En menos de 150 palabras

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1

El mozo me trajo el cortado. Leía el diario sobre la mesa de la acera del bar: Guerra en África. Me interrumpió una voz dulce que preguntaba si podía sentarse en la otra silla. Claro, dije, y alcé la vista para ver la chica morocha de ojos nerviosos, vestida con una camiseta demasiado liviana para la época. Hambre y sequía en el sur. Pidió un té de hierbas aromáticas y galletitas. Ataque aéreo en el lejano oriente. Una ráfaga de frío viento otoñal me dobló el diario. Le dio en el pecho y resaltó sus pezones. Asesinato de banquero. Me ofreció una galletita. Una bomba en la capital. Tomé una del paquete que tenía en su delicada mano. Abuso sexual en la Iglesia. – Buen día, me deseó y se fue con otra ráfaga que le dio en la espalda y le subió la falda. – Buen día contesté sonriendo, mientras se alejaba y leí: Chica desaparecida.

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2

Atardecía. Despreocupado en el mar con mi copa de vino, dejé que llegara la noche y sin darme cuenta, mi velero, animado por el viento llegó como si fuera un navío fantasma a otra costa. Con las primeras luces avisté un gigantesco paisaje de concreto, hierros retorcidos y cristales fracturados. Vi cientos de enormes aves negras de penetrantes ojos púrpura por todos lados, y nada más. Chillaban con aspereza. Una rozó el mástil y soltó una pluma. Lloré desconsoladamente y navegué para regresar sin mirar hacia el futuro. Mi esposa en el muelle me preguntó por qué el largo abrazo. – No, nada, – respondí, – tuve una pesadilla y me alegré de verte. Una ráfaga levantó una pluma negra del fondo del velero y se la llevó al mar.

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3

Postrado con los ojos entreabiertos, con un cansancio centenario, ya no sentía su cuerpo. Quizá las drogas lo aletargaron. Entonces cerró los ojos y en la pantalla del pequeño cine de su cerebro vio una imagen difusa e incolora. Enfocó, y con una sonrisa reconoció a su mamá que lo llevaba a su primer día en la escuela. Muchas imágenes siguieron, algunas muy claras, otras menos, paisajes sin nombre. Movía sus ojos lagrimosos para verlo todo. Apareció su padre que lo llevaba en hombros, luego un partido de fútbol, gol de Peñarol, después la cara de niña de su primer amor. El cumpleaños de la hija, y luego con su esposa remando un bote en un lago y súbitamente sobre un frío pico nevado. De pronto la pantalla oscureció. Sus ojos dejaron de moverse.

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4

Caí sentado y aterrado por el fuerte temblar de la tierra. Me levanté aturdido entre la polvareda y los aullidos de perros y animales, y corrí como pude hasta llegar a lo alto y desde allí, jadeante, vi la turbulenta pared negra que se acercaba en silencio.
Me estremeció el golpe frío y violento del agua y en el remolino burbujeante con la respiración congelada, una sombra gris me empujó como si yo fuera una liviana hoja en la brisa.
En la orilla, tirado entre riachuelos, pedazos de coral y sargazos pardos, vi como el delfín se alejaba.

El premio

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La ceremonia de premiación del “empleado del año” de la empresa era esperada con gran expectativa por los empleados. Por un lado, el premio era muy bueno y el jefe siempre traía alguna buena noticia, y por otro los ganadores pasados eran empleados muy apreciados por todos.

Era noviembre y ya los jardines de la pequeña empresa estaban cubiertos por un frío y delgado manto blanco. Las memorias del verano, con su competencia entre varios equipos de empleados para determinar cuál había logrado un área de jardín más vistosa, se habían desvanecido. Los colores del jardín veraniego sólo quedaban en las fotos que decoraban la pared a la entrada de la empresa. Aunque el clima de verano no era tropical, los grupos de empleados se las ingeniaban para hacer crecer toda suerte de flores tropicales de colores vivos y aromas exóticos. En años recientes los pobladores de este pequeño pueblo del norte visitaban los jardines que se habían abierto al público, ya que habían adquirido cierta celebridad en la zona.

El jefe apoyaba estas iniciativas ya que presentaban a la empresa como “ciudadano ejemplar” del pueblo y en más de una ocasión esto contribuyó a que se considerara favorablemente la empresa frente a algún problema causado por los tranques burocráticos que siempre surgen.

Para la premiación del mejor jardín, el jefe se presentaba con un delantal blanco y gorro alto de cocinero, y manejando sus largos instrumentos con gran habilidad se pasaba un par de horas frente a la barbacoa preparando deliciosas hamburguesas y “hot dogs” para todos. Una verdadera familia corporativa.

