Soledad desesperante

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Sintió que toda su vida era como un sueño y a veces se preguntaba de quien era y si lo estaría disfrutando.

Douglas Adams

 

Me encontraba hace años en el medio de un desierto. Sentado sobre una duna el silencio era tan intenso que oía el traqueteo que hacía mi sangre al fluir en mis oídos. Mantuve en aquel momento una conversación muy interesante conmigo. Hay momentos en los cuales uno desea estar solo. La soledad ocasional es una excelente medicina que permite comunicarnos y así reencontrarnos luego de mucho tiempo, para ponernos al día con nosotros mismos, para repasar lo pasado y visualizar el futuro. Es como si nos encontráramos con un viejo y entrañable amigo luego de muchos años en el exilio. Esta comunicación de yo a yo es importante para no olvidarnos de quienes somos de verdad, quitándonos todos los adornos que usamos para ser quienes no somos, para encontrar respuestas a esas interrogantes ocultas que a menudo nos atribulan, sin saber por qué, hasta que nos hablamos. Si no nos hablamos terminamos enajenados, divorciados de nosotros mismos, sin entender que hacemos en la vida sobre este majestuoso y triste planeta.

Sí, es buena la soledad por un día, frente al mar con sus iIMAG0495nterminables variaciones del azul y lejano horizonte curvo, indicador de una Tierra esférica. o, en lo alto de una montaña contemplando en la lejanía de un valle un pequeño poblado de techos colorados. O quizá, durante un atardecer ante un cielo pintado de tonos anaranjados cada vez más intensos a medida que se pone el Sol distante. Luego, frente al lienzo negro del cielo nocturno incrustado de diamantes nuestra soledad se acentúa, especialmente si sabemos que esas estrellas que vemos, miles de mundos solitarios, se encuentran a distancias incomprensibles. La distancia nos permite estar solos, sin vecinos, sin celular, sin radio. No, no es que nos permite, más bien nos obliga.

La soledad por un día, quizá hasta por una semana es sana, pero por más tiempo puede conducir a una soledad eterna, a un monologo sin fin, a entendernos solamente con nosotros y a no entender nada de lo que dicen los otros: la locura. Dicen que los locos hablan solos, pero no es así, hablan consigo mismo, lo cual es muy distinto. La soledad crónica conduce, luego de un tiempo, a la pérdida de memoria, a la ansiedad, a confusiones y alucinaciones hasta que el individuo pierde su humanidad. Este hecho ha sido constatado en múltiples instancias por los confinados a calabozo solitario, una tortura practicada en muchos países, incluso en aquellos que condenan la tortura en otros países.

Por las calles de las atestadas ciudades del planeta, Hong Kong, Buenos Aires, México o Nueva York, se desplazan torrentes de gente, desde la distancia no muy diferente al tráfico de hormigas que observo en estos momentos en una pared. Se amontonan en alguna intersección a la espera de un cambio de rojo a verde en una escena que parece el inicio de un maratón.

En ocasiones alguno se aparta del flujo para entrar en un callejón, mientras otros se unen al flujo como troncos que caen en un río. Caminan en la calle codo a codo, (como dice Benedetti en un contexto muy distinto), se miran, se huelen y en ocasiones sus miradas se cruzan para rápidamente desviarse. Cada uno se desplaza dentro de una especie de burbuja espacio-temporal, ajeno a los demás. No es necesaria la distancia para estar solos. Bastaría no desviar la mirada, dar un saludo o regalar una sonrisa, para salirnos de la burbuja, para regresar, aunque fuera por un instante, a la comunidad humana.

Vivimos cada vez más conectados, enchufados a la música, navegando por el ciberespacio de la autopista informática, pegados al celular y absorbiendo lo que nos transmite la televisión y la radio, como si fuera la luz del Sol que nos broncea. Para el Sol, recurrimos a lociones que nos resguardan de la parte peligrosa de su radiación, pero para la televisión y la radio todavía no existe tal filtro. Nos protegemos la piel, pero nos dañamos la mente.

Se podría pensar que de esta forma pasamos a ser ciudadanos de la aldea global, nos alejamos de la soledad, pero en realidad no es así. La televisión y progresivamente la autopista informática nos envuelven en un mundo virtual y crean la apariencia de comunidad. Recibimos información de todo el mundo, la gran mayoría irrelevante (y mucha falsa) para nuestro entorno y nuestras vidas. Nos es posible, gracias a la maravilla electrónica, ver el menú de un restaurante en Paris, ver la superficie de Marte en vivo (aunque está muerta) y en directo, y conversar con un perfecto extraño, («chatear» como se dice en buen español) esto último algo más relevante a nuestras vidas, ya que en ocasiones a alguna le ha costado la suya.

Esta ilusión de comunidad es peligrosa, justo por ser una comunidad virtual, un reality show que tiene poco de reality y mucho de show, un castillo en el aire, meramente una forma de entretenimiento que anestesia la mente y nos sume en una soledad de la cual no estamos conscientes. No es que yo esté en contra del entretenimiento, de construir algún castillo en el aire, de soñar. Todos lo hacemos, posiblemente lo necesitamos, y en ocasiones los sueños se vuelven realidad. El problema con los castillos en el aire surge cuando los pretendemos habitar. Aturdidos por el flujo de información, como preámbulo a la locura, nos hemos vuelto insensibles. una cacofonía de trivialidades tapa el dolor del mundo y así comenzamos a perder nuestra humanidad.

Las distancias que nos separan de un potencial vecino cósmico son enormes y habituados a las escalas terrestres, nos cuesta imaginar cuánto dista el astro más cercano: el Sol. Su distancia típica asciende a ciento cincuenta millones de kilómetros. ¿puede imaginárselo? Viajando a doscientos kilómetros por hora tardaríamos toda una larga vida en llegar a él, aunque esto no es recomendable ya que mucho antes de llegar su nave se evaporaría y a usted no le quedaría más remedio que evaporarse de igual forma.  pero la luz, que se desplaza a la elevada velocidad de trescientos mil kilómetros por segundo, sólo invierte ocho minutos en cubrir el trayecto.

El diámetro de la Tierra es de unos trece mil kilómetros. Si las dimensiones de la Tierra fueran las de una moneda pequeña, digamos la de un centavo, mejor conocida como chavo prieto (en puerto Rico), el Sol equivaldría a una bola de unos dos metros de diámetro ubicada a una distancia de unos doscientos metros. A esta escala, la Luna, que dista casi cuatrocientos mil kilómetros de la Tierra, se encontraría a algo más de medio metro de nuestro planeta (el chavo prieto) y sólo tendría el tamaño de esta O mayúscula.

No tiene sentido medir distancias cósmicas en las unidades que acostumbramos usar aquí en la Tierra como, por ejemplo, el kilómetro. un billón de ellos (no importa si son europeos a norteamericanos) no nos llevaría muy lejos en el universo. Es más conveniente expresar distancias grandes tomando como referencia el tiempo que tarda la luz en recorrerlas a su enorme velocidad porque eso nos permitirá emplear números más pequeños. De este modo, decimos que la distancia promedio de la Tierra al Sol es de ocho minutos-luz, en lugar de ciento cincuenta millones de kilómetros. La luz del Sol tarda unas cuatro horas en llegar a Neptuno, el planeta más alejado del Sol, así que decimos que se encuentra a cuatro horas-luz del Sol. Próxima Centauri, la componente menor del sistema triple de alfa Centauri, es la estrella más cercana al Sol, a unos cuatro años-luz de distancia. un año-luz (la distancia que atraviesa la luz en un año) equivale a 9.460.055.000.000 Km; esto ilustra por qué no es práctico usar kilómetros para hablar de distancias cósmicas.

La inmensa velocidad de la luz, idéntica a la de cualquier onda electromagnética, nos permite hablar por teléfono con otra persona situada al otro lado de la Tierra y obtener lo que parece ser una respuesta instantánea. pero si quisiéramos conversar con alguien en un planeta en órbita alrededor de próxima Centauri, el tiempo entre nuestro: «Aquí el planeta Tierra llamando, ¿cómo están ustedes?» y la respuesta que podría ser: «Aquí Próxima, no copiamos claro, ¿podrían repetir la pregunta?», sería de ocho años. No parece que esto pueda llamarse «conversación», como piensan algunos ocurre en el observatorio de Arecibo, sin considerar además el problemilla de traducción, ya que dudo que hablen lo que nosotros hablamos.

Volviendo a los diamantes del cielo nocturno, ellos son, en su gran mayoría, estrellas pertenecientes a nuestra galaxia, la Vía Láctea, una entre algo así como mil millones de galaxias que pueblan el universo. Grande, ¿no? La Vía Láctea tiene la forma de un gigantesco disco y está formada por estrellas, gas interestelar y polvo, además de materia oscura de misteriosa composición.

Si observa el cielo detenidamente desde un lugar oscuro, lejos de las luces de la ciudad, notará que la mayoría de las estrellas se concentran a lo largo de una banda de luz difusa que va de horizonte a horizonte. Es la Vía Láctea, la imagen de nuestra Galaxia vista desde la posición que ocupamos dentro del disco. Al observarla con binoculares, o con un telescopio (basta uno pequeño como el que usó Galileo por vez primera en 1609) se comprueba que la luz difusa proviene de un sinnúmero de estrellas demasiado tenues para poder apreciarlas a simple vista.

A la escala de nuestro modelito anterior del chavo prieto, próxima Centauri se encontraría a unos cincuenta mil kilómetros de distancia. Esto revela que la palabra cercana en este contexto, no significa tanta proximidad. Ah sí, por si no se había dado cuenta, el Sol es una estrella, bastante ordinaria, por cierto, y obviamente la más cercana a la Tierra.Cell1

El universo es un lugar de dimensiones inconcebibles, imposibles de imaginar. Garantiza nuestra soledad. El Sol se encuentra en lo que podríamos denominar los suburbios de la Vía Láctea, a unos treinta mil años-luz de su centro. La atracción gravitatoria de toda la Galaxia hace que viaje alrededor de su centro a la increíble velocidad de unos novecientos mil kilómetros por hora, (si, no sentimos nada pero a esa velocidad se mueve) de modo que invierte unos doscientos cincuenta mil años en completar una vuelta, lo que podría llamarse un año galáctico. En estas unidades la Tierra tiene una edad de dieciséis mil años y nuestra especie surgió hace tan solo un añito más o menos, de modo que somos unos recién llegados.

A pesar de esta realidad algunos continúan aferrándose a la absurda idea de que los extraterrestres, luego de atravesar estas ridículas distancias nos visitan. Se aferran a la idea que no estamos solos, me imagino porque conocen las consecuencias de la soledad extrema. Y la verdad es que si alguien, en un distante planeta, pudiera observar el nuestro, concluiría que hemos sido víctimas de la soledad. Estamos todos condenados a solitaria en este planeta.

