencias y la teología— en las investigaciones y disputas, entre los hombres más competentes de entrambos campos, sea objeto de estudio la doctrina del evolucionismo, en cuanto busca el origen del cuerpo humano en una materia viva preexistente —pero la fe católica manda defender que las almas son creadas inmediatamente por Dios—.

En su discurso a la Pontificia Academia de Ciencias en octubre 22 de 1996[2] el Papa Juan Pablo II aunque finalmente admitió la evolución biológica, sólo lo hizo en parte ya que también postuló que hay una intervención divina en cuanto a la conciencia humana. Fue sólo medio paso. Dice: Hoy, más de medio siglo después de la aparición de la encíclica, (se refiere a Humani generis), los nuevos conocimientos conducen a reconocer en la teoría de la evolución más que una hipótesis. Más adelante : Pío XII había destacado este punto esencial: el cuerpo humano tiene su origen en la materia viva que existe antes que él, pero el alma espiritual es creada inmediatamente por Dios (“animas enim a Deo immediate creari catholica fides nos retinere iubet”). En consecuencia, las teorías de la evolución que, en función de las filosofías en las que se inspiran, consideran que el espíritu surge de las fuerzas de la materia viva o que se trata de un simple epifenómeno de esta materia, son incompatibles con la verdad sobre el hombre. Por otra parte, esas teorías son incapaces de fundar la dignidad de la persona.

Es decir que se acepta la evolución biológica en cuanto al cuerpo humano, pero la conciencia (o alma), requiere intervención divina. Lo que no queda claro, ya que se aceptan los hechos evolutivos en la historia del Homo sapiens es  ¿De qué “hombres” habla?: ¿Homo erectus?, ¿Homo habilis? ¿Homo sapiens neanderthalensis (con quienes compartimos genes producto de noches pecaminosas)? ¿Cómo hizo el todopoderoso para decidir cuando comienza la conciencia y la humanidad?

El extremo fundamentalista pretende ser científico, inventado la teoría del “diseño inteligente”, como alternativa a Darwin, ya que dicen que  es necesario para explicar cosas como el ojo humano, el proceso de coagulación y el flagelo bacteriano.  Aceptando esto último admiten entonces que también el resto no humano fue resultado de diseño, y eso incluye al mosquito y volvemos al inicio. Pero a mí me parece que el que diseñó al mosquito realmente era un sádico, probablemente el mismo que diseño el virus del VIH, y supongo que fue  el mismo que según los fundamentalistas nos diseñó a nosotros a menos que hubiera dos diseñadores distintos con habilidades diferentes, pero eso causaría jaqueca teológica. Bue, además no entiendo el diseño tan descuidado que no incluyó protección natural contra el mosquito, piel repelente quizá, como la corteza del nim (Azadirachta indica). ¿O es que no sabía?

Podríamos quizá explicarlo  como consecuencia del diseño por un comité de dioses, pero para eso tendríamos que regresar al Olimpo y anular el sueño de Constantino. En realidad nada cuadra, y la suposición de un diseñador para explicar el diseño aparente lleva ineludiblemente a la pregunta de quién diseño al diseñador en una regresión infinita. El diseñador indiseñado es nada más que una forma retórica de sacarle el culo a la jeringa. Quizá podríamos entender al mosquito como análogo vivo de nuestros royos mentales, las cosas que se nos ocurren cuando pensamos por pensar, cuestiones que ponen a zumbar nuestras neuronas y que ninguna bofetada puede eliminar.

[1] David J. Hufford (1982). The Terror that Comes in the Night. University of Pennsylvania Press.

[2]http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/messages/pont_messages/1996/documents/hf_jp-ii_mes_19961022_evoluzione_sp.html