El salón de actividades se había decorado con ramilletes de flores al centro de cada mesa y antes de comenzar las actividades los empelados compartían con quesos, vinos y frutas. Los niños correteaban entre las mesas y aprovechaban las distracciones de los adultos para meter sus dedos en la fuente de chocolate líquido, que se encontraba en una esquina para acompañar a los helados que se servían,

A la hora pautada el jefe subió al podio adornado con guirnaldas verdes y le solicitó a uno de los empleados que diera una corta invocación. Jones, gordo y de poco pelo, leyó un texto que había preparado para la ocasión, orando por la paz y el progreso de la empresa. Amén.

Antes de anunciar al ganador, el jefe recordó a los presentes que cada uno era importante y agradeció la dedicación de todos. La selección había sido difícil, dijo, ya que había varios candidatos de gran mérito. El año había sido bueno para la empresa, y al igual que en años anteriores las ventas habían aumentado. La demanda por productos de calidad se sostenía y el éxito era de todos. Por esta razón el bono navideño de este año sería duplicado. La noticia causó fuertes aplausos y vítores por parte de los presentes. El bono permitiría lindos regalos para los niños.

Este año el premio se le entregaba al ingeniero Robert (Bob) Williams, por haber diseñado por iniciativa propia un mejor mecanismo que permitía bajar los costos de producción y automatizar parte del proceso de fabricación. Al mismo tiempo, gracias al invento el producto era más liviano y más confiable y de menor costo, lo cual ponía a la empresa en una posición muy ventajosa frente a la competencia. El modelo ZX21 ya era todo un éxito y las órdenes se multiplicaban.

Todo gracias al talento ejemplar de Williams quien al lado de su esposa y sus dos hijos (de cinco y siete años) vestidos especialmente para la ocasión, se sentía muy orgulloso al recibir de manos del jefe un pergamino, un jugoso cheque y dos pasajes para una inolvidable vacación en una isla caribeña.

En sus palabras de agradecimiento, Williams no dejó de mencionar a todos los de su equipo de trabajo, uno a uno por nombre, diciendo que sin su apoyo y el esmero con el cual habían preparado varios prototipos no se podría haber realizado el mejor producto. Prometió una gran fiesta en su casa para su equipo. Ellos, complacidos, volvieron a aplaudir. El ambiente era toda camaradería.

Williams cumplía doce años en la empresa, a la cual había ingresado como joven ingeniero luego de obtener su grado de una prestigiosa universidad. De las varias ofertas de trabajo que había recibido, esta no había sido la de mejor salario, pero el dinero no lo era todo, y al visitar varias opciones había decidido que lo que le gustaba era el ambiente de compañerismo que había detectado en esta empresa, y el buen carácter del jefe, que en el transcurso del tiempo se había convertido en un buen amigo.

Para la semana del viaje, una semana antes de navidad, los hijos de Williams (Mary y John) se quedarían con la tía Ángela, hermana menor de su esposa. El viernes antes del viaje los compañeros de su grupo prepararon café y trajeron un pastel de manzana para despedir a Williams.

Los grandes hoteles “todo incluido” lo incluyen todo, menos el verdadero sabor de la isla. Luego de un par de días, Williams y su esposa decidieron explorar el vecindario con un auto de alquiler, visitar playas cercanas y comer en un local típico la comida del lugar y no la comida del hotel, que era criolla adulterada. El pequeño restaurante junto al mar en el cual cenaron tenía un balcón decorado con bombillas de color. De una esquina se escuchaba una banda, aunque en realidad era una persona con una guitarra, es decir una persona rodeada de algunas cajas electrónicas de las que salía el resto de la música con ritmo caribeño. El hombre, que evidentemente había visto tiempos mejores, cantaba algunos calipsos nostálgicos de Harry Belafonte. La música salía de unos parlantes que también habían visto tiempos mejores. Afuera la luz anémica de la Luna, interrumpida por nubes negras, jugaba con las olas del mar. Williams y su esposa Sarah disfrutaban una segunda luna de miel gracias al premio.