Aun así, buscamos, para ver si acaso no estamos tan solos, como el preso que por una rendija busca ver un  rayito  de sol  o a otro. Utilizamos telescopios sensitivos para escudriñar el cielo, apuntando a las lejanas estrellas más cercanas para determinar si alrededor de alguna de ellas existe un planeta habitado por seres que también pudieran tener la conciencia de que están solos. Es difícil, pero buscamos con los mejores medios que disponemos, y hemos encontrado miles de planetas extrasolares.  Buscamos, soñamos que hacemos contacto o que nos vistan, que de esta forma se acaba nuestra soledad desesperante, que podremos escapar de la locura.

 

Chicxulub

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Sin que sea nuestra culpa, y gracias a ningún plan cósmico o propósito consciente, nos hemos vuelto, por la gracia de un glorioso accidente evolutivo llamado inteligencia, los encargados de la continuidad de la vida sobre la Tierra. No hemos solicitado ese cargo, pero no lo podemos renunciar. Puede que no sirvamos, pero aquí estamos.

Stephen Jay Gould[1].

 

Arte de Don Davis - NASA
Arte de Don Davis – NASA

Fue un día como tantos en el Cretácico, un día de solo 22 horas en un mundo algo distinto al que conocemos, cuyos continentes no estaban exactamente donde se encuentran hoy. Fue un día apocalíptico, triste y olvidado, recordado solamente sesenta y cinco millones de años más tarde por los descendientes de aquellos que sobrevivieron a la pesadilla[2].

Un gran cometa iluminaba las noches anteriores a ese día, confundiendo a las criaturas nocturnas acostumbradas a los ciclos lunares pero no a esta claridad adicional. La tarde se había nublado y una brisa húmeda acariciaba la Tierra tropical agitando levemente las palmas y helechos gigantes que adornaban la orilla del mar. Dinosaurios gigantescos se movían entre esta vegetación y pequeños mamíferos se escondían debajo de las piedras para protegerse de las pisadas del Tyrannosaurus rex. Un enorme pterosauro, un Quetzalcoatlus, con alas de 10 metros de longitud, más amplias que las de un avión pequeño, se precipitaba de un alto acantilado y apuntaba su largo pico en dirección a un banco de peces costeros.

Había pasado una tronada y un hermoso arco iris pintaba el cielo. Este arco multicolor se produce cuando gotas de agua actúan como pequeños prismas descomponiendo la luz del Sol en sus colores constitutivos y proyectándola en el lado opuesto del cielo. Algunos dicen que al final del arco iris hay una vasija de oro, un símbolo frustrante de un futuro mejor pero inalcanzable, ya que no se puede llegar al final del arco iris. Pero al final de este lo que había era la muerte. El cometa de la noche anterior era tan brillante que su cola se veía incluso en el cielo diurno y su brillo aumentaba vertiginosamente. El proyectil, del tamaño de una montaña, solamente tardó tres horas en atravesar la gran distancia que separa la Luna de la Tierra. En menos de un segundo atravesó la atmósfera terrestre y chocó con una violencia indescriptible contra la superficie de nuestro planeta. Ocurrió tan rápido que nadie se dio cuenta de lo que había pasado, ni aunque hubieran tenido mentes para preguntárselo. El más poderoso estruendo jamás escuchado, el coro de un millón de truenos fue lo último que muchos oyeron, y, al desvanecerse, dejó una onda de terror y muerte que envolvió el globo.

El objeto, de 10 kilómetros de diámetro, impactó con la energía de cien millones de megatones, perforó la corteza terrestre y dejó un cráter de 50 km de profundidad y 180 km de diámetro. El cometa o asteroide, en realidad no sabemos qué fue, vaporizó e inyectó en la atmósfera miles de millones de toneladas de material, más de 5 millones de kilómetros cúbicos de corteza terrestre. Ocurrió en lo que hoy es Chicxulub, una pequeño pueblo al norte de la península de Yucatán, a unos 20 km al noreste de la ciudad de Mérida, cercano a Chicxulub puerto, ubicado en la costa norte.

The_Great_Wave_off_KanagawaUna enorme ola de un kilómetro de altura, la madre de todos los tsunamis, atravesó el golfo de México, barrió la costa de América del Norte y las islas del Caribe, llegó hasta La Española actual y se adentró muchas millas en el estado de Texas, Estados Unidos, destruyendo todo lo que encontró en su camino, no quedó ni un yuyo. El polvo, el hollín y el humo que liberó a la atmósfera ocultaron la luz del Sol durante meses, quizá incluso años, y desencadenaron tal descenso de temperaturas que se congeló buena parte de la Tierra. Después, la gran cantidad de CO2 producido por el impacto y los incendios de los bosques del planeta inyectado en la atmósfera, provocó un incremento de las temperaturas muy por encima de los valores normales. Este golpe doble causó un colapso global del ecosistema con consecuencias nefastas para toda la vida. Murieron las plantas y, por tanto, también los animales que comían plantas, después los animales que se alimentaban de otros animales. El suelo de Chicxulub contenía mucho azufre, que en la atmósfera se convirtió en ácido sulfúrico y luego cayó a la superficie en forma de lluvia, con lo que terminó de rematar la ya gravemente herida Tierra. Como consecuencia de aquello perecieron las tres cuartas partes de las especies existentes, incluyendo los dinosaurios, y hoy conocemos aquel suceso como la gran extinción del Cretácico-Terciario. A medida que la atmósfera se fue aclarando lentamente, el material se asentó en una capa fina que cubrió toda la superficie. Como contenía material del proyectil, esta capa del registro geológico muestra una fracción alta de iridio, que, como he mencionado, es un elemento nada común en la corteza terrestre.

En el año 1970, el geólogo Walter Álvarez y su padre, el físico Luis Álvarez, quien recibió el premio Nobel de Física de 1968, se encontraban estudiando una fina capa de arcilla en la transición entre el Cretácico y el Terciario (K-T), en las montañas cercanas a la localidad italiana de Gubbio. (la mayúscula K con la que se abrevia el Cretácico viene de la palabra alemana Kreide, que significa greda o tiza, y se utiliza esta inicial para no confundirla con la C que sirve para aludir al Cámbrico.) El equipo de investigación de los Álvarez pretendía determinar cuánto tiempo representaba la fina capa de arcilla, ya que esto aclararía algunos hechos sobre la extraña extinción masiva que quedó grabada con claridad en el registro fósil al pasar de los sedimentos del Cretácico a los sedimentos del periodo Terciario a través de la capa arcillosa de varios centímetros de espesor. Esperaban esclarecer la siguiente pregunta: ¿se debió esta extinción a un suceso repentino producto de una catástrofe, o se trató de un evento gradual?

Imagine que usted deja caer gotas de tinta roja a un ritmo constante, digamos una gota por minuto, en un río, y que en una estación a un kilómetro río abajo realiza muestreos del agua una vez al día. Si el caudal del río es alto, la tinta se diluirá más que si el caudal es bajo, como por ejemplo durante una sequía. Con el correr de los años, usted podría reconstruir la historia del caudal del río midiendo la concentración de tinta en las muestras. Tal vez replique usted que una gota es una fracción tan pequeña de toda el agua del río, quizá nada más que una parte por mil millones o ppmm (lo cual equivale a un segundo en 32 años), que sería imposible de medir, y puede que así sea en el caso de la tinta en el río. Sin embargo, las técnicas modernas de medida permiten obtener la concentración de ciertas sustancias a un nivel de ppmm, y eso hizo el equipo de los Álvarez con el iridio en los depósitos arcillosos de la transición K-T.

Ellos razonaron que si el polvo de origen meteórico que impacta la Tierra de manera constante se deposita a una razón más o menos constante (como la tinta en el ejemplo anterior), entonces conocerían el tiempo que tardó en depositarse la capa en caso de lograr detectar la concentración de iridio en la arcilla (el agua del ejemplo anterior). Una concentración alta de iridio significaría que la arcilla se depositó lentamente acumulando mayor cantidad de iridio, mientras que una baja concentración implicaría una sedimentación rápida. La sorpresa fue grande cuando determinaron que la concentración de iridio, aunque solo de 10 ppmm, era altísima, mucho más alta de la encontrada en los sedimentos aledaños y mucho mayor que la que se podía esperar de la sedimentación constante del polvo meteórico. El iridio tenía que tener otro origen, había demasiado. Esta anomalía del iridio en la transición K-T se encuentra en todas las partes de la Tierra, lo cual demuestra que no se trató de un fenómeno local y permite concluir que se debió al impacto de un proyectil extraterrestre con un tamaño estimado en unos 10 kilómetros cuyo violento impacto dispersó el iridio por todo el planeta.

En 1980, la prestigiosa revista Science publicó un artículo titulado: «Extraterrestrial cause for the Cretaceous-Tertiary extinction», escrito por Luis

En las cercanías de Drumheller, Alberta, la erosión ha expuesto la transición K-T.
En las cercanías de Drumheller, Alberta, la erosión ha expuesto la transición K-T.

Álvarez, Walter Álvarez, Frank Asaro y Helen Michel, donde presentaron los resultados de estas investigaciones preparando el escenario para un gran debate científico que aún no ha concluido. Sin embargo, muchos años de cuidadosas investigaciones corroboran estos resultados y dejan poco lugar para dudar que hace sesenta y cinco millones de años ocurrió un gran impacto. El descubrimiento diez años más tarde de la naturaleza de la estructura hallada en Chicxulub, y la determinación de su edad (sesenta y cinco millones de años) a partir de estudios de los sedimentos, estableció la relación entre este colosal evento cósmico y la historia de la vida sobre nuestro planeta.[3]

Vemos, pues, que doña Fortuna ha desempeñado un papel importante, mucho mayor en la historia de la vida que el que muchos conocen. No hay nada más desafortunado que ser eliminado de la faz de la Tierra por el impacto fortuito de un pedazo de material que sobró de la época en que se formó la Tierra, como les ocurrió a los dinosaurios. (Bueno, si lo hay, si logramos desaparecernos motu proprio). Para nosotros, los mamíferos, aquello fue un golpe de suerte, un accidente que inauguró una nueva era: la nuestra, el Antropoceno.

 

[1] Stephen Jay Gould (1987). The Flamingo’s Smile: Reflections in Natural History. W. W. Norton & Company pág. 431.

[2] Esta entrada reproduce texto actualizado de: Hijos de las Estrellas (Akal 2015) del autor.

[3] Walter Alvarez (2008), T. rex and the Crater of Doom. Princeton Science Library.

OTRO CUENTO MARAVILLOSO: DE INFIERNOS, MONSTRUOS Y QUIMERAS

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Sin que sea nuestra culpa, y gracias a ningún plan cósmico o propósito consciente, nos hemos vuelto, por la gracia de un glorioso accidente evolutivo llamado inteligencia, los encargados de la continuidad de la vida sobre la Tierra. No hemos solicitado ese cargo, pero no lo podemos renunciar. Puede que no sirvamos, pero aquí estamos.

Stephen Jay Gould[1].