Pasada la media noche quedaba poca gente en el local, aunque la música seguía. Bob y Sarah salieron del local tomados de la mano, riéndose de un viejo chiste que las piñas coladas consumidas habían transformado en muy gracioso. Al acercarse al auto una sombra saltó a interceptarlos Se quedaron inmóviles. Se quedaron mudos. El flaco greñudo les apuntaba con lo que aparentaba ser una pistola, que llevaba escondida dentro de una andrajosa chaqueta. La música se oía lejana.  Williams, aprensivo, se paró al frente de Sarah sin quitarle los ojos a la pistola. El flaco nervioso le decía algo que no entendía. Supuso que quería dinero. Metió su mano en su chaqueta. Lo hizo lenta y deliberadamente. No quería asustar al flaco nervioso. El flaco adelantó la pistola, nervioso. Williams vio el frío metal a la luz de la Luna. Sus ojos se agrandaron al reconocer lo que el flaco empuñaba: era la ZX21. Fue lo último que vio. El flaco nervioso disparó a quemarropa. La explosión se enredó con la percusión de la música. El fogonazo se confundió con las bombillas de color. La bala atravesó su corazón. La misma bala hirió a Sarah. Se desplomaron en silencio. El flaco desapareció en la noche nublada.

 

Pena de muerte

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1

Entraron al cuartel del barrio Naranjos de la pequeña ciudad del sur sin tener claro hacia dónde debían dirigirse. Él, alto, flaco, con bigote blanco, camisa blanca arremangada y brazos fibrosos tostados por el Sol. Ojos algo saltones y serios. Ella, enganchada de su brazo, de pelo canoso, frágil, zapatos negros con medias blancas. Sus ojos buscaban algo que indicara por cuál de los tres pasillos, que alguna vez habían sido pintados de verde oscuro hasta media altura, debían dirigirse. Al verlos en medio del zaguán, el inspector Gutiérrez, se levantó de su silla detrás de su viejo escritorio de madera oscura, ubicado en una esquina bajo la gallarda imagen del presidente, y les preguntó luego del saludo —¿En qué puedo ayudarles?

Pedro Díaz respondió con voz ronca de fumador —Venimos a reportar una persona desaparecida… —a lo cual agregó Maruja Vallejo de Díaz interrumpiendo con voz resquebrajada— M’ijo, mi hijo José Pedro.

Gutiérrez les invitó a sentarse en las dos sillas de madera ubicadas frente al escritorio. Tenían sus superficies pulidas por las muchas telas que en ellas se habían sentado y los brazos oscurecidos por la humedad de tantas manos nerviosas que de ellos se habían sujetado. Les ofreció café de una vieja cafetera ubicada sobre un estante. Para el, —Si gracias, con un poco de azúcar—; para ella, —No gracias—. Eran casi las diez y media de la mañana y Gutiérrez ya estaba aburrido. Faltaban dos horas para el almuerzo, y pensó que este casito haría que la mañana pasara más pronto.

Gutiérrez buscó una libreta de hojas amarillas y su bolígrafo, que finalmente encontró bajo unos cartapacios con marcas de grasa, y escribió algo. Luego, se acarició el bigote con el dedo índice y dirigiéndose a Pedro Díaz con mirada inquisidora le preguntó —¿Nombre de la persona? Tomó nota: lunes once de noviembre. José Pedro Díaz, soltero, treinta y seis años, domiciliado en el condominio Vista Dorada, quinto piso, 502. Visto por última vez el jueves treinta y uno de octubre en casa de sus padres. Maruja suspira y le entrega una pequeña foto. Gutiérrez mira la foto y sigue escribiendo: Empleado del Banco Universal. No se reportó al trabajo esta semana. Persona seria, trabajadora, no tiene vicios y pocos amigos. Todos los jueves cena en casa de los padres. Si por alguna razón no puede, llama para avisar. Maruja relata y Gutiérrez continúa: El jueves pasado no vino ni llamó. Al llamar a su apartamento solo contesta el automático. La vecina, Filomena García, dice que no lo ha visto ni oído, tampoco ha visto a su amigo Javier que visita con frecuencia. El automóvil de José Pedro, sin embargo, está en el estacionamiento.

Gutiérrez llama por teléfono y explica algunos pormenores, —Hay que mandar una patrulla a investigar. Los padres autorizan a que se entre al apartamento. La administradora del condominio tiene llave. Que reporten inmediatamente. — Luego se dirige a Pedro y Maruja —Por el momento es todo lo que podemos hacer, investigaremos y les dejaremos saber. Tranquilos; haremos todo lo posible para encontrarlo.  Que tengan buen día.

El salón de estilismo “Tu Sueño”, se encuentra no muy lejos del condominio Vista Dorada; unos diez minutos a pie. Gutiérrez y un oficial bajan de la patrulla y luego de observar por un minuto, entran. —Señores, ¿Corte de pelo?, ¿Barba?, —les dice por saludo la dueña Yari Pérez. —No, gracias —responde Gutiérrez luego de identificarse, y continúa en voz baja

—Quisiéramos hablar con Javier Méndez, cuestión de rutina. Yari señala con el dedo hacia el fondo del salón donde un joven atlético de tez bronceada, de pelo negro largo y lacio, con un diamante en una oreja, trabaja con el cabello de una señora. —Mi amor, este rojo oscuro te va a enmarcar la cara mejor que el tinte anterior, te va a quedar divino, ya verás. Gutiérrez carraspea —¿Javier Méndez?  La respuesta tiene algo de asombro —¿Si?

Hay en “Tu Sueño” una sala con una cocinita, mesa y sillas, y allí se sientan Javier y Gutiérrez. —Mi amor, regreso en seguida —le dice Javier a la clienta. Gutiérrez, incómodo, interroga. Los homosexuales le disgustan, piensa que es contra la naturaleza, y peor aún, contra su religión. Al salir, Gutiérrez le susurra al oficial —Éste, algo esconde.

El arresto ocurrió pocos días más tarde. Lo buscaron a la casa de su madre ubicada en un barrio humilde de la pequeña ciudad. Revisaron con insolencia su cuarto, se llevaron algunos papeles y un álbum de fotografías. Entre sollozos, la madre de Javier exclama —¡Mi hijo es un buen muchacho, jamás lastimaría a nadie!

Lo esposaron como si fuera un peligroso criminal y lo empujaron al asiento trasero de la patrulla, mientras los vecinos curiosos observaban. Chillaron las gomas de la patrulla. Al otro día, en las páginas policiales del periódico local, una corta nota informó: “Arrestan homosexual sospechoso de homicidio de empleado bancario”. La nota ofrecía pocos detalles: no se había encontrado el cuerpo, se sospechaban motivos pasionales o quizá robo, los padres de José Pedro desconsolados, clamaban por justicia. Una foto de Maruja llorando.

La nueva ley para acabar con la criminalidad había sido aprobada en la legislatura por aclamación poco tiempo atrás, “mano dura contra el crimen”. El presidente la había firmado en ceremonia especial —Se acabó con la violencia, la obscenidad, los actos que ofenden la moral pública —dijo solemnemente en su discurso— ¡Dios así lo quiere en la ley del talión!

El obispo, invitado especial, recitó del Deuteronomio —No tendrás compasión: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie. Los pocos opositores, los que argumentaban que la pena de muerte por fusilamiento era asesinato público, que la ejecución a dos semanas de la sentencia era un acto de barbarie, que no había espacio para apelar, fueron tildados de izquierdistas, de personas que no tenían carácter, de ser los mismos que aceptaban el asesinato del aborto, de preocuparse más por el victimario que por la víctima.

La nueva ley también estipulaba períodos de tiempo cortos para los procesos criminales, “para ser justos con los acusados”. Si no había juicio y sentencia dentro del término estipulado se debía dejar al acusado en libertad. Todos estaban de acuerdo que era injusto tener a alguien por un año en prisión esperando juicio para luego salir absuelto. El año no se le podía devolver. El argumento de que la vida tampoco se le podía devolver al que fuera ajusticiado por error, se descartaba aduciendo que en estos casos no había lugar para el error.

2

El juicio comenzó veintiún días después del arresto y acusación, tal como lo estipulaba la ley. Los testigos juraron con mano sobre la Biblia decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Los miembros del jurado, ocho hombres y dos mujeres, seguían con atención todos los argumentos.

Javier tenía ojeras oscuras y la de su ojo derecho se extendía purpúrea alrededor del ojo. Su tez había perdido el bronceado. Su mirada era nerviosa y evitaba mirar a los padres de José Pedro. Su uniforme gris claro de reo contrastaba con su pelo oscuro, rapado corto y sus ojos oscuros. Maruja solloza.

Aunque no se encontró nada importante en el cuarto de Javier, varias fotos del álbum confiscado lo mostraban en compañía de José Pedro, y algunas habían sido tomadas sobre un bote en el mar. Por la variada vestimenta y diferente entorno, no cabía duda que solían hacer esto con cierta regularidad. Era difícil establecer las fechas.

En el cuarto de Javier habían encontrado una camisa con flores tropicales rojas sobre un fondo verde, idéntica a la que vestía José Pedro en una de las fotos. Javier explicó que esa camisa se le había olvidado a José Pedro en su bolso, al regresar de un fin de semana en el mar meses antes de la supuesta desaparición. El fiscal pregunta si puede probar que no fue el fin de semana justo antes de la desaparición, y Javier admite que no hay forma de probarlo. El fiscal indica, además, mirando al jurado con gesto dramático, que aquí no se trata de una “supuesta desaparición”, José Pedro no se encuentra por ningún lado, sus padres no lo han vuelto a ver. Maruja solloza.