Que terriblemente absurdo es estar vivo, sin el alma de tu cuerpo, sin tu latido…

(Luis Eduardo Aute / Silvio Rodriguez)

 El otro día te conté un cuento maravilloso, mucho mejor que aquellos que te contaba antes de irte a dormir. Digo mejor, por la sencilla razón de que, en realidad, aunque parecía un cuento no lo era. Hoy te cuento otro, uno de infiernos, monstruos y quimeras. Es un poco largo, pero es que cubre una historia de unos cuatro mil millones de años, así es que no te duermas, que termina bien.

Había una vez, hace mucho, pero muchísimo tiempo, un pequeño planeta que se había formado luego de un largo proceso de gestación en la zona habitable de su estrella. Es ésta una zona que rodea una estrella en la cual la temperatura es tal que puede haber agua líquida en la superficie de un planeta, lo cual se considera esencial para la vida. Al fin y al cabo, somos mayormente agua.

LEarlyEartha superficie del planeta recién formado era inhóspita. Las cicatrices dejadas por el violento proceso de formación –el colosal choque de miles de objetos, algunos del tamaño de nuestra Luna, cada uno una hecatombe– eran aun claramente visibles. Como si fuera la superficie de la Luna se divisaban gigantescos cráteres, heridas de las cuales fluía roca fundida como si fuera sangre, que al encontrarse con lagos de agua los evaporaba instantáneamente. Interminables lluvias torrenciales devolvían el agua a la superficie para volver a evaporarse en el próximo encuentro. Explosiones de lava y roca le daban al aire, mayormente compuesto por dióxido de carbono, un fuerte olor sulfuroso, aunque no había nadie con el sentido del olfato que pudiera haberlo percibido.  El Sol de aquel planeta visto detrás de la atmósfera densa y brumosa brillaba escarlata con menos intensidad que en el presente, pero la gran concentración de dióxido de carbono mantenía la superficie caliente.

Si alguien hubiese visitado ese planeta, no tengo duda que habría pensado que se trataba del mítico infierno con sus noches iluminadas por el fulgor anaranjado de la lava. pero claro, no se puede visitar ya que es un planeta que había una vez, pero que con el correr del tiempo se transformó en otro muy diferente: nuestra Tierra.

En la noche, la Luna recién formada como consecuencia de uno de esos choques colosales, mostraba una cara mucho más grande que la que vemos al presente, y producía mareas gigantescas ya que se encontraba a una distancia mucho menor que la que media entre la Tierra y la Luna en la actualidad. Las mareas cubrían grandes extensiones costeras y dejaban lagunas que cada pocas horas volvían a ser barridas por la siguiente marea, porque el planeta giraba más rápido que hoy y por lo tanto los días eran mucho más cortos.

Pasaron millones de años y el planeta se transformó lentamente. La Luna se fue alejando y el Sol aumentó su brillantez.  La Tierra se fue enfriando, y los violentos choques dejaron de ser frecuentes, aunque cada tanto ocurría alguno. El agua evaporada se condensó en grandes cantidades formando océanos. La roca fundida se solidificó y nacieron las masas continentales que se movieron lentamente por miles de millones de años, hasta conformar el mapamundi que tuviste que colorear en la escuela.

En los cuerpos de agua cálida de aquella tierra primitiva, como si fueran enormes calderos, diferentes moléculas reaccionaron para formar nuevos compuestos, ocurrieron incontables reacciones, hasta que, en algún momento, una reacción formó compuestos que perduraron y se multiplicaron, moléculas particulares que más adelante formaron los primeros organismos. Es un misterio cómo ocurrió en detalle, un misterio que no dudo los científicos del futuro develarán, como lo hicieron con tantos misterios del pasado.

Si hubieras estado allí en el profundo pasado, recorriendo alguna playa como lo hacías de pequeña, buscando caracoles y pececitos atrapados en los hoyos de agua que quedan entre las rocas, tal vez habrías encontrado bajo el agua cálida unas estructuras redondeadas con una superficie babosa de un color verde azulado. ¡Habrías descubierto vida sobre aquel planeta! Fueron los primeros habitantes de la Tierra, los estromatolitos compuestos por capas de bacterias, las cuales con el correr del tiempo oxigenaron lentamente la atmósfera, creando así un ambiente propicio para seres respirantes, protegidos de la dañina radiación ultravioleta del Sol por la capa de ozono (el cual es una variedad de oxígeno). La vida no podría haber migrado de los océanos en los cuales surgió para conquistar la superficie de los continentes, sin esta capa protectora. El planeta amarillo y azul se transformó lentamente agregando el verde.

La composición de la superficie de la Tierra, incluyendo los océanos y la atmósfera, fue cambiando paulatinamente como resultado de una serie de ciclos geoquímicos que transportan compuestos de varios tipos entre varias partes del planeta. Estos ciclos naturales, que son extremadamente complejos, alcanzan un equilibrio tras largo tiempo manteniendo una proporción constante de dichos compuestos en el medio ambiente. El carbono del planeta, por ejemplo, se traslada constantemente por medio de varios procesos entre distintas reservas en el suelo, la atmósfera y el océano (el ciclo del carbono). Cualquier cambio en la rapidez de estos procesos cambiará la cantidad de carbono en una de dichas reservas. La atmósfera, que contiene una pequeña fracción de dióxido de carbono, es la reserva más vulnerable y la más importante para nosotros. Los sistemas biológicos forman una parte importante de estos ciclos y han alterado y hasta determinado la naturaleza física y química de la superficie de la Tierra. A su vez, esto ha repercutido en el devenir de la vida sobre la Tierra.

Además de su importancia en relación con el efecto de invernadero, el carbono es un elemento fundamental para la vida porque en él se basa la química de los seres vivientes. Nuestras sociedades industrializadas también se basan en este elemento. El carbono es especial ya que puede formar gran variedad de enlaces con otros elementos, incluyendo otros átomos de carbono, lo cual permite la formación de una enorme diversidad de moléculas de diferentes tamaños, estructuras, y propiedades: las biomoléculas de la vida.

Vida. De todos los incontables procesos que ocurren en el universo, la vida es el más importante, o al menos eso nos parece a nosotros, y por muy buenas razones. El registro fósil que es la ventana por la cual miramos el pasado de la vida, la bioquímica y la biología molecular no dejan duda acerca de los hechos básicos de la evolución biológica. Tu y yo, y todas las formas de vida del planeta, un árbol, un coquí, una bacteria o una vaca, somos en esencia la misma cosa, formados mayormente de hidrógeno, oxígeno, carbono y nitrógeno, con trazas de otros elementos como calcio, azufre y fósforo, todos creados en estrellas como ya te conté. Todos los seres utilizamos procesos bioquímicos similares y el código genético, la clave que determina como se escriben las instrucciones moleculares que dan lugar a que un organismo sea pez y otra ave, es el mismo en todos. No queda duda, somos la misma cosa, todos emparentados y descendientes de una célula primigenia. No hay experto que dude esto, y aquellos que lo cuestionan lo hacen por ignorancia o por razones políticas o religiosas a pesar de los hechos.

El concepto de evolución biológica, es de gran fuerza explicativa por su sencillez: observamos que se transmiten las características de un organismo de padres a hijos, es decir que hay herencia, y observamos que hay variaciones en algunas características de los descendientes, es decir que la descendencia es con modificaciones. ¡Este mecanismo, sencillo y automático explica todo lo que observamos!

En el transcurso de los eones esto llevó a un cambio en las propiedades genéticas de las poblaciones de organismos de la Tierra y en ocasiones al establecimiento de nuevas especies si de algún modo un pequeño grupo quedaba reproductivamente aislado del resto, quizá por una barrera geográfica. Es un proceso (selección natural) que ocurre quizá con cierta rapidez a una escala geológica, pero por millones de años puede existir una estabilidad genética que mantiene a una especie con poco cambio. Así, por ejemplo, un Homo sapiens de hace cien mil años se diferencia muy poco de uno del presente, excepto en su evolución cultural. La selección natural determina diferencias en las tasas de reproducción y supervivencia de distintas variedades las cuales tienen diferente capacidad para sobrevivir en el ecosistema dinámico en el cual están inmersos. Al ocurrir cambios en un ecosistema algunas especies no pueden sobrevivir y se extinguen, mientras que, en otros casos, las presiones filtran ciertas cualidades que contribuyen a la supervivencia de ciertos individuos que de esta forma contribuyen su aval genético con nuevas características a la población.

La gran mayoría de las especies que han poblado el planeta en el transcurso de su larga historia han desaparecido. Solo quedan algunos restos fosilizados de los habitantes del pasado, algunos de ellos monstruos más feroces que los de tus pesadillas, gigantescos dinosaurios con bocas más grandes que tu cuerpo, enormes pulpos que hacían estremecer a cualquier pez, lagartos del tamaño de un automóvil y feroces tigres colmillos de sable. En ocasiones la extinción fue abrupta y global, consecuencia de cataclismos causados posiblemente por el impacto de un cometa, evocación de la génesis del planeta. Sabemos que esto ocurrió hace sesenta y cinco millones de años cuando desparecieron súbitamente los dinosaurios junto a gran cantidad de otras especies. En otros casos la extinción fue consecuencia de cambios locales en las condiciones geofísicas, a los cuales ciertos organismos no se pudieron adaptar.

El cambio climático ocurrido en África hace unos cuatro millones de años transformó la selva tropical en una sabana más árida lo cual causó que ciertos simios caminaran en dos patas y desarrollaran paulatinamente sus facultades mentales para poder defenderse y sobrevivir frente a depredadores más veloces y fuertes que ellos. De este evento surgió más tarde la transición de Australopithecus (mono del sur) a Homo.

Aunque te parezca extraño,  a comienzos de este nuevo milenio, hay quienes sostienen una oposición encarnizada a la evolución, por considerarla contraria a una interpretación literal de la Biblia. Pero el Génesis y otros mitos antiguos de creación, no fueron escritos por personas que conocían las modernas teorías cosmogónicas o evolutivas. El mundo es como es y no como quisiéramos que fuera. Las Escrituras no tienen nada que opinar acerca del mundo físico o, recurriendo a las palabras del cardenal Caesar Baronius (1538-1607), historiador de la iglesia Católica: «El Espíritu Santo nos enseña cómo se va al cielo, no cómo va el cielo» (aunque queda el problemita de saber dónde es que está el cielo, el «más allá» como dicen, ¿no?)

Posiblemente, aparte de las dificultades teológicas, la evolución confronta problemas que se relacionan con la dificultad de visualizar un proceso que ocurre a escalas de tiempo tales que nuestras vidas son, en comparación, un efímero instante. Si pudiéramos observar otros mundos de forma similar a como lo hacemos al filmar en cámara lenta el crecimiento y desarrollo de una flor, observando millones de organismos que surgen, van, vienen y se transfiguran al compás y en conformidad con los cambios geofísicos que ocurren, sería quizá menos difícil. El mundo biológico y el mundo físico se relacionan de forma íntima en un baile de diferentes procesos, como si se tratara de un tango o una salsa cuidadosamente coreografiada, manteniendo el ritmo para no tropezar y caer.