La policía declaró que no se pudo encontrar el cuerpo. Se había solicitado la colaboración de una psíquica, una que había sido recomendada por la lectora de Tarot de José Pedro, persona de mucha experiencia en la materia, y que hace unos años había dado con el cuerpo de un niño perdido en un parque. Se había buscado en todos los posibles sitios “oscuros y húmedos” como lo había indicado la psíquica, pero hasta el momento sin éxito. El problema era que el fondo del mar también es oscuro y húmedo, y era casi imposible encontrar un cuerpo en su vasta extensión.

Madame Fossard, la del Tarot, declaró que José Pedro la visitaba con frecuencia, que le preocupaba su vida amorosa, que le había dicho en varias ocasiones a José Pedro, un muchacho adorable, que su relación con Javier “iba a terminar mal”. José Pedro le había dicho en su última visita que había tomado la decisión de terminar con la relación, pero que estaba pensando cómo decírselo a Javier. Le había dicho que lo mejor sería poner distancia entre él y Javier, alejarse de todo por un tiempo, ya que sabía que éste no lo iba a tomar bien y que “no deseaba un desenlace trágico”.

Filomena García, la vecina, testificó que José Pedro era una persona callada, buen vecino. El día que a ella le trajeron un nuevo sofá, el le ayudó a mover sus muebles. Pero Javier le daba mala espina. Venía a visitar a José Pedro después del trabajo y se quedaba en el apartamento por unas horas. Las pocas veces que se encontraron en el pasillo del condominio, aunque saludó, claramente la evitó, “como si tuviera algo que esconder”. Del apartamento de al lado oía ocasionalmente algo de música y percibía aroma de incienso que se colaba por debajo de la puerta, pero nada inusual. Justo por eso recuerda que el miércoles seis le llamó la atención lo que parecía ser una discusión en el apartamento, aunque no podía entender las palabras.

El análisis de las grabaciones del contestador telefónico corroboraba las llamadas preocupadas de los padres, y una llamada el jueves siete en la noche en la cual una voz decía, — Nene, te vas a arrepentir. Un experto no tuvo dificultad en confirmar que se trataba de la voz de Javier.

Javier no negó haber dejado el mensaje, estaba alterado y pensaba que José Pedro se arrepentiría de haber acabado con la relación, y a eso se refería. Sí, perderse en un paraje solitario en el mar, buscar una playa solitaria era algo que hacían con frecuencia, les gustaba y podían estar juntos sin que les molestaran. Nunca más vio a José Pedro luego de la noche de la discusión.

Un experto de la fiscalía, con la cabeza rapada, habló dilatadamente de los problemas de violencia relacionados con los homosexuales. —Son personas mal adaptadas a la sociedad —declaró— que viven en un eterno conflicto y se han acostumbrado a vivir la mentira porque saben que Dios les castigará y pueden en ocasiones ser muy pasionales y violentos. Declaró que la Biblia decía claramente en Levítico 20:13 “Si alguien se acuesta con varón, como se hace con mujer, ambos han cometido abominación: morirán sin remedio; su sangre caerá sobre ellos”. Agregó con tono despectivo que uno ya había muerto. Maruja solloza.

El abogado defensor, conocedor de la Biblia, señaló que Levítico 19:27 también decía “No rapéis en redondo vuestra cabellera, ni cortes los bordes de tu barba”, pero el juez le indicó que el acusado aquí era Javier Méndez y no el experto de la fiscalía, y que se borrara del record su comentario.

La única en hablar bien de Javier fue Yari Pérez, la propietaria de “Tu Sueño”.

—Javier es un buen trabajador, cumplidor, querido por las clientas que siempre piden por él —testificó con simpatía— De su vida privada no sé nada, es tímido y muy reservado. Recuerdo que hace como un año dejó de ir los viernes a la discoteca con el grupo. Reclamaba, cuando los compañeros le molestaban, que lo dejaran en paz, que había encontrado el amor de su vida, que era secreto y que no se atrevieran a entrometerse.

Así también lo confirmó Ángel Luís, compañero de trabajo, quien además, dirigiéndose al jurado, les dijo que ser homosexual no tenía nada de malo, que él confesaba públicamente que lo era, y que ya era hora que cesara la persecución y el ostracismo que les llevaba a una vida al margen de la sociedad. El juez lo mandó callar, diciendo —Aquí no está en juicio la homosexualidad, sino un individuo acusado de un crimen horrendo. Murmullos entre el público. Maruja solloza.

Con el correr de los días, Javier lucía más nervioso y en ocasiones parecía estar ausente, en otro mundo. A veces rompía en un llanto callado. Su apariencia era cada día peor, su semblante cada vez más oscuro, su cara cada día más pálida, lo que sugería no muy buenas noches en prisión.  Sus respuestas a interrogatorios eran cada vez más confusas. Decía no recordar cuándo había conocido a José Pedro, no precisaba cuantas veces por semana se veían, y no recordaba hacía dónde se dirigieron el último fin de semana en bote, el “fatídico fin de semana” como lo describía el fiscal. La psicóloga asignada por la corte testificó que Javier sufría de amnesia traumática y que al igual que en los casos de abuso sexual, el sujeto no quiere recordar lo ocurrido. Ante la contundente agresividad del fiscal, y el buen trabajo de la psicóloga para ayudarle a recobrar la memoria reprimida, y para asombro de muchos, llegó el momento culminante del proceso, cuando confesó entre sollozos haber abandonado a José Pedro en medio del mar. Maruja se desmaya. Pedro Díaz, con su voz de fumador grita — ¡No mereces menos que la muerte! No había alternativa ante la confesión. Homicidio premeditado, primer grado. Culpable. Pena de muerte como lo estipula la nueva ley. A nadie le dio pena. ¡Que Dios nos bendiga!

Frente al cuartel, una vigilia silenciosa se formó bajo la luz de la luna menguante con velas y pancartas, “Basta ya con la depravación” y “Temed al Señor” decían. A las doce de la noche a la voz de ¡fuego!, los disparos se entreveraron con el sonar de las campanas de una iglesia cercana. Luego se escuchó un disparo solitario, tal como lo estipulaba la ley. Se había hecho justicia. La muchedumbre congregada sintió una brisa helada, aunque la noche era cálida. Se fueron en silencio y de prisa para olvidar cuanto antes porque sabían que estaba mal, sabían que Dios les ordenaba: “no matarás”. Pero hacía tiempo que, abrumados por la constante propaganda oficial y el miedo, se habían resignado. Ya a la semana había cosas mucho más importantes para considerar: una muy comentada cartelera boxística y un importante concurso de belleza. También, la telenovela del momento estaba en sus días “culminantes” y los apasionantes amoríos en el mundo real del galán ficticio de la novela eran tema de primera plana. Al cabo de un mes parecía haber pasado un año y pocos recordaban al ajusticiado.

 

3

El hombre entró al cuartel del barrio Naranjos. Tenía la cabeza rapada. Sus ojos saltones y cansados en su cara pálida, encontraron a los de Gutiérrez que lo miraba desde su escritorio de madera en la esquina, bajo la foto del presidente. —¿En qué puedo servirle? — preguntó. El hombre, vestido con un pantalón y camisa blancos, cinturón de cuero marrón, y sandalias también de cuero, se sentó en una de las sillas de madera, respiró hondo y dijo murmurando —No se a quien más acudir, he regresado de un retiro espiritual y me encuentro en una situación embarazosa. Le ruego que mantenga lo que le diré en estricta confidencia. —Si, claro —respondió Gutiérrez pensando en que ya casi era hora del almuerzo y se recostó en su silla. —Estoy buscando a un amigo, pero no aparece —continuó el hombre— He buscado por varios días y no lo he encontrado ni en su trabajo ni en su casa, la cual parece abandonada. Por razones personales, como le explicaré, no deseo que me reconozcan y ya no puedo hacer más indagaciones. Ni me he comunicado con mis padres ya que necesito tiempo para ver como justifico un acto que seguramente les ha causado angustia. Gutiérrez, algo contrariado porque ya tenía hambre y esto parecía que iba a tomar un rato, sacó de entre sus papeles del escritorio desordenado su libreta de hojas amarillas, y encontró su bolígrafo.

—¿Su nombre? —preguntó con tono aburrido. —José Pedro Díaz —respondió el hombre.

 

Un día como tantos

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Comenzaba el verano polaco del año cuarenta y tres, y ya no era necesario usar ropa gruesa y guantes todo el tiempo. Los guantes eran los que más le molestaban a Klaus, ya que entorpecían la manipulación de las armas. No era fácil sentir el gatillo con los gruesos guantes de cuero negro.[1]

El día refrescaba con el atardecer, mientras Klaus marchaba en fila india por el bosque. El aire húmedo olía a pino y algunos pájaros cantaban alegremente, pero nadie en la fila lo percibía, ya que sus mentes estaban ocupadas por otras cosas: por el trabajo que había que hacer y por sus seres queridos que habían dejado en lejanas ciudades. Klaus se sentía complacido ya que esa semana había recibido botas nuevas por las cuales había esperado dos meses, y temprano esa mañana las había lustrado. La lluvia de los últimos dos días habían dejado el sendero fangoso y algo resbaladizo, pero al menos sus nuevas botas con su gruesa suela lo protegían. Eso si, al regresar al cuartel iba a tener que pasar un buen rato limpiándolas otra vez, y para colmo le habían dicho que se había acabado la pomada negra.