La evolución no se rige por algún sentido de propósito, por un deseo de «mejorar» una especie y mucho menos nos tiene a nosotros como meta final. No hay una meta ni un diseño, tan sólo una serie de experimentos naturales causados por cambios al azar en la secuencia de los nucleótidos del ADN de algún organismo que provocan cambios aleatorios en el resultado. El ambiente selecciona quién sobrevive.

Homo sapiens fue capaz de superar muchas vicisitudes causadas por cambios climáticos que a su vez causaron cambios en la flora y fauna de alguna región. El registro fósil nos enseña un paulatino aumento en la capacidad craneal de nuestros ancestros, los diversos homínidos que habitaron África, desde el Australopithecus africanus al Homo sapiens, pasando por el Homo erectus y el Homo habilis entre otros. Somos generalistas, es decir que somos adaptables y versátiles y aunque para nada en particular excelentes, somos hábiles para mucho, sobre todo por la creciente capacidad mental que permitió una organización social, el lenguaje (que también permitió la mentira) y un aprendizaje único entre todas las especies. Es ésta la razón por la cual tuviste que ir a la escuela.  Esto permitió una relativamente rápida evolución cultural. pero solos, frente a un veloz guepardo, fuerte elefante, o ágil mono no hay mucho que podamos hacer. Estos especialistas, sin embargo, verdaderas máquinas expertas y adaptadas a nichos ecológicos específicos, son menos fuertes como especie a la hora de enfrentar cambios en el ecosistema. Fue nuestra mente, con su única capacidad de imaginación, la que facultó una evolución cultural sin par en el reino animal, evolución cultural que nos ha llevado a este mundo paradójico, ya que con el poder adquirido hemos puesto en peligro a nuestra propia especie y ya casi han desaparecido nuestros parientes más cercanos: los simpáticos chimpancés.

Es cierto que, como ningún otro animal, parecería que nos hemos librado de la dependencia de la naturaleza, peroomo ocurre frecuentemente, las apariencias engañan. Hemos encontrado varias formas de sobreponernos a los límites impuestos por nuestros endebles cuerpos. por medio de la tecnología, y en particular de la medicina, hemos superado ciertas cotas definidas por la selección natural. Es decir que la supervivencia de los mejor adaptados ha dejado de ser una ley infranqueable para Homo sapiens, o dicho de otra forma, hemos encontrado maneras de adaptarnos a condiciones que en otras circunstancias no nos hubieran permitido sobrevivir, y así, de una forma muy tenue nosotros mismos afectamos nuestra composición genética. pero la regla general de la vida a largo plazo es que o se cambia o se desaparece, algo que deberíamos considerar seriamente si deseamos no correr prematuramente la misma suerte de todos. Sí, la vida es un tango, pero hay que saberlo bailar.Chimère_GOW_III

En fin, somos una quimera. Claro, no un engendro con cabeza de león y cola de serpiente, sino que unos átomos que se combinaron de millones de formas para tener una conciencia. Una quimera de genética y cultura, una quimera de antiguas intuiciones grabadas en nuestras neuronas y nuevos pensamientos que pueden contradecir lo heredado, única en al reino animal. La quimera de las quimeras, sin duda un animal fabuloso. No porque alguna inteligencia lo haya diseñado ni porque esa fuera la meta de la evolución con nosotros en la cumbre, una idea arrogante y dañina. Es justo eso lo que es extraordinario, algo que surgió por ninguna razón en particular, y es por lo tanto un tesoro único. Pero ahora que estamos aquí, luego de ese proceso maravilloso, nos toca, nos guste o no, custodiar el resultado.

Luego de los largos miles de millones de años aquellas bacterias que son nuestros ancestros al final han logrado ver el universo a través de nuestros ojos. Si, es maravilloso lo que hemos descubierto y te deja llena de asombro. Parece un cuento, pero no lo es, aunque sea una historia fantástica. Aunque quedan muchos detalles por descubrir, así fue.

“Hay grandeza en esta visión de la vida, que, con sus diferentes fuerzas, habiéndose originado de una o pocas formas; y que, mientras este planeta ha ido girando de acuerdo a la ley de la gravedad, desde un origen tan sencillo, hayan evolucionado, y lo sigan haciéndo, una infinidad de las formas más bellas y maravillosas”.

Así termina una de las obras más importantes de la humanidad[2].

 

 

[1] Stephen Jay Gould (1987). The Flamingo’s Smile: Reflections in Natural History. W. W. Norton & Company pág. 431.

[2] Charles Darwin (1809-1882) “Sobre el Origen de las Especies por Medio de la Selección Natural”, 1859

Extraterrestres

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«Existen innumerables soles; innumerables tierras giran alrededor de estos soles de forma similar a la de los siete planetas que giran alrededor del Sol. Seres vivos habitan estos mundos.»

Giordano Bruno (1548-1600)

aliens-ETLa pregunta siempre surge, no importa cual sea el tema de mi presentación. No importa si hablo sobre los misterios energéticos de los centros galácticos o sobre el origen de los átomos, siempre surge. En ocasiones viene precedida de algo como: “Claro, yo sé que no lo puede decir, pero…” (¿Entonces para que pregunta?). Otras veces alguna pareja me la hace y al recibir el contundente negativo, se miran con ojos de conspiración con un leve codazo al otro, como diciendo: “Viste, te dije que lo iba a negar” (caso comprobado).

Una actividad para la cual utilizamos una pequeña fracción del tiempo disponible en algunos observatorios es SETI por sus siglas en inglés (Search for Extraterrestrial Intelligence). para buscar evidencia de sociedades tecnológicas que habiten algún planeta en orbita alrededor de alguna estrella relativamente cercana. La idea es que, si ellos usan ondas electromagnéticas al igual que nosotros para comunicar sería posible detectar estas débiles emisiones usando radiotelescopios, como uno de los más sensitivos del mundo, el de Arecibo. De paso, no estoy tan seguro que si alguien en otro distante planeta lograra detectar y descifrar nuestros programas de radio y TV y conocer el quilombo que hemos armado concluiría que aquí hay vida inteligente.  También es cierto: no hemos encontrado nada, niente, rien, como dicen, zilch, y cuando digo esto en público algunos dicen que se trata de una conspiración y otros casi me quieren matar. ¿Qué les pasa?

Ni que hablar de aquellos que dicen que no necesitamos telescopios y otras nimiedades ya que “ellos” se comunican con quien quieran por telepatía (aunque nunca dicen algo que ya no sepamos, y sea medio difícil separar una comunicación telepática de un mero pensamiento. Ellos sabrán.

En los últimos años hemos encontrado la evidencia de que hay planetas alrededor de otras estrellas, contestando así una pregunta milenaria. La evidencia es indirecta (pero definitiva) y no es posible estudiar a estos planetas ni con el más poderoso telescopio. Aunque los planetas son de masa mucho mayor que la de la Tierra, (ya que son los más fáciles de detectar), pocos dudan de que los hay similares a la Tierra. No sabemos si son cuerpos desolados, con superficies grises y estériles llenas de cráteres como las de Mercurio y la Luna, o si son gigantes gaseosos con enormes nubes de color como lo son Júpiter y Saturno. Quizá alguno sea azul, verde y amarillo, los colores de nuestra fértil Tierra, y contenga grandes cantidades de agua, por encontrarse en la zona habitable de su estrella. Es ésta una zona en la cual las temperaturas permiten que exista agua líquida, algo que suponemos es la quintaesencia de la vida. Acérquese al Sol y el agua hierve y se evapora, aléjese y se congela.

Aunque agua líquida parece ser necesaria para la vida, no es suficiente, claro, y se necesita otros ingredientes. Pero al menos en nuestro planeta, en casi todos los lugares en los cuales hay agua encontramos alguna forma de vida, hasta en los sitios que para nosotros parecerían inhóspitos. Si usted no conociera a nuestro planeta como lo conoce no buscaría vida en sitios como los helados polos o los secos desiertos de la tierra, las abismales y oscuras fosas oceánicas, Buenos Aires o San Juan, por mencionar algunos lugares en los cuales hemos descubierto que la vida sí sobrevive, a pesar de las circunstancias. Esto también nos enseña que debemos ser cautelosos al considerar la posibilidad de vida en otros lugares que aparentan ser inhóspitos.

Pero aún no lo sabemos y necesitaremos telescopios mejores para averiguarlo. Aunque se estima que hay miles, quizá millones, de planetas como la Tierra en nuestra galaxia, la Vía Láctea, encontrarlos es difícil y sólo tenemos precarias ideas acerca de dónde y cómo buscar. Mayor todavía es la incertidumbre en cuanto al surgimiento y duración de civilizaciones extraterrestres, una vez que haya nacido un planeta azul, verde y amarillo.

Basándonos en lo que ocurrió en este planeta, el único ejemplo del que disponemos, notamos algunas cosas que si fueran típicas nos indican que es baja la probabilidad de encontrar una inteligencia extraterrestre. Por un lado, sabemos que, aunque la vida en al Tierra surgió hace más de tres mil quinientos millones de años, formas de vida complejas solo aparecieron hace unos quinientos millones de años y Homo sapiens recién en los últimos doscientos mil años, un instante en la larga historia terrestre. Por otro lado, de los millones de especies que han poblado la Tierra, la gran mayoría extintas, solamente una desarrolló la capacidad mental como para preocuparse por estas cosas. Esta inteligencia nos ha dado la capacidad para diseñar todo tipo de armas de destrucción, pero no parece haber sido suficiente para que no las produjéramos. La consecuencia de tener esta limitada inteligencia será que no duraremos ni mil años más.

Quizá esto es algo general, como una ley cósmica, que obliga a una inteligencia cuando apenas cruza un umbral luego del cual es capaz de manipular su entorno, a hacerlo, y entonces se liquida. Similar a un niño que cuando apenas puede desarmar un juguete lo hace y luego llora por no poderlo armar. Es decir, es mucho más fácil destruir que construir. Sería entonces necesario coincidir en un breve instante cósmico para conocernos.

El espacio entre las estrellas es increíblemente vasto y mayormente vacío. Piense que, para llegar al Sol la luz, que viaja tan rápido que puede darle la vuelta a la Tierra en un décimo de segundo, tarda ocho minutos. Para llegar a la estrella más cercana al Sol (Próxima del Centauro) viaja por cuatro años. La mayoría de las estrellas que usted ve a simple vista en el cielo nocturno se encuentran a distancias de muchos cientos o miles de años-luz. Para viajar de un lado al otro de nuestra galaxia la luz tarda unos cien mil años. Sin duda: distancias difíciles de imaginar y difíciles de cruzar a cualquier velocidad.

Algunos opinan que no debe ser tan difícil, y que en realidad los OVNI (objetos voladores no identificados) demuestran que los extraterrestres se encuentran muy cerca de nosotros. Sería un viaje que a cualquier velocidad permisible (la máxima es la de la luz) tardaría cientos o miles de años. Pretender que luego de esta increíble odisea, estos seres mucho más avanzados que nosotros, y por lo tanto con nada que temer, al llegar finalmente a su destino se esconden en la noche para asustar a algún paisano es risible. Más ridícula es la idea de que estas naves del futuro, construidas con tecnologías que no somos capaces ni de imaginar, se estrellan miserablemente en algún remoto desierto, como se alega en el caso del fraude de Roswell, cuando se sabe que fue un globo militar (Proyecto Mogul).