La fila de Klaus no era la única que marchaba en silencio por el bosque esa tarde acompañada por una gigantesca serpiente de niebla que ondulaba entre los árboles. Como si fuera un espejismo otra fila paralela marchaba a lo largo de la suya. Hombres mujeres y niños  marchaban paso a paso con los soldados, sin saber que les esperaba pero con oscuros presentimientos, agravados por las sombras largas de los árboles y los bancos de niebla que eran fríos testigos de lo que ocurría, como si fueran fantasmas. Marchaban en un universo paralelo de tormento y muerte, de noche y oscuridad del cual no podían escapar. Aquellos que no obedecieron las órdenes cuando los fueron a buscar habían sido ejecutados frente a todos, sin miramientos, como si se tratara de perros sarnosos. Nada podían hacer. Les habían ordenado marchar en fila india y no era posible negarse.

Poco antes, un joven había roto la fila justo a la entrada del bosque, corriendo en dirección a un pequeño lago al cual nunca llegó. Al lado de Klaus marchaba una joven de pelo negro largo amarrado con dos presillas en forma de mariposa. Tendría veintidós años, pocos menos que él. Vestía una blusa blanca de algodón y una falda larga oscura que casi le llegaba a los tobillos.  Lo miró un par de veces con una mirada triste y a su vez orgullosa. Klaus pensó detectar una sonrisa pero luego pensó que no podía ser.

A los pocos minutos de marcha, que a Klaus le parecieron una eternidad, llegaron a un oscuro claro en el bosque y se ordenó a los judíos que se acostaran boca abajo sobre el suelo húmedo y fangoso. Una niña lloraba y no hacía caso, lo cual fue resuelto con un fuerte culatazo en la nuca. Cayó boca abajo. Algunos ancianos rezaban, otros, resignados, se postraron apretando el fango que les brotaba entre los dedos.

Klaus se quitó el guante negro de su mano derecha. El gatillo estaba frío. Cuando se dio la orden apuntó a la nuca de la chica como le habían instruido (genickshuss). Ella reposaba su cabeza sobre sus brazos cruzados, pero al disparar, su fusil subió un poco y le dio en el centro de la cabeza. Una masa sangrienta de cerebro y fragmentos de hueso le dio en la cara y le llenó de asco. El sabor de la sangre en sus labios le dio arcadas y ante un árbol cercano vomitó.

— ¡Mierda, mira lo que me hiciste! —exclamó mientras escupía— ¡Judía de Mierda!

Heinz, quien estaba a su lado y acababa de dispararle a un viejo barbudo, le brindó un pañuelo blanco con el cual Klaus se limpió lo mejor que pudo, la cara y el pelo ensangrentado. Luego tiró el pañuelo enrojecido al fango ya que Heinz, con una seña le indicó que no lo quería de vuelta. Habían sido compañeros en la escuela, en su Hamburgo natal, luego de lo cual cada uno fue por su lado. La alegría fue grande cuando se reencontraron en el batallón 101, y desde entonces andaban juntos y se ayudaban.

— ¡Así no puede ser, no puede ser! —exclamó Klaus exasperado, y Heinz se encogió de hombros. Klaus corrió hasta el pequeño lago, saltando por encima del cuerpo sin vida del que había intentado escapar y con las botas en el agua sumergió su cabeza varias veces en el agua fría.  —¡Mierda! —pensó— ¡Las botas nuevas!

Al regresar la compañía al cuartel Klaus vio a Berta, quien había salido a fumar un cigarrillo cuando regresaban los camiones con los soldados. De pelo rubio y cara redonda, Berta se adelantó coqueta y le dijo —¿Qué tal?

—Mal día —le respondió Klaus y le dio un beso en los labios— ¡Mira mis botas como quedaron! —Si —respondió Berta mientras observaba sus botas sucias— aquí las cosas también estuvieron difíciles. Los trenes no llegan y me he pasado al teléfono para resolver los problemas. Hay gente que no están ayudando como es su deber, no entienden que hay que trabajar a favor del Führer. (“Dem Führer entgegen arbeiten”)

Berta lo miró a los ojos. —Ven querido —le dijo— dame tu chaqueta para quitarle las manchas. No puedes presentarte de esta forma para la cena. Ya es casi hora y hoy la comida estará muy buena. Me lo contó mi amiga Helen que trabaja en la cocina. Llegó un camión con provisiones y hasta trajeron cerveza.