Lo que no entiendo es cómo se pasa de OVNI a “extraterrestre”, al menos yo no le veo la lógica. Hay gente que insiste que los extraterrestres están aquí hace tiempo y que han tenido encuentros cercanos con todo tipo de seres extraños que vienen de muy lejos para visitarlos en lugares remotos de la Patagonia, o en un desierto de Arizona.  Afirman que fueron secuestrados por, o que fueron voluntariamente con, seres que se parecen sospechosamente a aquellos en la más reciente producción de Hollywood.

Si usted sabe algo de evolución biológica (eso que le debemos a Darwin, y que a muchos les molesta), comprenderá que nuestra topología (dos ojos, nariz entre medio y boca por debajo, etc.) es un accidente evolutivo terrestre y que ningún visitante de otro mundo será un humanoide, como testifican muchos. Nada más que por eso queda descartado, no importa si le agregan escamas o es de piel verdosa.

Hay un número sorprendente de personas dispuestas a creerse todo esto, e interpretan las negativas por parte de científicos y oficiales gubernamentales (incluyéndome), como confirmación de sus sospechas de que en el Observatorio de Arecibo (por ejemplo) nos comunicamos con ellos todos los días. Se sobreentiende que el gobierno mantendrá estas cosas en secreto (en este caso no se porqué).  La naturaleza de los observatorios astronómicos, abiertos a la comunidad científica y al público, haría muy difícil mantener tal secreto, aunque así se deseara.

Sin embargo, le confieso, que hay veces que pienso que simplemente no estamos buscando donde debemos y que es cierto que están aquí estos habitantes de otro mundo.

El viaje hasta la Tierra, un viaje atravesando enormes distancias, un viaje de muchos años que serán una buena fracción de sus vidas, por más largas que sean, un viaje aburrido y de final incierto, no es uno para el cual los ciudadanos de ese lejano planeta forman fila.

Pero, al igual que en algunos episodios de nuestra historia, es posible conseguir a gente dispuesta a ello, gente que no tienen nada que perder, posiblemente gente que debe escoger entre este viaje de alto riesgo o cadena perpetua por algún crimen, o quizás la pena de muerte. Eso me lleva a pensar que los extraterrestres podrían ser criminales desterrados (debiera ser desplanetados). y eso concuerda con algunas observaciones.

Queda claro que no deben ser individuos muy simpáticos que digamos, y naturalmente nuestra Tierra no les importa un rábano, y nuestras vidas menos. No son de aquí y menos son humanos. Puede que al principio les pique un poco la curiosidad y viajen de lugar en lugar, como lo hace el turista que desea coleccionar el mayor número de catedrales en el menor tiempo. Pero luego, esto les resulta bastante aburrido, como se sentiría usted si lo transportaran a la antigua Mesopotamia, o peor, a vivir con los neandertales en una cueva de la futura España. Imagínese que existencia pobre, sin TV, ni internet, ni nevera, ni comidas rápidas, ni tan siquiera papelitos amarillos que se pegan en las paredes de la cueva para ayudar a la memoria. Y después los antropólogos se preguntan por la causa de la desaparición de los neandertales. Para mí queda bien claro que nadie puede sobrevivir esas condiciones de vida.

En fin, decía que estos visitantes se aburren y creo que eso los lleva a hacer cosas que los delatan, y no me refiero solamente a asustar a la gente en la noche, aunque de niños hacíamos eso con nuestros primos para no aburrirnos.

Piense en los que se dedicaban a torturar “brujas” y a matar judíos como si fuera un juego, o los que juegan con picanas eléctricas, o los que son capaces de cortarle el cuello a otro con un cuchillo sin más.  Ningún humano hace eso, no, son extraterrestres. ¿Y que me dice de aquellos mal adaptados que secuestran una niña a la salida de la escuela para violarla? ¿Verdad que son de otro planeta? ¿Y aquellos que fingen creer en una autoridad moral superior para luego satisfacer sus impulsos sexuales con los niños del coro? ¿Verdad que no esperamos eso de un humano que respeta la vida y el planeta? Ni hablar de aquellos que estrellan aviones llenos de gente contra edificios llenos de gente o se transforman en bombas humanas para causar terror. No pueden ser humanos.

Pero al final, aunque quisiera que así fuera, no lo es, mi tesis se refuta fácilmente por lo que le dije más arriba sobre topología. No hay manera, no son visitantes de otros mundos, son de aquí, son humanos como usted y yo, y eso me da mucho miedo.

Alfa y Omega

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Si usted se comunicara con algún ser residente de un planeta que orbitara la estrella más cercana al Sol, el tiempo entre su: “Hola, aquí planeta Tierra saludando” y el “¿Podría repetir el mensaje que no copiamos claro?” de ellos, sería de unos ocho años.

La estrella más brillante de la constelación sureña del Centauro (al norte de la Cruz del Sur) es Alfa, luego le sigue en brillantez Beta, la siguiente es Gamma y así hasta que se acaba el alfabeto griego – de Alfa a Omega. Alfa Centauri es además la tercera estrella más brillante de todo el cielo, después de Sirio (a 8,6 años-luz de distancia) y Canopus (a 310 años-luz). La cosa se complica un poco ya que en 1752, el astrónomo francés Nicolas Louis de Lacaille descubrió que se trataba de una estrella doble, un sistema binario como lo son muchos.

Alfa Centauri A es una estrella amarilla algo más luminosa que nuestro Sol mientras que Alfa Centauri B, es de color naranja y más pequeña, con solamente la mitad de la luminosidad del Sol. Ambas giran entre sí por la mutua gravitación tardando unos ochenta años en completar una vuelta.

No fue hasta el año 1839 que se pudo determinar la distancia a la cual se encuentra este sistema de estrellas– 4.4 años luz  o 41.6 trillones de Km. – y recién en 1915, Robert Innes, director de un observatorio astronómico en Johannesburgo, Sudáfrica, determinó que una estrella roja y pequeña también pertenecía al sistema de Alfa del Centauro (C). Esta se encontraba algo más cerca del Sol que las otras dos por lo cual se la llamó Próxima del Centauro, la estrella más cercana al Sol. Más allá del sistema triple de Alfa del Centauro, la siguiente estrella más cercana es la estrella de Barnard a una distancia de unos seis años luz.

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Vemos las brillantes del Centauro y en el centro del círculo rojo a Próxima
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Próxima en el centro

Si hubiera un planeta en una órbita adecuada alrededor de una de las estrellas de Alfa del Centauro, y si sobre su superficie hubiera surgido la vida y evolucionado hasta un punto en que surgiera un ser capaz de desarrollar una tecnología, con comunicaciones y telescopios, es posible que ahora estuvieran escuchando nuestros lamentos del 2011, o alguna otra noticia generada por la violencia humana. Naturalmente decidirían ponernos en la lista negra, aunque fuera posible visitarnos

Por otro lado, conversar con ellos, como indiqué arriba, no es posible (sin entrar en la cuestión del idioma) por la enorme distancia que media entre ellos y nosotros y por el hecho de que ninguna señal, pueda propagarse a una velocidad mayor que la velocidad de la luz, la cual es enorme. Piense que la luz le  puede dar la vuelta a la tierra en un décimo de segundo, pero aunque sea enorme su velocidad, tarda cuatro años en llegar a Próxima, lo cual es el significado de decir que la distancia a Próxima es de cuatro años-luz. ¿Cómo lo sabemos?, gracias a los Griegos.

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Por si quiere buscar a Próxima Centauri con su telescopio aquí un MAPA  (versión pdf)

Hace más de dos mil años que los Griegos Tales de Mileto, Pitágoras de Samos, y Euclides de  Alejandría sentaron la base de la geometría y en particular estudiaron las propiedades de los triángulos,

demostrando varios teoremas, como el famosísimo teorema de Pitágoras relacionado a los triángulos rectángulos que se enseña en las escuelas y otros sobre las relaciones de proporcionalidad e identidad de triángulos.

 

Es asombroso que de las sobre 400 demostraciones geométricas que Euclides presenta a partir de solamente cinco sencillos postulados[1] en su tratado de geometría (escrito hacia el año 300 a.C.),  no se ha encontrado error alguno. Recién a principios del siglo XIX, los matemáticos Johann Carl Friedrich Gauss (Alemania, 1777-1855),  János Bolyai (Hungría 1802 – 1860), y Nikolai Ivanovich  Lobachevsky (Rusia,1792-1856), construyeron nuevas geometrías que no incluían el quinto postulado, geometrías “no-euclídeas”, que resultaron importantes para la física moderna y la cosmología. Un ejemplo lo es la geometría de la superficie de una esfera, como la Tierra, sobre la cual dos rectas paralelas norte sur en el ecuador se encuentran si las prolongamos, en los polos. De igual manera existen espacios de tres dimensiones que son “curvos”.

El trabajo de estos griegos precoces forma la base de la agrimensura. Cuando usted ve a un señor con una regla graduada parado en un sitio y otro que observa con un teodolito, montado en un trípode, que no es otra cosa que un instrumento para medir ángulos con gran precisión, lo que están haciendo es utilizando la geometría de Euclides para medir distancias y diferencias en ángulo construyendo un triángulo para luego calcular, mediante la geometría de Euclides aquello que les interese.

Para medir la distancia a un objeto inaccesible lo único que se necesita es observarlo desde dos puntos separados por una distancia conocida – la base –  y medir los ángulos del triángulo formado por la base y el objeto en cuestión, o lo que es lo mismo, (ya que los tres ángulos de un triángulo suman 180 grados) determinar el ángulo que subtiende la base vista desde el objeto cuya distancia deseamos medir.

Cuanto más distante se encuentre el objeto más difícil es medir el ángulo, el cual se torna diminuto con la distancia. Por ejemplo si usted observa una moneda de 25 centavos norteamericanos (una “peseta” en Puerto Rico) o una de un euro, desde una distancia de tres metros, el ángulo que subtiende será de medio grado igual al ángulo que subtiende la Luna vista desde la Tierra. Por otro lado esa misma moneda puesta a una distancia de 5 Km. subtendería un ángulo de un segundo de arco, (1/3600 de grado) muy difícil de medir.

La Tierra es demasiado pequeña para contener una base suficientemente larga como para medir la distancia a una estrella. Es que la más cercana (después del Sol, claro) se encuentra demasiado lejos y los ángulos imposibles de medir. Pero hay otra posibilidad. En su órbita anual alrededor del Sol, la Tierra recorre un circulo (casi, en realidad es una elipse) cuyo radio es la distancia Tierra-Sol (llamada la unidad astronómica o UA) que es enorme – 150 millones de kilómetros – sobre diez mil veces el diámetro de la Tierra. Si observamos una estrella en algún momento del año y luego, seis meses más tarde, cuando la Tierra está al otro lado de su órbita, la observamos nuevamente lo estaremos haciendo desde un punto que dista unos 300 millones de Km. del primero, es decir dos UA. Con esta línea de base se pueden medir ángulos, al menos para estrellas no muy lejanas y comenzar a cartografiar el cosmos. En astronomía, este ángulo se llama paralaje y se define como la mitad del ángulo que subtiende la órbita terrestre vista desde la estrella

Fue así que en 1838 fue posible medir la primera distancia a una estrella – 61 Cygnus en la constelación del Cisne (es un sistema doble) – medida realizada por Friedrich Wilhelm Bessel, matemático y astrónomo alemán,  que obtuvo una distancia de 11 años luz (correspondiente a un diminuto ángulo de paralaje de dos décimas de segundo de arco). Sabemos hoy que es la catorceava estrella más cercana al Sol. Desde entonces se ha medido el paralaje a miles de estrellas con cada vez mayor precisión. De paso, la detección de este diminuto ángulo fue la prueba que faltaba de que era la Tierra que orbitaba al Sol.

Se habrá dado cuenta que la unidad astronómica – la medida de la línea de base del triángulo con la estrella – es clave para este trabajo. El primer intento de medir la distancia al Sol lo realizó el gran Aristarco de Samos (310 – 230 a.C.) astrónomo y matemático griego que postuló un sistema heliocéntrico, (como el que iniciara la revolución copernicana casi dos mil años más tarde).  Intentó medir  las distancias a la Luna y al Sol en relación al radio de la Tierra utilizando el modelo heliocéntrico y triangulación, pero sus resultados, especialmente para el Sol, adolecían de gran error por lo limitado de sus instrumentos. Obtuvo una distancia a la Luna tres veces más pequeña que la real, y para el Sol subestimó la distancia por un factor de 60. Recién en el siglo XVI se realizaron medidas de la distancia al Sol (utilizando medidas de la distancia a Marte y las leyes de Kepler) cuyos resultados eran cercanos al valor moderno obtenido por estudios de radar en el sistema solar que dan una medida precisa de la UA – 149 597 870 691 ± 30 metros, o redondeando: 150 millones de km.  La Tierra, por definición, se encuentra a una UA del Sol, Plutón (el que ya no es planeta) se encuentra a 40 UA y el objeto humano más distante, la nave Voyager 1, que partió de la Tierra en 1977, se encuentra a unas 134 UA. Próxima del Centauro se encuentra a 270,000 UA. Si Voyager siguiera hasta allí, llegaría dentro de unos 40,000 años.

Hiparco de Nicea (aproximadamente 190 a 120 a.C.) fue un astrónomo, geógrafo y matemático griego  que sucedió al famoso Eratóstenes de Cirene (276 a 194 a.C.), como director de la Biblioteca de Alejandría. Hiparco, utilizando solamente sus ojos como instrumento, confeccionó un catálogo de 1080 estrellas, indicando sus posiciones en el cielo y su brillantez relativa, el primero de una serie de catálogos del cielo cada vez más abarcadores y precisos. La estrella más lejana visible a simple vista es Deneb (Alpha Cygni) a una distancia aproximada de 1500 años-luz.

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Esta imagen de todo el cielo se construyó utilizando los datos de Hipparcos. Así veríamos el cielo nocturno si nuestros ojos tuvieran la capacidad. La banda horizontal de estrellas es la Vía Láctea

El satélite astrométrico Hipparcos (se necesita un satélite para evitar las distorsiones causadas por la atmósfera) lanzado por la ESA (European Space Agency) en 1989  ha medido la distancia de sobre cien mil estrellas con alta precisión (ángulos del orden de una milésima de segundo de arco), equivalente a medir el ángulo de una moneda desde una distancia de 5000 kilómetros. Ha medido distancias de varios cientos  a algunos miles de años-luz (y esto para un astrónomo es a la vuelta de la esquina).

Luego del éxito de la misión Hipparcos, la misión “Gaia” (lanzada en el 2013), está haciendo un inventario de mil millones de estrellas (si, ¡mil millones!) en nuestra galaxia durante cinco años, permitiendo construir un mapa tridimensional de las estrellas de la Vía Láctea hasta una distancia de treinta mil años luz midiendo ángulos tan pequeños como 25 microsegundos de arco, lo cual equivale a medir el grueso de un pelo humano desde una distancia de mil kilómetros! Encontrará también, aunque de forma indirecta, miles de planetas, vaya a saber si alguno habitado.

Le debemos mucho a esos griegos olvidados que enseñaron que la razón era el fundamento del conocimiento, que ese era el camino de la verdad, que su forma de pensar era la que nos permitiría conocer al universo. Quedaron opacados y perdimos más de mil años por el dogmatismo religioso que se apoderó de la mente humana, la encerró y tiró la llave. Mentes prisioneras en un laberinto oscuro y húmedo, catacumbas del cerebro en el cual surgieron demonios como hongos venenosos, y densas telas de araña que bloquearon la luz.

Luego de ese milenio y gracias a los árabes que tradujeron, preservaron y en ocasiones ampliaron el trabajo de los griegos adquirimos la llave para liberar la mente, aunque no pudo volar alto. El pesado bagaje de mil años no lo permitió.

Uno se pregunta dónde estaríamos ahora si no fuera por esa prisión milenaria, por ese plomo mental. ¡Tanto tiempo perdido! ¡Tanto sufrimiento por no haber entendido, por habernos entregado a la irracionalidad y a la superstición! Uno se pregunta si estaremos comenzando otro milenio especial, pero no el reino divino que un creciente sector pregona creyendo el absurdo cuento del Apocalipsis con un nuevo Alfa, sino un nuevo milenio de razón encerrada, un Omega de noche y niebla. Mucho me temo que como van las cosas en este planeta, eso es lo que nos espera, y que el día que lleguen los extraterrestres (por equivocación) se quedarán estupefactos al descubrir nuestra patética historia.

[1]

  1. Desde cualquier punto se puede trazar una recta a cualquier otro punto.
  2. Toda recta se puede prolongar indefinidamente.
  3. Con cualquier centro y cualquier distancia se puede trazar un círculo.
  4. Todos los ángulos rectos son iguales.
  5. Si una recta, cortando a otras dos, forma los ángulos internos a una misma parte menores que dos rectos, las dos rectas prolongadas indefinidamente se encontrarán de la parte en que los dos ángulos son menores que dos rectos. (Rectas paralelas no se cortan al prolongarse indefinidamente)

 

 

Un cuento maravilloso

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In the beginning the Universe was created. This has made a lot of people very angry and been widely regarded as a bad move.

En el inicio fue creado el universo. Esto ha causado gran  enojo a mucha gente y ha sido generalmente considerado como una mala movida.

Douglas Adams

 

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El cometa McNaught se puede observer en esta imagen tomada desde Nueva Zelandia en enero del 2007. A la izquierda vemos la banda de estrellas que es la Vía Láctea La “nube” que se ve encima de la cola del cometa es una de las nubes de Magallanes. Imágen tomada por Minoru Yoneto.

Seguramente has olvidado muchos de los cuentos que te conté cuando eras niña, el de Caperucita Roja, aquella a quien se la traga un lobo, el de Blanca Nieves y los enanitos (creo que eran siete), o el del Principito que vino del asteroide B612, y muchos otros de los cuales yo tampoco me acuerdo. Este cuento, hija mía, es uno que te hago para que no te lo olvides. Pienso que es el mejor, el más maravilloso y sorprendente, por la simple razón de que en realidad no es un cuento, es una historia verdadera.

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Vemos el gas oscuro de la nube molecular Barnard 68, que no deja pasar la luz de estrellas que se encuentran detrás. Se encuentra a unos 500 años luz de nosotros y su diámetro aproximado es de medio año-luz. Su colapso llevará eventualmente a la formación de nuevas estrellas y planetas. (FORS Team, 8.2-meter VLT Antu, ESO )

Había una vez, hace mucho pero mucho tiempo, tanto tiempo que es difícil imaginarlo, en una región muy distante una enorme nube de hidrógeno con un poco de helio, ese gas que se utiliza para inflar los globos de cumpleaños que terminan pegados al techo o se pierdan entre las nubes. El hidrógeno y el helio son los dos elementos más simples que conocemos. Pesan menos que el aire, que se compone mayormente de nitrógeno y oxígeno, y por eso suben los globos.

La región era muy grande, muchísimo más grande que la Tierra, una gigantesca nube de gas muy tenue. Era oscura ya que no había ninguna estrella cercana para iluminarla. La nube se contraía lentamente porque las partes exteriores sentían la fuerza causada por la masa de sus partes interiores, la fuerza universal de la gravedad. Es la misma fuerza que tu sientes causada por la masa de la Tierra que te atrae a su centro y es la razón por la cual tu y la atmósfera, entre otras cosas, se queden en la Tierra en vez de perderse en el espacio. Perdona que te diga “cosa” pero en términos de la fuerza de gravedad no hay diferencia entre tú y una cosa como una piedra, por ejemplo.

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Las estrellas del cúmulo de las Pléyades se encuentran a  400años luz de nosotros, contiene unas 3000 estrellas dentro de un diámetro de unos 15 años-luz. (Antonio Fernandez-Sanchez )

Luego de algunos millones de años, un tiempo corto en la escala de tiempo del universo que se mide en miles de millones de años, la nube se había condensado y fragmentado en muchas nubes más pequeñas que se calentaban a medida que se contraían. Lo mismo ocurre con cualquier gas – si lo comprimes se calienta. Este proceso continuó hasta que en el centro de algunas nubes se formó una esfera de hidrógeno con una temperatura tan alta que comenzó a emitir luz, como lo hace la hornilla eléctrica cuando se calienta. Nació una estrella que no es otra cosa que una enorme bola de gas hidrógeno muy caliente con un poco de helio.

Si pudieras observar todo esto desde una gran distancia y pudieras acelerar la acción de tal modo que un millón de años pasaran en un minuto se vería como si fueran fuegos artificiales. El cielo oscuro se encendería con varios cientos de puntos de luz, cada uno de diferente color y brillantez.

Los centenares de estrellas en el cúmulo de las Pléyades, que alguna vez te enseñé en el cielo nocturno y que se ve en la noche como una tenue nubecita al norte de la brillante Aldebarán, es tal fuego artificial, detenido en el tiempo, ya que en realidad no podemos acelerar la acción. El número de estrellas que puedes ver a simple vista en las Pléyades depende en parte de tu visión. La mayoría de las personas pueden ver siete estrellas, por lo cual el cúmulo también se conoce en algunos países como las siete cabritas o las siete hermanas. Pero si lo observas con binoculares, verás el hermoso espectáculo ofrecido por decenas de estrellas en el cúmulo.

En las noches despejadas y oscuras puedes ver miles de puntitos de luz en el cielo, el impresionante espectáculo que te brindan las estrellas de nuestra galaxia, la Vía Láctea, que se te presentan en silencio, algunas haciéndote guiñadas como si tuvieran algo íntimo que contarte. No podemos llegar a ellas para averiguar qué son ya que se encuentran tan distantes que tardaríamos miles de años en llegar, aunque pudiéramos viajar a velocidades enormes como la de un rayo.