Klaus se sonrió, le dio otro beso y se dirigió a su cuarto, donde ya se encontraba Heinz.

—Que suerte que encontraste a Berta, es una buena muchacha —le dijo Heinz— tengo que buscarme una así yo también, pero es difícil en este lugar de mierda. Solo veo polacas asquerosas.

—Ah —le respondió Klaus— ¿Acaso quieres una judía de mierda? Ambos rieron y Klaus comenzó a limpiar sus botas con un paño.

—Berta me dijo que hoy la cena estará buena. Voy a ducharme rápido para tomarnos unas cervezas que llegaron con el cargamento de hoy.

—¡Cerveza!, eso si que me hace falta luego de nuestro difícil trabajo —exclamó Heinz.

Cuando llegaron al salón de la cena el bullicio era inusual, ya que en general el batallón se sentaba a cenar en silencio y la comida no era motivo de gran regocijo. La emoción la causaba el gran barril de cerveza fría que se encontraba en una esquina y la fila era larga. Se sentaron con Berta quien les esperaba como de costumbre. Ya sobre la mesa estaban dos vasos largos de cerveza fría con su buena cabeza de espuma, los cuales vaciaron casi de un sorbo.

—Voy en busca de más cerveza —dijo Heinz mientras se levantaba.

—Si tuviéramos esto todos los días sería más fácil —dijo Klaus.

—Claro —respondió Berta con una sonrisa— pero no estamos de vacaciones. Esto es una lucha  contra las fuerzas del mal. Debemos construir un Reich que sea Judenrein, de lo contrario ¡acabarán con nosotros!

Heinz regresó con las cervezas y anunció que ya estaban sirviendo comida, que había carne de cerdo con papas. Se levantaron a buscar de comer.

Comieron casi en silencio. El alboroto en el salón sucumbió poco a poco al sonido de platos, cuchillos y tenedores. Los soldados del batallón 101 tenían hambre.

—También hay una sorpresa para el postre —informó Berta, cuando terminaron de comer.

—La verdad que estaba delicioso y debemos aprovechar que la fila del postre aun no es larga —dijo Klaus. Heinz, afirmando con la cabeza se levantó.

Berta y Klaus le siguieron. El cantinero, con delantal marrón, servía con alegría una gran bola de mantecado de vainilla blanco como la nieve, y su asistente la cubría con una cucharada de salsa de fresa caliente. ¡Un manjar!

Berta y Heinz se deleitaban con el postre pero vieron que Klaus miraba su plato, miraba como las gotas de salsa roja resbalaban lentamente por el costado de la pálida bola de mantecado. Miraba y no comía. Heinz miró a Klaus y luego a Berta y se encogió de hombros frunciendo la frente.

—No puedo comerlo —dijo Klaus con pena en su voz, al notar el gesto de su amigo— será que comí demasiado, no tengo deseos. Heinz lo miró con una sonrisa y diciendo: —Gracias, yo me sacrifico —le quitó el plato y se comió la segunda porción.

Esa noche Klaus tuvo pesadillas, con visiones de cerdos ensangrentados que colgaban de ganchos en un matadero oscuro. De entre los cerdos, una mujer de cara muy pálida vestida de negro lo miraba de forma penetrante con ojos grandes y muy brillantes. Tenía fango en una mano y se lo tiró en la cara. Despertó bañado en sudor y sobresaltado y no se volvió a dormir.

Levantaron al batallón a las seis de la mañana y la formaron frente a su comandante en el patio del cuartel. —Meine Herren —comenzó a decir el comandante, Hauptsturmführer Hoffman— hemos constatado algunos problemas para nuestras tropas que entorpecen el correcto y eficaz ejercicio de nuestras operaciones y hemos decidido cambiar el modo de operar. De ahora en adelante se formarán pelotones de fusilamiento a distancia. Untersturmführer Kohl les asignará sus lugares. —Me alegro —le dijo en voz baja Klaus a Heinz quien estaba a su lado— no se podía trabajar así. Espero que haya secado el fango, me pasé una hora limpiando mis botas.

Heinz lo miró de reojo y se encogió de hombros.

[1] Inspirado por el libro: ‘ Schöne Zeiten’. Judenmord aus der Sicht der Täter und Gaffer. Ernst Klee, Willi Dressen, Volker Riess (Editores). Fischer (S.), Frankfurt. (1997)