Pero hay una que está mucho más cerca de nosotros. Es tan brillante que cuando ella esta en el cielo su intensa luz no permite que se vean las otras estrellas, aunque siguen ahí. Es el Sol, nuestra estrella, tan cercana que puedes sentir su calor sobre tu piel. Ella nos provee la energía que alimenta la vida sobre la Tierra.

Por muchos años, los astrónomos han estudiado el Sol y las estrellas con grandes telescopios y poco a poco han aprendido cómo funcionan. No en vano te guiñaban en la noche.

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Una eyección masiva de gas desde la superficie solar. Cuando estas partículas energéticas llegan a la Tierra causan auroras y pueden también afectar satélites y redes de electricidad y comunicación. (NASA / Goddard / SDO AIA Team)

En el centro de las estrellas la temperatura es muy alta, tan alta que aquí en la Tierra solamente se produce en el instante de la explosión de una bomba nuclear, triste artefacto que se inventó para matar gente, como ocurrió en Hiroshima y Nagasaki hace años, y que aún amenazan nuestra existencia. A esas altas temperaturas ocurren reacciones que transforman el hidrógeno y el helio en elementos más pesados como carbono, nitrógeno, oxigeno, hierro y silicio, para nombrar algunos de los más comunes. Esas reacciones producen una gran cantidad de energía (por la famosa ecuación de Einstein E=mc2) y es por eso que brillan las estrellas y sentimos el calor del Sol. Como si fueran enormes calderos cósmicos de los antiguos alquimistas en las estrellas se producen casi todos los elementos que conocemos en nuestro mundo.

Ls estrellas no siempre existieron – nacen, viven y mueren – y al principio, si hubiese habido un planeta como la Tierra, su cielo habría sido negro. Pero claro, sin los elementos químicos no puede haber un planeta como la Tierra que se compone en su mayoría de hierro, silicio, magnesio, y oxigeno, con una pequeña fracción de todos los otros elementos de la tabla periódica, aquella que tuviste que memorizar en la escuela sin saber porqué.

Los organismos también se componen de unos pocos elementos. Así, tú y yo y todas las formas de vida del planeta somos en esencia la misma cosa, mayormente hidrógeno, carbono, nitrógeno, y oxígeno, con trazas de otros elementos. El agua, tan importante para la vida no es más que una combinación de hidrógeno y oxígeno. Todos estos elementos se formaron en el transcurso de la vida de las estrellas y sin ellas no existiríamos.

Al final de su existencia, una estrella libera el material del cual estaba compuesta, incluyendo los nuevos elementos que produjo en su interior. Imagínate que esto ocurrió millones de veces en un ciclo de vida y muerte, y que al final, en algún momento se formó una nueva estrella muy particular, una que incorporó todos esos elementos nuevos, y alrededor de la cual se formaron planetas también con esos elementos. El oxigeno y el hidrógeno se combinaron para formar agua para los océanos y los ríos, y el silicio se combinó con oxígeno para formar la arena de las playas.

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Imagen del remanente de la supernova de 1006 AD. Esta nube de gas en expansión visible desde el hemisferio sur en la constelación Lupus, tiene unos 60 años-luz de diámetro. La imagen fue compuesta observando con un telescopio óptico (colores amarillos), uno de rayos x (color azul) y un radio telescopio (colores rojos). Se encuentra a unos 7000 años-luz de nosotros. (NASA, ESA, Zolt Levay (STScI))

El hierro, el elemento más abundante de la Tierra, es especial no sólo porque aquí lo usamos para fabricar gran variedad de cosas, sino porque en el contexto de esta historia establece un punto crítico en la evolución de algunas estrellas que son de masa alta, algunas diez veces más masivas que el Sol. En términos cósmicos, estas estrellas tienen una vida corta que apenas dura unos pocos millones de años, esto es, un instante cósmico. Una vez que la mayoría del material del centro de una estrella masiva se convierte en hierro como consecuencia de las reacciones en su interior, el astro no puede continuar produciendo energía. Cuando carece de la fuente de energía que genera la presión interna necesaria para mantener el equilibrio, la estrella se colapsa bajo su propio peso. En un santiamén se genera un infierno.

Por un breve instante, mientras la estrella colapsa, la temperatura aumenta a valores sin precedentes y ocasiona un relámpago de reacciones nucleares. El astro se aniquila en una explosión titánica que los astrónomos llaman supernova, dando lugar a uno de los sucesos más energéticos que se conocen en el universo. Las capas exteriores de la antigua estrella forman una envoltura de gas que se expande rápidamente hacia el espacio y va esparciendo por una región cada vez más extensa sus restos. Durante los primeros segundos de la explosión, se producen todos los elementos de la tabla periódica más pesados que el hierro, como el oro y la plata. Como estos elementos se gestan de esta manera tan especial, su abundancia es muchísimo menor que la de los elementos más livianos que el hierro.

Tal vez ahora aprecies de manera diferente la cadenita de oro que en una ocasión te compré. Sin duda el oro es costoso porque es raro y bello, pero lo que le confiere su verdadero valor, al igual que a otros metales preciosos, es saber que lo que llevas en el cuello se formó hace más de cinco mil millones de años durante la explosión de una estrella gigante en algún rincón de la Galaxia.

Algunos de los elementos producidos de esta forma son radiactivos, como el uranio, el torio y el potasio. Estos elementos radiactivos perduran por miles de millones de años, y se incorporaran en grandes cantidades al formarse un nuevo planeta. Aquí en la Tierra, producen el calor interno que da origen a los volcanes y terremotos.

Hace unos cinco mil millones de años, la nube de gas que más tarde dio lugar al Sistema Solar se contrajo y formó un disco de material en rotación que denominamos la nebulosa solar. En su centro se formó el Sol. El disco se extendía hasta regiones muy distantes, mucho más allá de la órbita del lejano Plutón (que por entonces aún no existía). La densidad del material era menor en las regiones más apartadas del Sol recién nacido, y la temperatura, que era elevadísima cerca del centro, también descendía con la distancia. Estas circunstancias determinaron en gran medida la composición química de los planetas que se gestaron a partir del material de la nebulosa. En las zonas de la nebulosa con mayor densidad, diminutos gránulos comenzaron a chocar entre sí hasta adherirse e ir formando partículas cada vez más grandes. Este proceso continuó hasta desarrollar objetos de varios kilómetros de tamaño, los planetésimos, cuya gravedad les permitió seguir incorporando material de la nebulosa y crecer aún más. Al final quedaron varios centenares de cuerpos tan grandes como la Luna en órbita alrededor del Sol, y los choques entre todos ellos terminó dando lugar a los planetas.

Cerca del joven Sol se formaron los planetas telúricos (del latín tellus, – tierra) Mercurio, Venus, la Tierra y Marte. Su aparición se produjo en un tiempo relativamente corto de varios millones de años, a lo largo del cual el fuerte viento solar (partículas que emite el Sol) característico de las estrellas jóvenes, fue despejando la nebulosa de los alrededores del Sol.

Más afuera, en la zona donde surgieron los gigantes Júpiter y Saturno, el agua congelada se mantuvo estable. Una vez que se formaron los núcleos rocosos de estos mundos, lograron atraer material de la nebulosa antes que ésta se disipara barrida por el viento solar. Como resultado aparecieron planetas con un núcleo similar al de los planetas telúricos, pero envueltos por una capa enorme de hidrógeno y helio de composición no muy distinta a la de la nebulosa original o el Sol. En regiones aún más exteriores, donde imperan temperaturas más bajas y densidades menores, se formaron hielos de amoníaco, metano y dióxido de carbono, compuestos construidos con los elementos más comunes.

Los planetésimos más distantes al Sol estaban formados por estos hielos y pequeñas cantidades de silicatos. En esas regiones surgieron Urano y Neptuno, aunque tardaron mucho más tiempo que el resto debido a la menor densidad del material en esta zona de la nebulosa. Cuando se gestó el núcleo rocoso de estos mundos la nebulosa ya había comenzado a desvanecerse, de manera que no pudieron acumular mucho material y se quedaron bastante más pequeños que Júpiter o Saturno.

Más allá de Neptuno, las colisiones entre planetésimos no se produjeron tan a menudo y no pudieron formarse planetas. Es cierto que existe Plutón, el más pequeño del Sistema Solar, más pequeño que la Luna, el cual se encuentra cuarenta veces más lejos del Sol que la Tierra. Pero Plutón no es un verdadero planeta sino uno de muchos objetos que se formaron en esa época y hoy los astrónomos lo clasifican como “planeta menor”. Poderosos telescopios ya han descubierto decenas de ellos en la lejana región más allá de la órbita de Plutón.

En la región de la nebulosa solar donde se formaron los planetas telúricos reinaban temperaturas tan elevadas que los elementos volátiles no pudieron condensarse. La Tierra primitiva, caliente y parcialmente fundida por su calor interno, producto de la radiactividad de aquellos elementos formados en las supernovas, y por los efectos de numerosos impactos, era un lugar estéril.

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El lado no visible de la Luna fotografiado por la misión Apolo 16. Aunque muchos se refieren al “lado oscuro” de la Luna esto es erróneo.

Sobre la  superficie de la Luna puedes ver un gran número de cráteres. Desde que los astronautas la visitaron hace algunos años, sabemos que son el resultado indeleble de los impactos por planetésimos que bombardearon su superficie y la de la Tierra después de su formación. Hubo millones de ellos que, como si fuera una lluvia torrencial, se precipitaron sin cesar contra los planetas terrestres antes de que se despejara el cielo. Durante algunos cientos de millones de años, esta gran tormenta aportó a la Tierra el agua y los ingredientes necesarios para la vida incluyendo moléculas orgánicas complejas que se habían formado en la superficie de los pequeños gránulos de la nebulosa solar.

Hoy, aún no ha cesado por completo aquella tormenta, pero se ha convertido en una fina garúa de planetésimos que ocasionalmente se acercan hasta el interior del Sistema Solar procedentes de regiones más remotas que la órbita de Plutón. Los reconocemos porque el agua que se evapora de ellos y el polvo que expelen se tornan visibles a medida que se acercan al calor del Sol. Entonces desarrollan un halo difuso y una magnífica cola de millones de kilómetros de largo. Los llamamos cometas. Aunque los cometas actuaron como los manantiales de la vida, otras condiciones resultaron de igual importancia para que ésta se estableciera y desarrollara: La Tierra se encuentra a una distancia del Sol y es de un tamaño tal que en su superficie puede existir agua líquida, el elixir de la vida. No hay agua líquida en la superficie de los otros planetas.

Como los cometas constituyen acontecimientos únicos y espectaculares que aparecen, igual que los accidentes, de forma inesperada, se los ha asociado con eventos ominosos. En muchas mitologías se los considera signos de mal agüero y, si pudiéramos preguntarle a un dinosaurio, esta percepción estaría justificada ya que su fin fue causado por uno, que chocó con la Tierra hace sesenta y cuatro millones de años. Un cometa apareció en los cielos americanos en el 1510, (también un eclipse solar) un presagio del sufrimiento de los indígenas en manos de Hernán Cortéz y Francisco Pizarro. Pero, como todos los presagios y profecías, los de los cometas carecen de validez. Cada año aparece algo que podemos interpretar como portento ominoso, y cada año ocurre algo siniestro.

Cuando al fin cesó la gran tormenta pudo originarse la vida en los cuerpos de agua del planeta, llenos de moléculas orgánicas que chocaban entre sí para en algún momento formar un nuevo compuesto. Y así, poco a poco se formaron las moléculas de la vida.

Otro día te cuento el resto de esta historia maravillosa, comenzando con unos organismos unicelulares que aparecieron en las charcas de agua caliente a orillas de los mares primitivos y terminando con nosotros.

Es por todo lo anterior que te digo que eres hija de las estrellas. ¿Verdad que parece un cuento?

Reflexiones sobre la Luna

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earthriseElla no brilla con luz propia, su pálido semblante es solo un reflejo del Sol. Para nuestros antepasados, la noche de luna llena con su luz fría era noche de muerte, noche en la cual hombres se transformaban en lobos o los muertos en vampiros. Noches de sacrificios y ritos mágicos. Aquellos desequilibrados que dormían a la intemperie no consolidaban el sueño, y al otro día, alterados se convertían en “lunáticos”. Algunos se imaginaban que las almas de los muertos viajaban a la Luna o hacían escala en ese puerto sin vida camino al más allá. Pensaban que la luz de la Luna afectaba nuestro espíritu y nuestros humores, y que las fases de la Luna afectaban a las personas con problemas mentales. Había (y hay) gente “lunática”, y algunos aun no entienden que la Luna no nos afecta físicamente, a pesar de las mareas, consecuencia de una muy falsa analogía. En palabras de Dante Alighieri, en la Divina Comedia escrita alrededor del 1315, la Luna era “lucidora, densa, sólida y pulida, cual diamante que al Sol brilla”.  Si alguno preguntaba por qué la Luna tenía manchas, como lo hace el mismo Dante, que le dice a Beatriz: Mas dime: ¿qué son los signos oscuros de este cuerpo, que allá en la tierra llevan de Caín fabulando a muchos?, la respuesta era que la esfera perfecta reflejaba la Tierra imperfecta. O, como alternativa, le lavaban la boca con jabón.

Sin embargo, la Luna sí refleja algo de la Tierra: En la nomenclatura de sus cráteres se reflejan facetas de la historia humana. La primera es meramente estadística: de los 1586 cráteres lunares nombrados (en honor a filósofos y científicos) solamente 28 honran a una mujer (incluyendo a cinco astronautas o cosmonautas)[1]. Refleja lo que fue, y en muchas sociedades aun es, una visión negativa de la mujer, un menosprecio que nos cuesta mucho, comenzando por la deshonra de nuestras propias madres. La distribución geográfica de los nombrados nos muestra otra característica del desarrollo histórico de nuestra civilización, el predominio de Europa y más recientemente EE.UU. en las áreas científicas y técnicas. EE.UU., Alemania, Gran Bretaña, Francia, Rusia, Italia y Grecia suman a 1382 cráteres en ese orden. La Luna también refleja por otro lado la inteligencia de algunos que ha permitido descifrar su historia, estudiarla en gran detalle y caminar sobre su superficie. Y también la simpleza de otros que creen cosas de la Luna que no son ciertas, como que nunca caminamos sobre su superficie.

Cuando, hace 400 años, en 1609, Galileo Galilei observó la Luna con su pequeño telescopio, ésta dejó de ser mitológica.  Aunque el telescopio de construcción propia que usó para observar el cielo era miles de veces menos potente que los grandes telescopios modernos, logró hallazgos de gran trascendencia que publicó en 1610 en su obra Sidereus nuncius.  En ella hablaba de montañas lunares, aunque hasta entonces se había pensado que la Luna era inmaculada como la concepción de María. La incógnita de la Luna comenzaba a revelarse, nacía la ciencia que permitiría que la visitáramos hace ya casi 50 años.

El 20 de julio de 1969, los astronautas de la misión Apollo de la NASA, Neil Armstrong y Edwin Aldrin, se convirtieron en los primeros humanos que caminaron sobre la Luna tras posarse en un lugar bautizado como Base de la Tranquilidad después de un viaje de tres días para atravesar 386.000 kilómetros. “Eagle has Landed”. Mientras, Michael Collins, el tercer astronauta de la misión, los esperaba en el Módulo Lunar para regresar a salvo a la Tierra. Recuerdo que compré un pequeño televisor para poder ver el emocionante evento. Algunos piensan que fue una obra de teatro de la NASA.  Uno pensaría que para éstos (hay unos cuantos) las fotografías recientes del Lunar Reconnaisance Orbiter, que muestran las huella dejadas, servirían para demostrar lo contrario, pero no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Aquel fue un momento histórico para nuestra especie, el Homo sapiens, porque con aquel evento cruzamos una gran distancia, y no me refiero únicamente a la que media entre la Tierra y la Luna. Si usted vio las escenas iniciales de la memorable película de Stanley Kubrik 2001: una odisea del espacio. sabrá a qué me refiero. Fueron a la Luna un to2001SpaceOdisseytal de siete misiones tripuladas por veintiún astronautas, la última, Apollo 17, en diciembre de 1972, y doce afortunados humanos vivieron la aventura sublime de caminar por su superficie, “un gran brinco para la humanidad”.  Dejaron una placa que decía: “We came in peace for all mankind” mientras fotografiaban la Tierra ensangrentada desde la Luna, una imagen que por primera vez nos brindó conciencia de nuestra soledad cósmica, la “nave tierra.”

Miles de fotografías, unos cuatrocientos kilogramos de roca lunar y los resultados de decenas de experimentos realizados sobre la superficie de la Luna integran los tesoros obtenidos por estas expediciones. En este material se fundamentan los conocimientos que tenemos acerca de la historia de la Tierra y de la Luna. Quizá el descubrimiento más trascendente consistió en comprobar que las rocas lunares tienen una composición química muy similar a la de rocas terrestres, pero con menos materiales volátiles (aquellos con puntos bajos de fundición) y mayor cantidad de elementos refractarios (aquellos con puntos altos de fundición), como si se tratara de rocas terrestres calentadas a temperaturas muy elevadas, lo cual concuerda con la idea de que la Luna se formó como resultado de un colosal choque entre un cuerpo de tamaño planetario y  la Tierra hace unos cuatro mil millones de años.

La exploración de la Luna también aclaró la interrogante acerca del origen de los cráteres lunares. Son el resultado de impactos que en tiempos pasados dejaron su huella sobre la superficie del satélite. Corrobora la idea de que los planetas se formaron a partir de incontables choques entre los diversos objetos que se formaron en la nebulosa solar. La Luna ha estado geológicamente muerta durante más de dos mil millones de años, y como no tiene atmósfera ni agua que puedan erosionar la superficie, ésta nos ofrece un registro intacto de la historia de esta parte del Sistema Solar que guarda muchos secretos sobre la época de la formación de los planetas.

No queda duda que hemos llegado lejos, aunque sea el cuerpo celeste más cercano a la Tierra, en realidad un minúsculo salto en la escala cósmica. A nosotros nos parece un primer paso hacia el universo, pero dudo que lo sea. Es cierto que algunos están motivados simplemente por la idea de dejar este valle de lamentos, pero no hay escape. Las distancias entre las estrellas presentan una barrera muy diferente a aquellas a las cuales se enfrentaban nuestros antepasados frente a océanos cuyas extensiones se desconocían o ante infranqueables montañas.

Si; hace años fuimos a la Luna y lo celebramos como gran proeza. Pero la proeza también dio lugar a la desilusión y al cinismo. Es común el comentario: “fueron capaces de ir a la Luna, pero” … seguido de gran cantidad de posibilidades – seguramente usted tiene su favorita. Y es cierto, logramos (o debo decir lograron) esa hazaña, pero ¿Mejoró nuestras vidas? ¿Mejoró el estado de las cosas en este planeta? ¿No será que fueron a la Luna porque se trataba de una competencia, ganarles a los soviéticos, un viaje para demostrar que el poder norteamericano era insuperable, una cuestión de ego nacional para seguir alimentando el complejo de superioridad? ¿Y después? Después seguimos sin comprender la verdadera lección de la Luna.

Al ver la foto desde la Luna de la “nave tierra”, debemos reflexionar que a pesar de toda su belleza también hay algo que esconde. El instante de la foto no permite ver la Tierra del humano parcelada en naciones que se arrancan los ojos cuando se considera oportuno. Desde la Luna se ve el “mármol azul”; las vetas rojas no se distinguen. La verdadera proeza sería lograr la paz en la Tierra. En la Luna es fácil; llegaron en paz, no hay humanos.

Entonces, ¿qué exactamente es lo que celebramos? O es que es algo para celebrar cuando hay tan poco. Fueron a la Luna en nombre de toda la humanidad, pero casi toda la humanidad no es capaz ni de llegar a la esquina. ¿Que sacó la humanidad? ¿Celebran la visita a la Luna en Cambodia, en Afganistán, en Bolivia, en Burkina Faso?

Irónicamente, esa magnífica aventura demostró lo torpes que somos; “fueron capaces de ir a la Luna pero…” aquí abajo no ha cambiado nada. No pudimos evitar que unos estrellaran aviones contra los edificios de otros, y que estos otros les cayeran a bombazos a los que no tuvieron nada que ver con los aviones y los edificios. Si, fuimos a la Luna pero…

A pesar de la alarma por el ebola o el zika este virus pasará como tantos, y quizá algún día ya no sea una amenaza si logramos una vacuna (a pesar de los tontos antivacunas). Pero es otro virus, el que no nos deja vivir en paz, es el virus de la ignorancia, mucho más mortal. Dese cuenta que el conocimiento en general y la ciencia como forma privilegiada de obtener conocimiento, es crucial para el futuro de los humanos (si es que esto realmente nos importa). Pero no olvidemos que no fuimos a la Luna por la humanidad y tampoco es la razón de un viaje a Marte.

Surge una tragedia por la situación paradójica en la cual nos encontramos: luego de lo que es un instante cósmico, aunque para nosotros sea un período largo de nuestra historia, después de notables vicisitudes materiales y mentales, nos encontramos al albor de comprender de qué se trata todo esto. Pero ese mismo conocimiento también nos ha llevado al borde del precipicio, amenazados por nuestras propias mentes, frente a problemas que podrían apagar la luz por falta de ojos para ver y mentes para pensar con claridad. Es como si una mano siniestra activara el interruptor, un instante después de que se iluminara la mente, permitiéndonos apenas una fugaz visión de bellas obras de arte, solo con tiempo para expresar admirados: ¡Ah, eso era!, antes de sumergirnos en la eterna oscuridad.

[1] Tema de un libro en imprenta: Daniel R. Altschuler y Fernando J. Ballesteros: Las Mujeres de la Luna, editorial Next Door, Pamplona.